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ESTRENOS DE LA SEMANA

Clive Owen:«Un actor siempre está al borde del precipicio»

El actor protagoniza, junto a Juliette Binoche, la película 'Lecciones de amor'

NANDO SALVÀ

Tráiler de Lecciones de amor (2013).

Ya sea en la piel del salvador de la raza humana en Hijos de los hombres (2006), de un intrépido agente de la Interpol en The International (2009) o de un criminal sin escrúpulos en Lazos de sangre (2013), Clive Owen ha convertido los silencios en marca de la casa. Por eso resulta chocante contemplarlo en su nueva película, la comedia romántica Lecciones de amor -dirigida por Fred Schepisi y estrenada aquí ayer -, mientras defiende apasionadamente el poder de las palabras frente a una profesora de arte (JulietteBinoche) dispuesta a demostrar que las imágenes son más importantes.

-La primera pregunta es algo obvia: ¿qué es más más importante para usted, las palabras o las imágenes?-Creo que van de la mano, especialmente si te ganas la vida como yo. Empecé en el teatro, por lo que las palabras son muy importantes para mí. Si la historia que un guion cuenta es estupenda pero los diálogos no, entonces no aceptaré hacer la película porque los diálogos son la base. Un actor que pronuncia las palabras equivocadas parece un mal actor. Si los diálogos que el guionista pone en tu boca son poco inteligentes, entonces tú pareces idiota.

-Pero un intérprete tiene otras herramientas, ¿no?-Por supuesto que las tiene. Y yo cada vez dedico más esfuerzo en comunicarme a través de los ojos, en parte porque mucha gente dice que tengo una voz aburrida y monótona. Me interesa expresar sin abrir mucho la boca, y por eso soy uno de esos actores que se enfrentan a cada frase de diálogo preguntándose, ¿realmente tengo que decir eso? A ratos pienso que me hubiera gustado haber sido actor en los días del cine mudo.

-El personaje que usted interpreta en Lecciones de amor no siempre despierta la empatía del espectador. ¿Eso hace que darle vida sea más difícil?-Sí, es un desafío. Pero resulta mucho más emocionante que interpretar al típico personaje que lleva al espectador de la mano a través de la historia y es fundamentalmente un tipo majísimo y sin sombras. Marcus, mi personaje en esta película, es un hombre muy complejo y tremendamente defectuoso, y para mí fue muy estimulante investigar lo lejos que podía llevar esos defectos y al mismo permitir que el público entienda su comportamiento aunque no esté de acuerdo con él.

-Las películas como esta dependen de la química existente entre sus protagonistas. Juliette Binoche y usted conectan a la perfección en pantalla pero, ¿y si no lo hubieran hecho?-¡Entonces la película sería insoportable! De todos modos, yo creo que si el guionista ha escrito unos buenos diálogos, dos actores profesionales pueden encontrar el ritmo y la dinámica adecuados. No voy a dar nombres, pero en alguna ocasión he trabajado con actrices con las que no hubo ninguna conexión. A decir verdad, algunas de ellas, durante el rodaje, llegaron a odiarme, pero el guion era bueno y ese odio no se vio en pantalla. Al menos, eso espero.

-Las películas sobre personas maduras que se enamoran no abundan. ¿Le molesta eso?-Pues no, la erdad, me molesta más pensar en mí mismo como una persona madura.

-Pero, es que usted tiene 50 años.-Lo sé, lo sé, pero no me siento un cincuentón. No sé, sigo pensando en mí mismo como un jovenzuelo. Supongo que es una cuestión de actitud, no sé. Tengo amigos que son 10 o 15 años mayores que yo, y siempre que los observo pienso cosas del estilo: 'pido a Dios que a su edad no sea así'. Y no hablo solamente en términos de aspecto físico, también me reafiero a la mentalidad. Supongo que, al fin y al cabo, mi mayor referente es mi actitud frente al trabajo, y lo cierto es que siento el mismo entusiasmo ahora que cuando empecé en esto de la interpretación, la misma pasión que hace décadas me hizo decidir que quería dedicarme a actuar.

-Por cierto, ¿cómo nació en usted esa pasión?-Lo que siempre me ha gustado de actuar es precisamente lo mismo que algunos intérpretes odian: la incertidumbre. Un actor siempre está al borde del precipicio. Puede que mañana me ofrezcan interpretar a James Joyce en una película y yo ni siquiera me he leído un libro de Joyce. ¿Cómo te enfrentas a ello? O te llama Steven Soderbergh para protagonizar su nuevo proyecto televisivo, como sucedió con la serie The Knick, y eso es algo tremendamente positivo pero sin duda da mucho miedo. En cualquier momento puede sonar el teléfono y entonces tu vida acaba dando un vuelco.

-¿En algún momento de su carrera le ha faltado esa motivación?-A todos los actores les pasa, supongo. En mi caso hubo un momento, después de protagonizar Crupier (1998), en el que el ritmo de trabajo empezó a intensificarse de veras. Se me acumularon varios rodajes de forma simultánea y llegué a sentirme agotado, exhausto. Eran grandes oportunidades profesionales para mí, pero anímicamente me pasaron una factura altísima porque no tenía tiempo para preparar mi trabajo y sentía que no lo estaba haciendo bien. Empecé a notar que no me gustaba mi trabajo, y eso me dio mucho miedo. Me sorprendía a mí mismo pensando, 'maldita sea, ¿qué pinto yo aquí? Preferiría estar en casa que estar haciendo el idiota frente a una cámara?'

- ¿Y cómo solucionó el problema?-Pues, de la forma más obvia: sencillamente comprendí que yo tenía que controlar mi carrera y no dejar que ella me controlara a mí. Me di cuenta de que necesito un tiempo para prepararme los personajes y, por lo tanto, que debía aprender a decir que no.

-¿Y ha tenido que decir que no muchas veces?-Pues, algunas, sí. Sobre todo en una época, hará unos 15 años, en la que quisieron convertirme en un héroe de acción. Pero a mí eso no me interesaba en absoluto, de manera que llegué a rechazar algunos proyectos realmente gigantes.

-¿Se arrepiente ahora de haber rechazado esos papeles?-No, no me arrepiento. No quiero hacer algo simplemente porque sea ventajoso para mi carrera. Siempre he seguido mis instintos, y, sinceramente, alguna vez me han fallado pero no importa. No me gustan los fracasos pero no dejo que me frustren. Por supuesto, es importante tener algún éxito de vez en cuando porque si solo haces películas que pierden dinero estás condenado al desempleo. Pero nunca escojo una película pensando en si tendrá éxito o no.