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UN CÓMIC CONVERTIDO EN 'BEST-SELLER'

'Mortadelomanía'

Francisco Ibáñez estampó sin descanso sus dibujos en su último éxito, 'El tesorero', con un personaje que emula a Luis Bárcenas

ANNA ABELLA / BARCELONA

Mortadelo disfrazado de caracol, de gusano, de flor, de abeja, de delfín, de fantasma, de buitre, de pájaro, de araña, de cámara de fotos de cuyo objetivo le sale un pajarito sorpresa, o como el abrazado a sí mismo que ha dedicado a los lectores de EL PERIODICO... Francisco Ibáñez es una máquina de dibujar mortadelos dedicados, todos distintos, pocos se repiten, casi exclusivos. Un dechado de imaginación incombustible a sus 79 años, aunque su rotulador negro sí parece este Sant Jordi echar humo firmando el último éxito de su loca pareja de detectives de la T.I.A., que en El tesorero (Ediciones B) persiguen a un clon de Luis Bárcenas. Con este álbum, que en solo dos semanas es un fenómeno con 110.000 ejemplares, ha desatado una genuina mortadelomanía que poco habrá gustado en las esferas del Partido Papilar, capitaneadas por Mamerto Rojoy y Demetria Costipal, que en el cómic un día descubren que alguien se ha llevado el dinero de sus arcas.

«Esperaba este día como agua de lluvia. Me cansaría más si estuviera mano sobre mano sin poder firmar. Me canso, claro, pero ¡con qué satisfacción me canso!», cuenta un Ibáñez, «contentísimo», señalando a sus entregados y fieles fans, y, echando un capote al medio, «feliz» de que un cómic se cuele entre los más vendidos de la diada. Él, al que nunca en su larguísima carrera le han faltado ventas ni firmas ni colas sino todo lo contrario, siente que con este álbum está pasando «algo excepcional» y ve la respuesta del público como «un gran premio».Ahí está un incondicional, un hombretón de unos cuarenta años, que le dice: «Antes de aprender a leer ya leía sus cómics. Quería darle las gracias por todos los buenos ratos que me ha dado». Otro, una chica que le pide la firma para su padre, que cumple 60 años y, le dice, «le leía a usted ya de pequeñito», e Ibáñez se saca de la chistera un mortadelo al que le sale una enorme vela de aniversario de la cabeza con el número 60. Y otro, que mientras el sonriente autor le estampa su dibujo, le confiesa que tiene otros cómics suyos firmados pero «este no podía faltar».

Son fans que en algunos casos llevan ya dos horas de pie para lograr la preciada rúbrica. Antes de que el dibujante llegue al estand de la Fnac Triangle tras su primera firma del día la cola de público, más de uno matando la espera leyendo las viñetas del maestro, se alarga casi desde el bar Zúrich hasta cruzar la calzada de la calle Bergara. Inevitablemente muchos se quedan sin firma y piensan en volver a intentarlo en las también multitudinarias convocatorias de la tarde. No porque Ibáñez, todo un profesional, concentrado para atender al máximo posible de lectores, no quisiera seguir sino porque la dinámica de las firmas es implacable.

Casi siete horas firmó este Sant Jordi el creador de mitos del tebeo como 13, Rue del Percebe y Rompetechos, a una media de 30/35 segundos por firma. Calculen: un brazo bien musculado tuvo que quedarle al final de la jornada tras más de 800 dibujos. Sus editores, acostumbrados a sus habituales largas colas, no recordaban un año como este, con una locura que ya empezó el sábado y el domingo pasados en el Salón del Cómic de Barcelona.

Para su humor no pasa el tiempo y suma una generación tras otra: le besan chicas adolescentes, niños y jóvenes codician el selfie y el dibujo, mujeres y hombres quieren firma para ellos, para sus hijos, para sus padres, para la pareja...

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