UN CLÁSICO CONTEMPORÁNEO DE LA LITERATURA RUMANA

Poesía contra Ceaucescu

El prestigioso escritor Mircea Cartarescu presenta su epopeya 'El Levante'

El escritor rumano Mircea Cartarescu en la Llibreria Laie de Barcelona, el pasado miércoles.

El escritor rumano Mircea Cartarescu en la Llibreria Laie de Barcelona, el pasado miércoles. / FIRMA DE FOTO

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ELENA HEVIA
BARCELONA

Mircea Cartarescu tiene la mirada huidiza, como si la carga de ser el escritor rumano con mayor peso intelectual en su país -está también Norman Manea pero este hace años que vive en Estados Unidos- fuera excesiva para él. Esta semana ha visitado Barcelona para presentar Levante (Impedimenta), escrito en 1989 y quizá su libro más importante y difícil. Para que no lo fuera tanto, Cartarescu decidió posteriormente hacer una versión en prosa de la epopeya original de 7.000 versos alejandrinos, que es la que llega ahora. El resultado es una novela posmoderna con mucho humor que con la excusa de contar en un imaginario siglo XIX las aventuras de un poeta y su hermosa hermana, acompañados de piratas, espías y un sabio sufí, se convierte en una divertida parodia de la literatura rumana -Don Quijote no está muy lejos- y en un espejo cóncavo en el que se reflejó el comunismo y en el que pueden encontrarse inesperadas referencias pop a la teoría cuántica, al Che Guevara o al perfume Lancôme.

El Levante fue escrito coincidiendo con la caída del dictador Ceaucescu, sobre el mantel de hule de la cocina en la que un joven Cartarescu tecleaba frenéticamente su vieja máquina de escribir mientras con un pie mecía el cochecito de su hija recién nacida. «Escribí este libro en una epoca terrible y su elaboración iluminó mi vida, me dio dos años de felicidad. Quería hacer algo más insólito, más simpático. Era una parábola contra la dictadura y a ella trasladé mis deseos de que hubiera una revolución, de ahí imaginé la conspiración contra el Voivoda, es decir, contra Ceaucescu». Rápidamente corrió la voz por Bucarest de que un libro en verso sin esperanzas de publicarse estaba dando cuenta de aquel momento histórico y los intelectuales se agolpaban en los cenáculos para oír la lectura de la obra subversiva: «La gente estaba eufórica, comprendían las metáforas y las sentían como una forma de protesta». Hoy El Levante es lectura obligatoria en los institutos rumanos. «Quise reescribir la literatura de mi país. Cada fragmento es un parodia, un pastiche, y los lectores rumanos se han dedicado a buscar las referencias con la pericia de un detective. Y aunque algunas de estas referencias se hayan perdido en mi adaptación, querría que lo que quede para el lector español sea una novela poética, un libro extraño y espero que memorable».

PUNTO DE INFLEXIÓN / Aquel libro también marcó un antes y un después en la carrera del autor, que tras él se reconvirtió en narrador. Así vinieron los libros le han dado más fama internacional como Nostalgia -que incluye su memorable relato El ruletista-, Lulú Las bellas extranjeras. Con todo, el rumano, aunque ya no maneje alejandrinos, se sigue considerando poeta: «Se puede decir que hay libros de poemas en los que no hay poesía y poetas que jamás han escrito un verso. Yo me sitúo ahí, escriba o no escriba versos. Busco la poesía en cualquier campo, en la filosofía y en la ciencia, creo que es la manera más noble de observar el mundo».

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Cartarescu se acuerda perfectamente del día en que a los 17 años decidió comenzar su diario. Desde entonces raro es el día que no ha escrito en él. «No hago diferencias entre mi vida íntima y mi vida intelectual, consigno todo que llega a mi cabeza como en aluvión. Mis lecturas, las conversaciones con mis amigos, los ejercicios literarios que se me ocurren, pensamientos y muy especialmente los sueños que son una fuente inestimable en mi trabajo».

El ambicioso Cartarescu anda ahora metido en una novela que él califica de «inmensa» y que tiene que ver con aquel joven todavía desconocido que tecleaba con brío junto a su bebé, con el Cartarescu antes de Cartarescu, un «don nadie». En ese trabajo imagina que hubiera sido de sí mismo de haber continuado siendo un profesor de primaria. «Imagino la vida que no llevé y creo que hubiera sido más rica», dice convencido, desgranando quejas frente al duro día a día del autor consagrado. «A veces tengo la reacción paranoica de que todo el mundo conspira para no dejarme escribir», dice con media sonrisa, la primera de toda la entrevista. Si se le menciona que vaya preparando su paranoia para un posible Nobel vuelve a sonreír. «Que sea lo más tarde posible, por favor».