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Sorj Chalandon: «Cuando vuelves, tienes la guerra dentro de ti»

El periodista y escritor francés recuerda la guerra del Líbano en 'La cuarta pared'

«Ahí estamos: luchando contra gente que mata porque no les gusta un dibujo»

EVA CANTÓN / PARÍS

Para sus novelas elige una máscara. Usó la de un luthier para digerir la violencia de la traición en su primer relato sobre la guerra civil irlandesa (Mi traidor, 2008) y la de un director de teatro para llorar el horror de la matanza de Sabra y Chatila en La cuarta pared, premio Goncourt de los estudiantes, editada en catalán por Edicions de 1984, que estrena además con esta obra su nuevo sello en castellano, Entre Ambos. El periodista del semanario satítico Le Canard Enchaîné Sorj Chalandon (Túnez, 1952) fue durante 20 años reportero de guerra para el diario Libération. Cubrió, entre otros, los conflictos de Irlanda del Norte, el Líbano, Irak y Afganistán. Premio Albert-Londres de periodismo, Chalandon vive cerca de la estación de Saint Lazare, en París. En cierto modo es ahí donde arrancan sus novelas. Cada vez que empieza una coge un tren y se planta en Dieppe, un pueblo de la costa normanda donde «no hay nada». Un ritual que repitió en La cuarta pared, la vibrante y atropellada historia de George, un activista de extrema izquierda que asume el reto imposible de representar la Antígona de Jean Anouilh en un Beirut desgarrado por la guerra.

-¿Cómo y cuándo nace la idea de La cuarta pared?

-Nació en Sabra y Chatila en septiembre de 1982. Creo que un periodista no tiene derecho a decir yo porque su único trabajo es mostrar y hacer entender. El problema es que, cuando vas de guerra en guerra, de crimen en crimen, de muerto en muerto y nunca has dicho yo, llega un momento en el que estás lleno de lágrimas y de rabia, una rabia que no tiene derecho a salir. La única manera de poder hablar de eso es volver a la guerra.

-¿Es eso lo que cuenta en el libro? ¿El regreso a la guerra?

-Sí. Pero lo que ví en Sabra y Chatila no se parecía a nada conocido. Eran niños asesinados en sus cunas, viejos, mujeres... No era ni siquiera inhumano, era otra cosa. Y supe que esas imágenes las tendría dentro de mí para siempre.

-¿Todavía las tiene dentro?

-Todavía. Pero tenía que compartirlas, porque en una masacre como esa estás tú solo y lo que yo ya no quería era estar solo. Si fuera escultor habría esculpido Sabra y Chatila, si fuera pintor lo habría pintado, si fuera cantante lo habría cantado. Así que me di cuenta de que escribir de otra manera era un medio de limpiarme.

-Una especie de terapia, entonces...

-Sí, pero no me gusta la palabra. Yo estaba envenenado y tenía que expulsar el veneno. Y para eso no puedes ser periodista, necesitaba ser otro. Gracias a George pude por fin llorar Sabra y Shatila.

-¿Por qué elige el teatro?

-Quería que George fuera a la guerra y tuviera miedo. Y ¿quién puede pedirle a la gente que se quite su ropa y se ponga otra, que se olvide de que es palestino o copto, de ser Antígona,  Creonte o Hemón? El teatro era el único medio de intentar detener la guerra durante dos horas.

-Pero no se detiene. Y usted ha llegado a decir que, en un momento dado, le gustaba la guerra, como a George. ¿hay una fascinación?.

-(Silencio). No. Es que me sentía bien allí. Porque las relaciones humanas eran fuertes. La fraternidad, la amistad, el respeto en tiempos de guerra, la palabra dada… Es una cuestión de vida o de muerte.

-¿Y cómo es volver a la paz?

-Cuando volvía a Francia había cosas que no soportaba. La escena en la que George le grita a su hija porque llora al ver que se le ha caído el helado al suelo es verdad. No es posible que alguien le diga a su hija pequeña «lloras por una bola de helado cuando niños de tu edad son degollados a cuatro horas de avión de París». Yo lo hice.

-¿Qué pasó luego?

-Cuando le dije eso… Cuando vas a la guerra, dejas pedazos tuyos en todos los sitios, vuelves con la guerra dentro de ti. La mirada de mi hija en ese momento... Encontré en su mirada el miedo de los niños bajo las bombas. Por eso un día dije ¡se acabó!. Tengo que volver a aprender que una bola de helado es importante, que mi mirada tiene que ser la de un papá, no la de un loco que no soporta nada.

-¿Cuándo decide no volver a la guerra?

-Tarde. Poco antes del año 2000. Pero escribí La cuarta pared para que George fuera hasta el final, porque tenía que matar al bárbaro que hay en mí, al que conocí durante la guerra.

-Desde entonces vive en París. ¿cree que Francia tiene miedo?

-Miedo ¿de qué?. 

-Del yihadismo, por ejemplo

-En absoluto. Los que tienen que tener miedo son ellos.

-¿Quiénes son ellos?

-Los que nos atacan

-¿Quien nos ataca?

-En este momento, parece que son jóvenes franceses que leen el Corán al revés. Cuando mi hija de 5 años me preguntó si mataron a mis amigos [Charb y Cabu, caricaturistas de Charlie Hebdo] porque dibujaban y que si era peligroso que ella dibujara me dije. '¿Esos cabrones han asustado a mi hija? No. No. No. No. No'. ¿Este es el mundo que le ofrezco? Mi hija tiene derecho a llorar cuando se le cae la bola de helado y tiene derecho a dibujar. Cabu tiene derecho a dibujar y Charb tiene derecho a dibujar incluso cosas que yo no haría. Pues bien, ahí estamos: luchando contra gente que mata porque no les gusta un dibujo.

-¿Ahora está escribiendo?

-No. Acabo de terminar. El próximo libro saldrá en septiembre.

-Eso es una buena noticia...

-No sé si es una buena noticia pero… Mi padre murió el pasado mes de marzo y empecé a escribir la misma tarde de su muerte. Mi padre estaba loco. Murió en un hospital psiquiátrico, de hecho. Siempre estuvo loco, pero yo no lo sabía. Mi padre era pastor presbiteriano, paracaidista, agente secreto... Todo era falso. Cuando yo era pequeño cada mañana mi padre era diferente y la historia del próximo libro es esa.

Temas: Libros

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