65ª EDICIÓN DE LA BERLINALE

Werner Herzog presenta su película más tosca y radical

'Queen of the desert', que protagoniza Nicole Kidman, aburre al público

Nicole Kidman, ayer, en Berlin, entre James Franco (izquierda), y el director Werner Herzog.

Nicole Kidman, ayer, en Berlin, entre James Franco (izquierda), y el director Werner Herzog. / REUTERS / HANNIBAL HANSCHKE

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NANDO SALVÀ

Sobre la salud mental de Werner Herzog siempre han existido dudas. El cineasta alemán, recordemos, hipnotizó a sus actores para rodar Corazón de cristal; y transportó un barco por una montaña amazónica durante el rodaje de Fitzcarraldo. Pero es posible que Queen of the desert,Queen of the desert presentada ayer en la Berlinale, sea lo más radical que haya hecho nunca: una película testarudamente mala; tan tosca, tan increíblemente aburrida, que resulta inconcebible que alguien dotado de su talento la haya hecho así sin querer. Tiene que haber sido adrede.

Casualidad o no, es la primera vez que Herzog pone a un personaje femenino en el centro de su cine. En concreto se acerca a la figura de Gertrude Bell, tanto a la perspectiva de sus sucesivos viajes por Oriente Medio, instrumentales para determinar el trazado de fronteras tras la primera guerra mundial, como a su tormentosa vida amorosa.

CLICHÉS ESTILÍSTICOS

Para ello, hace un uso grotesco de los clichés estilísticos del cine de exploradores y del melodrama: repetitivas panorámicas, relamidas voces en off y una colección de interpretaciones afectadas encabezada por las de James Franco y Robert Pattinson, este último en la piel de T. H. Lawrence. Entretanto, Nicole Kidman sale ligeramente más airosa de una película en la que, a cambio, no hay ni rastro de pasión, ni de relevancia política a pesar de lo mucho que la geopolítica actual le debe a la de entonces, ni conflicto dramático que justifique por qué la vida de Gertrude Bell merece una película habiendo ya sobre ella una entrada en la Wikipedia.

ALGO MILAGROSO

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Si Nicole Kidman nos deja fríos a pesar de las pomposas cursiladas que recita, a Charlotte Rampling le basta una colección de miradas y silencios para hacernos trizas en 45 Years, la nueva película del británico Andrew Haigh tras la soberbia Weekend (2012). De hecho ambos títulos mantienen entre sí una simetría imperfecta. Ambos son retratos de pareja extraordinariamente íntimos, pero si entonces Haigh hablaba de dos hombres que en un fin de semana llegan a conectar como si se conocieran de toda la vida, ahora lo hace de una pareja cuyos vínculos, tras casi medio siglo de matrimonio, se resquebrajan de forma quizá irreparable.

Lo que Haigh logra aquí es casi milagroso: la sutileza con la que deja que la mugre salga gradualmente de debajo de la alfombra, y la economía y la honestidad con la que trata las emociones de sus personajes y todo lo que pueden y lo que no pueden decirse, convertirían desde ya a 45 Years en una seria candidata al Oso de Oro a no ser porque Rampling lo es aún más a coronarse como mejor actriz.