Ciudadano Lara

Convirtió el 'universo Planeta' en el gran dominador del panorama mediático

Ciudadano Lara

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Josep Maria Fonalleras
Josep Maria Fonalleras

Escritor

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Hace unos años, en una entrevista a Xavi Ayén, a punto de dirigirse a una audiencia compuesta por alumnos de un máster de edición, José Manuel Lara Bosch formuló las bases de su oficio con dos aseveraciones que hoy más que nunca nos hablan de su filosofía empresarial. Comentó que ni escribía libros ni los imprimía pero que se dedicaba «a poner en contacto a alguien que tiene algo que decir con el mayor número de personas dispuestas a escucharle». Y la segunda: no opinaba sobre la calidad literaria («que otros diluciden qué libros son buenos y qué libros son malos») porque lo consideraba «una petulancia». Él podía hablar sobre «si un título es apropiado para el público al que va dirigido». Es decir, pensaba que el negocio editorial era, ante todo, un negocio, a partir de la premisa que debe regularse la oferta del producto con la demanda, prevista, inducida o latente.

El producto -el libro, en un principio, pero después todas las demás ramas del imperio Planeta- se ofrece a partir de una labor que él mismo definió como de «editor activo», procurando saber en cada momento qué es más conveniente y combinando la pura intuición paterna -que se fraguó en 1944 con las primeras escaramuzas editoriales y se empezó a consolidar en 1949 a partir de la creación de Planeta- con los conocimientos adquiridos como economista, con los contactos internacionales y con una ambición decidida por no ser solo un gigante en el mundo de la edición hispana, sino por convertirse en una referencia mundial, con diversificaciones en el sector audiovisual. El universo Planeta, no solo referente en castellano y recientemente en catalán sino también en francés, junto con el Grupo Atresmedia de televisión, las inversiones en la prensa periódica, y otros muchos negocios de todo tipo, nos permiten hablar de Lara como de la persona que recogió -en parte por un azar trágico: la muerte de su hermano Fernando, y en muy buena parte por su tenacidad empresarial, no sin dificultades íntimas e internas- el guante de un negocio que ya era floreciente para convertirlo en un absoluto dominador del panorama mediático.

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La personalidad potente de Lara, que también tiene que ver con su devoción futbolística por el Espanyol, le puso a menudo en el ojo del huracán, porque sus opiniones -formuladas sin cortapisas- levantaban ampollas al tratarse no solo de un empresario con éxito sino de alguien que añadía a su notable corpulencia una evidente sensación de seguridad, aunando la claridad de sus declaraciones con la proyección social de las mismas y con el peso de quien tenía a su mando más de un centenar de empresas y decide intervenir en la economía y la evolución política del país.

La figura de Lara tiene algo de Ciudadano Kane. En una vida salpicada de momentos tristes, de lucha por el poder, de afán por el control de un imperio, su ambición confesada en voz baja era en cierta manera volver a la infancia del editor y retirarse al mando de una pequeña editorial sin otro compromiso que poner en contacto a los unos con los otros.