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Lo que queda

Jenn Díaz

SDLqCreo que cuando uno cumple los quince años, las cosas ya se han fijado en la memoria, las impresiones ya están ahí». Me habría gustado decir esta frase a mí, por eso en la biografía de Carson McCullers de Josyane Savigneau la tengo subrayada. Sí, también yo creo que a los quince años ya está todo ahí, dispuesto; pero no estamos solas en esta creencia. De la biografía que Brad Gooch hizo sobre Flannery O'Connor, subrayo un pequeño párrafo que me da pie para reunir a estas dos grandes escritoras sureñas: «Creo que uno probablemente cosecha la mayor parte de su experiencia durante la niñez, cuando no tenía nada realmente que hacer, y luego la traslada a otras situaciones cuando escribe».

Lo que queda de esa memoria ya fijada a los quince años, cuando uno está receptivo porque no tiene otra cosa que hacer salvo absorber lo que hay alrededor, lo que queda es lo que siempre va a estar, esas impresiones permanecen y se moldean, pero no definitivamente. Ambas me hacen reflexionar sobre algo a lo que le doy vueltas y solo comprendo como excepción a la regla: yo, antes de los quince años, no leía nada salvo las lecturas obligatorias del colegio, y ninguna de ellas me convirtió en lectora.

Creo que si de verdad las tres -McCullers, O'Connor y yo- estamos acertadas, que uno se haga lector antes de madurar es básico para, en el futuro, tener una sociedad lectora. Me pregunto qué hay que hacer para ser lector temprano y fijar en tu memoria desocupada lo que el libro te da, sin que la lectura sea una imposición ni suponga un esfuerzo para el alumno joven.

Me lo pregunto y me respondo que quizá sea importante dar a leer Frankie y la boda o Aloma antes que El Quijote Marines i boscatges en el instituto. También me respondo que la comprensión lectora debería tener más protagonismo que el análisis morfosintáctico, que se repite de curso en curso hasta el hartazgo. Lo creo así porque si tenemos razón, lo que quedaría de esas lecturas en el adolescente es, para el futuro, patrimonio social.