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Hasta luego, maestro Joan Barril

El periodista, escritor y columnista de EL PERIÓDICO ha fallecido esta madrugada a los 62 años a causa de una neumonia

Uno de sus mejores amigos ha sido el director teatral Joan Ollé, que traza una semblanza de quien ha sido un referente en la Catalunya contemporánea

Joan Ollé

Joan Barril, en una foto del 2010.

Joan Barril, en una foto del 2010. / FERRAN NADEU

Nos conocimos hace poco más de medio siglo en casa de mi vecino de escalera Josep Maria Ros, alumno, como Joan, del Deutsche Schule; yo, de los putos salesianos. Incitamos a Barril a compartir nuestro juego favorito: lanzarnos agujas de tender ropa parapetados detrás de sábanas tendidas o barricadas de cojines de sofá. Él, sin haber cumplido los 10, consideró que aquello era una salvajada y propuso sustituir la guerra abierta por diplomacia y armisticio.

Militamos en los 'boy scouts'. Naturalmente, Joan, 'primus inter pares', fue mi 'sisener', vocablo intraducible; también lo fue Bru de Sala (¡Joder, qué par, Ollé!). Un día, en función de su cargo, Barril me ordenó limpiar la tienda de campaña; le respondí que por qué debía obedecerle y él sentenció que es de bien nacidos acatar la autoridad. Repliqué: "¿Si me mandas precipitarme por un acantilado, también debo hacerlo?". Y él concluyó que los buenos gobernantes jamás incitan a sus administrados a nada malo.

Desecar el Mediterráneo

Ya adolescentes, una tarde de sábado me citó en su casa de hijo único en Aribau, 60 --yo vivía en Aribau, 5-- para estudiar seria y conjuntamente la posibilidad de desecar el Mediterráneo. La cosa era sencilla: solo había que taponar el estrecho de Gibraltar, el del otro lado y decantar el agua del nuevo laguito hacia el Sáhara, para fertilizarlo. ¿De dónde obtendríamos los recursos económicos para tal empresa? Obvio: de los tesoros de los bajeles naufragados, de Rackham el Rojo y otros piratas que yacían en el fondo del mar, así como de los futuros acuerdos con las líneas férreas que enlazarían Barcelona con Sicilia y Algeciras con Estambul. Y de paso, Salam Rashid no precisaría patera para llegar a su futuro: vendría en bicicleta o autostop. Y luego Joan, como Lorca, se sentó al piano e interpretó algunos compases jazzísticos de De mica en mica, de nuestro ídolo y futuro primo Serrat.

Me invitó a un ensayo de teatro: introdujo en el bolsillo alto de su chaqueta de pana una pipa de la que asomaba la boquilla y en uno de los bolsillos laterales instaló un libro de Harnecker o Althusser, no recuerdo; me confió que si llevas un par de días un libro en el bolsillo no hace falta leerlo: te llega al cerebro por ósmosis. Mi primer sueldo teatral, tres billetes de 100 pesetas cosidos por una aguja de tender ropa, me lo lanzó Barril desde su balcón de Aribau, 60. Si he dedicado mi vida a eso del teatro y la escritura fue culpa suya; sin él, yo no habría sido yo.

Si de algún pecado capital pecó mi hermano fue de orgullo. Como consecuencia de haber puesto en escena 'Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos' con el primer Dagoll-Dagom, Rafael Alberti, su autor, nos invitó a visitarle. Fuimos con Joan y con nuestras dos primeras novias, pero él, antimitómano, no se rebajó a subir al piso del marinero en tierra ni a prestarnos su cámara Mamiya: estuvimos sin él con Rafael, pero ninguna foto lo atestigua.

Trabajé para Joan como camarero en su Formatgeria Catalana. Cada noche que el local estuvo lleno lo celebramos descorchando una o varias botellas impagables: se arruinó. Siempre le jodió que le calificasen de gastrónomo: simplemente le gustaba comer y cocinar. ¡Ay! Dejamos demasiado dinero en demasiados restaurantes. La mayor parte de las veces pagaba él y yo se lo se compensaba regalándole zapatos caros.

Cuando Carlota y él tuvieron a su primogénito, Lluís, fui el padrino. Y luego fueron llegando CarlesJoan e Isabel. Y Alba, hija de Carlota. Todos ellos estuvieron en el aeropuerto cuando aterrizamos, procedentes de Bucarest, Maria y yo con Carles, nuestro hijo, del que Carlota es su dulce padrinita. Y con Joan cerramos por última vez la puerta de la casa de mis padres cuando en ella ya no quedaba nadie. Sí, fuimos y somos familia más allá de la sangre. 

De mayores, seguimos jugando a niños. Primero en Papers mullats de Catalunya Ràdio, las noches de los domingos, mientras Carlota y Maria se iban al cine, y después, juntos, picábamos algo. Luego en 'La R pública de la COM', cuando el pobre Joan se levantaba a las cinco para predicar su editorial y yo resumía la actualidad en ripios, con Pere MasSalvador SostresAdam MartinDavid Guzmán… otra familia de insensatos. Y 'L’illa del tresor', en el Canal 33, tal vez nuestra máxima gamberrada: poesía y tontería a partes iguales. Lo hicimos tan bonito que nos concedieron el Premi Nacional catalán de televisión --¡a un escritor y a un teatrero!-- y un prestigioso premio europeo del que TV-3 no dijo nada. Por cierto: de regreso de Nantes, en el Mont Saint-Michel, la marea baja casi se traga el 4x4 de mi amigo de cabecera y a todos sus ocupantes. 

Cuando le echaron de COM Ràdio por no saber ser exageradamente sociata, parece que el recién y díscolo 'president' Maragall acomodó de nuevo a Barril en Catalunya Ràdio, y a nosotros con él. ¡Todavía una aventi más! Y, encima, cobrando. Si algunos años antes Joan nos había confiado su aversión a hablar por teléfono con los oyentes, ahora decidió que no quería entrevistar ni a medio político; prefería profesores, escritores, médicos y otras profesiones sin mentira. Firmó por Duran Lleida y se contaban cosas personales con Quico Homs: no fue un oportunista cambio de camisa, sino --hijo único y no mimado por los suyos-- un reencuentro con el otro y con alguna parte olvidada de sí mismo.

Nos lo cominos, bebimos y reímos todo, y eso acarrea consecuencias nefastas para la salud. Últimamente, ya hartos de estar tan cerca, nos hablábamos de usted y en castellano. O en italiano: due vecchi rincollonitti che chiacheranno sull niente en un banco de la Diagonal, a la luz de los faroles de la luna. ¡Toma ya metáfora, Juanito!

La golondrina y Serrat

Le acompañé en su tercer matrimonio, con Glòria. La novia, el novio y sus padres llegaron al puerto en coche de caballos y, ya embarcados en una golondrina de champán francés, Serrat cantó 'Mediterráneo', aquel mar que intentamos desaguar Joan y yo medio siglo atrás. Y ya puestos en Serrat, hermano mío, me junto a su voz y a la del viejo Miguel Hernández para reclamarte: "A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero".
¿Te acuerdas, Barril, cuántas veces dijimos que al que se quedase le tocaría redactar la ausencia del otro? ¿Te acuerdas cómo todos trajimos nuestras vidas aquí, para contarlas? Que la vida y la muerte iban en serio lo sabemos ahora: de buena te has librado, amigo mío. Los Reyes no te traerán zapatos nuevos ni saltaremos descalzos la hoguera de la verbena.

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