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LA GUERRILLERA VINDICA EN SUS MEMORIAS A LAS MUJERES DEL FRENTE

Comandante Leticia

NÚRIA MARRÓN

Leticia Herrera, guerrillera sandinista, parió a su primer hijo en un hospital inquietantemente vacío. Aquel día, Nicaragua estaba sumida en una huelga sanitaria. El bebé venía con el cordón al cuello y, a escondidas, le practicaron una cesárea. Por entonces, Leticia empezaba a organizar en los barrios la trastienda clandestinaHabía apurado su embarazo en una casa donde solo dos personas sabían quién era. «Cuando en la televisión veía cómo masacraban a compañeros con los que había convivido, me tragaba el dolor hasta que me refugiaba en el baño, donde rompía en llantos. Lo recuerdo y todavía se me abre el piso». Con aquella angustia claustrofóbica que ahora, 40 años después, aún le entrecorta el relato, entró en febrero de 1972 en el paritorio, sabiendo que no estaría con el bebé más de tres meses. Órdenes de la dirección.

«Trabajarás hasta el final, porque una embarazada no despierta sospechas, y luego buscarás a quien entregárselo», le habían dicho. «Yo, que estaba muerta de miedo y de vergüenza -del frente no se podía salir ni tampoco tener hijos-,

 

lo acepté aliviada: durante días, había temido a la palabra aborto. Las posibilidades de vivir eran muy pocas y estar con un niño era un peligro sobre todo para él». Con René Tejada, padre del bebé, había roto cuando este partió hacia la montaña, justo antes de saber que estaba embarazada. «Llévaselo a mi madre, así lo podré conocer», le pidió. Y aunque ella accedió, Tejada nunca llegó a verlo: lo mataron. Ella sí, pero le llevó siete años: lo que tardó en triunfar la insurrección contra la dictadura de Somoza.

Con sus múltiples vidas asomando bajo las ojeras, Leticia Herrera (Costa Rica, 1949) desgrana en Barcelona la cara b del sandinismo. En sus memorias Guerrillera, mujer y comandante de la revolución sandinista (Icaria), escritas por Alberto González, Maria Antònia Sabater y Maria Pau Trayner, alumbra al movimiento de estudiantes, campesinas y obreras que vivieron, criaron -unas veces a distancia, otras en comunidad- y lucharon contra la dictadura y contra «el sistema mental de los hombres del frente». «Nuestra lucha era doble y teníamos que hacer grandes esfuerzos, porque a menudo solo nos querían para lavarles la ropa, antenderlos, hacer de correo y brindarles satisfacción sexual. Nosotras, sin embargo, les obligamos a que nos abrieran las puertas y demostramos que somos más democráticas y organizativas».

 

Hija de un sindicalista nicaragüense exiliado en Costa Rica, Leticia se pasó la infancia cambiando de domicilio, entre reuniones clandestinas, diarios prohibidos y una tía que amenazaba con delatarlos. «Por ese trasiego, los primeros años no fui al colegio. Mi padre, que para mí era el parámetro en todo, nos enseñaba. ¡Leíamos el Manifiesto Comunista!». Con apenas 14 años, ya en la escuela, montó una célula socialista. «Era la hija ejemplar». Y años más tarde, a escondidas de la familia, ganó una beca para estudiar en Moscú. Allí conoció a su marido y a un mando del frente que les propuso volver a Nicaragua. «Yo sé que la lucha armada es una forma terrible que algunos tuvimos que elegir porque se habían cerrado otras opciones». Y añade: «Para ese momento, ya habían muerto casi todos los fundadores. Nos apuntamos cinco -era la única mujer- y decidimos venirnos». Era 1969. El Che ya había sido ejecutado y los movimientos revolucionarios se extendían desde Italia y Alemania hasta Uruguay.

 

Instrucción en Líbano

 

Ese venirnos, sin embargo, les llevó más de un año. Primero partieron en tren a Zúrich. Y luego a París. «Allí tuve la primera decepción». Les habían informado de que, a cambio de instrucción militar, debían colaborar con Al Fatah en el secuestro de un avión cuyo pasaje sería canjeado por presos palestinos. Y en un aparte, el responsable del frente en la ciudad, Francisco Rosales -quédense con el nombre- le dijo: «'Voy a crear las condiciones para te acuestes conmigo'

 

-recuerda en el libro-. Yo tenía idealizados a aquellos hombres, y me sentí dolida y decepcionada». La chica se lo contó a un compañero y, cuando la historia volvió a los oídos de Rosales, la pareja fue apartada del secuestro. «Patricio Argüello nos sustituyó, pero desconocía los detalles del plan. No sabía que, si no se presentaban un mínimo de personas, la misión debía abortarse porque algo iba mal». Aquel día, solo acudieron él y una palestina. Tiraron adelante y, cuando Argüello se levantó para entrar en la cabina, fue abatido. La soberbia y prepotencia de una persona -escribe- contribuyó a segar la vida de un excelente compañero».

 

Con la primera muesca por acoso -luego llegaron más: «Yo no me metí en esta mierda para que me anden manoseando», le dijo, años después, a un superior-, saltaron a Italia y llegaron al Líbano en las bodegas de un trasatlántico. Allí, durante tres meses, la OLP les instruyó en un campo en el que dormían en cuevas y solo salían una vez cada 15 días para asearse. «Estábamos hediondos», recuerda. Luego regresaron a Nicaragua pasando por Italia, España, México, Guatemala y Honduras. Cuando por fin entró al país en autobús, andaba ya sin marido y con unos «dolores estomacales» que, en realidad, eran síntomas del embarazo.

Durante mucho tiempo creyó, equivocada, que el niño, ya a cargo de la abuela, había muerto en el terremoto de Managua de 1972. Por entonces, Leticia ya se había especializado en buscar pisos francos y organizar la clandestinidad, primero en León y luego en Managua. «La guerrilla urbana era más peligrosa que la de la montaña -recuerda-. Vivías entre el enemigo. Pero a las mujeres, igual siempre sabemos qué hay en la cocina, no se nos escapan las cosas a nuestro alrededor».

 

En diciembre de 1974, pocas horas después de que el dictador se jactara de haber fumigado al último sandinista, un comando formado por Leticia, Eleonora Rocha, Olga López Avilés y otros 10 hombres entraron al asalto en la recepción navideña del ministro Chema Castillo, en la que, entre otros próceres, brindaban el embajador de EEUU y empresarios y políticos somocistas. Al oír el fuego cruzado con la guardia, el ministro se deslizó hacia su habitación, donde guardaba un arsenal, y salió disparando. El arma no le funcionó y cayó abatido. En una guerrilla asfixiada, la liberación de los rehenes les reportó dinero y el canje de presos, entre ellos Daniel Ortega. Con las caras aún cubiertas por medias, la expedición voló hacia La Habana.

Ya de vuelta, comprobó que a las mujeres siempre se les reservaban «segundos puestos». Y cuando Ortega regresó a Managua, le encomendaron convertirse en su responsable de su seguridad: «Su lazarillo». Su intuición y vigilancia extrema, cuenta, les libraron de emboscadas. Ya como como pareja, se adentraron en la montaña. «De allí me fui embarazada de seis meses. Me picaron millones de pulgas y cogí la toxoplasmosis: mi hijo Camilo y yo sufrimos secuelas en la vista». A las pocas semanas de nacer, dejó al bebé a cargo de familiares y volvió a la guerrilla. Por entonces,

«Daniel estaba ya por otras lides», dice en el libro sobre la relación de este con Rosario Murillo. Así que, tras separarse, se integró en el primer frente que, comandado de forma colegiada por mujeres, doblegó a la dictadura.

-¿Que cómo pude sobrellevar tanto sacrificio? Cuando, después de 10 años, volví a casa por el nacimiento de Camilo, mi padre se me quedó mirando: 'No sois la hija que yo vi irse. Eres muy dura. Estás deshumanizada'. Aquellas dos palabras me mataron. 'Es verdad', le dije, encolerizada. 'Pero gracias a eso he sobrevivido, he actuado con frialdad cuando, por ejemplo, masacraban a compañeros a pocas cuadras de distancia. ¿Y sabe qué más? Que yo soy así por usted. Usted ha sido mi referente'. Pero tenía razón. Estaba muy dura.

Cuando al poco volvió al frente, recuerda, cogía el coche con otros compañeros e iban a provocar a los guardias. «Éramos temerarios, pero a mí aquellas carreras me ayudaron a sacar cosas. Yo andaba muy cansada, envejecida, con mucha amargura».

 

Tras el triunfo de la insurrección, la proclamada comandante guerrillera fue apartada del Ejército. «A la mínima oportunidad nos fueron cerrando las puertas que habíamos abierto». Se enroló entonces en los movimientos de base que impulsaron campañas de alfabetización y salud -y que rebajaron la mortalidad infantil y materna- y como diputada votó «solo 10 leyes» favorables a las mujeres. «En aquellos años, todos los esfuerzos se los llevó la Contra. Nosotras hacíamos propuestas y nos decían: 'Ahorita no, lo prioritario es defender la revolución'. Quizá era inevitable, pero a menudo las mujeres renunciamos a las cosas y postergamos nuestros intereses. Luego, cuando ganó Violeta Barrios, nos tocó defender lo poco que habiamos logrado».

 

 

Destitución

 

Poco a poco, a Leticia la fueron esquinando, y saltó a la judicatura y al consulado de Costa Rica. Hoy Nicaragua sigue siendo un país empobrecido y machista, donde el aborto terapéutico está penado. ¿Valió entonces la pena tanta muerte y tanta lucha? «Es cierto que el sacrificio fue terrible y que, por ejemplo, con mi hijo mayor nunca hemos estado bien. Estuve siete años ausente, los más importantes, y después todo ha sido difícil. Ahora quizá, con 42 años, empieza a entender qué pasó. Sin embargo, y aunque queda mucho por hacer, creo que hemos avanzado, que lo que hicimos valió la pena. Lo volvería a hacer, porque se sentaron las bases de una transformación. Yo entonces tenía, y aún tengo, el convencimiento de que debíamos buscar otros derroteros para las mujeres, y que la gente, organizada y con actitud critica, puede cambiar las cosas».

 

El epílogo de esta historia llegó días atrás. Tras la publicación de algunos extractos en la prensa nicaragüense, fue destituida de la Dirección de Resolución Alterna de Conflictos, que pertenece a la Corte Suprema. Uno de sus magistrados es Francisco Rosales -¿recuerdan el episodio de París?-.

Este, cercano a Ortega, ha negado los hechos. Y Leticia afirma que, de momento, no está «en condiciones» de hablar. Esperaremos noticias.