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CRÓNICA

Chucho Valdés, arquitecto y pensador

El pianista mostró todas las caras del referencial repertorio del grupo Irakere

ROGER ROCA
BARCELONA

Si Chucho Valdés ya parecía un fijo en el Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona, ahora la relación es oficial. Y en su primer concierto como residente, el gigante del piano cubano se reivindicó no tanto como intérprete sino como pensador de un sonido que hoy es la lengua franca del jazz latino pero que hace 40 años, cuando puso en marcha el grupo Irakere, debió de sonar a revolución. Con sus habituales Afro-Cuban Jazz Messengers, y el refuerzo de trompetas y saxos, Valdés recuperó piezas clave de un repertorio que en realidad eran dos: la música de baile cubana y «la música concierto», como la describió el pianista el martes en el Auditori.

Abrió, como se abrían muchos de los conciertos de Irakere, con Juana 1600, una eléctrica de raíz africana de ritmo imparable coronada por un muro de vientos. Desde el piano, Valdés dirigía con esas manos suyas infinitas las entradas y salidas de metales, cañas y percusiones de un grupo que sonaba compacto, brillante en los agudos y seco y rotundo en los graves, como una demostración de las que hacían los vendedores de equipos de alta fidelidad de los primeros años del deslumbre digital. Quizá esa precisión quirúrgica en el sonido y la ejecución es lo que Valdés señalaba como «la mirada del siglo XXI» que se proponía ofrecer al repertorio de Irakere. Didáctico como siempre y menos protagonista que de costumbre, el pianista fue ante todo arquitecto de una noche pensada para enseñar las distintas caras de un proyecto que en su día lo fue todo en la música cubana: innovación, conexión con EEUU, reivindicación de las raíces y punto de encuentro de la alta cultura con la cultura popular. Porque populares lo fueron, y mucho. En su día, Xiomara o Lo que va a pasar ponían invariablemente a bailar al público en Cuba y levantaron el martes al de Barcelona, aunque el Auditori sea poco propicio para menearse.

'PIANISMO' DE CONCERTISTA / El trompetista Alexander Abreu, especialista en atacar notas imposibles, fue cantante y animador cuando las piezas venían festivas, mientras Valdés se aseguraba de que la perfecta máquina de ritmo no se desajustaba nunca. Solo hacia el final, con la Contra danza que escribió en 1979 como homenaje al ritmo cubano centenario, Chucho ejerció de estrella y desplegó ese pianismo de concertista que deja mudo de asombro. La noche acabó tan arriba como cuentan que acababan los conciertos de Irakere, aunque el público se conformaba con mover prudentemente los pies encajados entre dos filas de asientos. Qué bien le hubiera sentado una pista de baile a ese fin de fiesta.