Tesla, icono pop

Una novela sobre el inventor es la punta de lanza de un interés planetario por su figura

Mark Twain visitó el laboratorio de Tesla en 1894 y probó su lámpara incandescente.

Mark Twain visitó el laboratorio de Tesla en 1894 y probó su lámpara incandescente. / MUSEO TESLA BELGRADO / FERRAN SENDRA

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ELENA HEVIA / BARCELONA

«Dejemos que el futuro juzgue a cada uno según sus logros. El presente es de ellos, pero el futuro por el que tanto he trabajado me pertenece». Son palabras del vencido y olvidado por su tiempo Nikola Tesla (Smiljan, Imperio austrohúngaro, actual Croacia, 1856 - Nueva York, 1943 ), descubridor de la corriente alterna, genio excéntrico. Dotado de una inteligencia audaz y visionaria pero muy poco dotada para los negocios y la vida práctica, Tesla, con más de 700 patentes en su haber, perdió la guerra de las corrientes frente al todopoderoso y un tanto gansteril Thomas A. Edison, adalid de la corriente continua, que gastó fortunas para desacreditarle y electrocutó de paso a un elefante para demostrar lo letal que podía ser la opción del sebocróata (el vídeo, por cierto, corre por internet). También perdió frente a Marconi que utilizó su tecnología para patentar la radio y, de paso, ganarse un Nobel.

Y sí, no es difícil de adivinar, Tesla tenía razón. Un siglo después es fácil comprobar un triunfo que no pudo disfrutar porque murió solo, enloquecido y en la pobreza. Su sistema permitió trasladar la electricidad a kilómetros de distancia -más allá de las cortas miras de Edison- y dio alas al actual sueño inalambrico en el que nos encontramos. Pero hay más que eso. La historia de Tesla es una novela perfecta sobre un tipo caballeroso e idealista, dotado de brillantes ideas, que perdió en la lucha contra unas fuerzas más interesadas en el marketing y la comercialización que en el desarrollo de la ciencia y el bien común. ¿Es raro entonces que desde su oscura muerte en los años 40 su nombre y fama empezaran a abrirse paso hacia la notoriedad durante la contracultura de los 60 que lo convirtió en un nuevo héroe alternativo?

Desde entonces y especialmente en los últimos años ha ido creciendo una 'teslamanía' global que ha convertido al inventor en un verdadero ídolo de la cultura pop. «No hay muchos científicos que hayan sido tan profundamente inspiradores para el mundo del arte y de la cultura en todos los órdenes», explica el periodista y divulgador científico Miguel A. Delgado, importante teslólogo que le ha dedicado dos ensayos.

Con la cara de Bowie

Y ahí tienen a Tesla haciendo apariciones estelares en películas -por ejemplo, en 'El truco final' con el rostro de David Bowie-, canciones, cómics, videojuegos y por supuesto, la literatura, donde ha sido un secundario de lujo en 'El palacio de la Luna' de Paul Auster y en 'Contraluz' de Thomas Pynchon y protagonista absoluto de esa pequeña joya que es 'Relámpagos' de Jean Echenoz.

Sin olvidar su capacidad de movilizar a los fans un siglo después. Hace dos años y ante la noticia de que el laboratorio de Tesla, Wanderclyffe, en el estado de Nueva York, iba a ser convertido en un centro comercial, una iniciativa popular de gente anónima consiguió el millón y medio de dólares que se necesitaba para salvarlo.

La última aportación desde España, viene de la mano de Delgado que acaba de publicar una entretenida novela de aventuras 'Tesla y la conspiración de la luz' (Destino), que fantasea muy libremente con su figura. Delgado será también el comisario de una macroexposición de la Fundación Telefónica de Madrid que a partir del 21 de noviembre incluirá objetos personales del físico que por primera vez saldrán de su Museo en Belgrado. «Es curioso pero las reinvindicaciones de Tesla suelen coincidir con periodos de crisis, porque las crisis ponen en cuestión el relato oficial. No me parece casual que el interés por su figura en España coincida con esta periodo cargado de desconfianza por la historia que nos han contado», advierte Delgado, empeñado en mostrar todos los aspectos del fenómeno en el que se ha convertido Tesla, como prueban los testimonios que ofrecerán en la muestra creadores como Marina Abramovic, Terry Gilliam, Laurie Anderson o Neil Gaiman. Y desde el terreno local, Christina Rosenvinge ha cedido para la ocasión una canción de su próximo disco, que saldrá en Navidad, titulada Pobre Nicolás. Eso sin olvidar que Jim Jarmusch lleva años trabajando en el libreto de una ópera centrada en el destino maldito del inventor.

No toda la culpa de su fracaso social fue de sus adversarios. Tesla no era exactamente habilidoso en sus relaciones sociales y en los últimos años se multiplicaron sus manías y problemas mentales. Se convirtió en un anciano encerrado en una habitación de hotel donde daba de comer a las palomas y hablaba de raros inventos como el rayo de la muerte y el generador de terremotos. «Al final acabó imponiéndose la caricatura. Mientras los jóvenes ingenieros salían de las facultades conociendo su tecnología pero no su nombre».

AVENTURAS AL ESTILO VERNE Y WELLS

Miguel A. Delgado se le cruzó el amplio conocimiento de las peripecias de Nikola Tesla con las ganas de escribir una novela como las que le incitaron a leer en su adolescencia. En Tesla y la conspiración de la luz se dan cita Julio Verne, H. G. Wells, La isla del tesoro y unas novelitas que Isaac Assimov dedicó a los jovenes protagonizadas por el aventurero Lucky Starr. 

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El resultado es una distopia, un mundo futuro pero reconocible en el Nueva York alternativo de los años 30 transformado por los descubrimientos y postulados de Tesla –y no por los de Edison-. «No es necesario que el lector conozca a  Tesla porque el libro explica bien quien fue», dice el autor.

La novela sigue los últimos y solitarios años del físico, con un trasfondo de figuras reales como Marconi o los magnates J. P. Morgan II  y John Jacob Astor IV, que murió en el Titanic.Y por cierto, gracias al ingenio de Tesla y la ficción de Delgado el Titanic no se hundió en 1913, se reconvirtió en un capricho para ricos. «La tragedia del Titanic fue un momento crucial para la fe en el progreso. Ahí empezó a resquebrajarse».