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Ken Follett: «En los conflictos la libertad suele vencer»

Entrevista al superventas británico, que cierra su trilogía sobre el siglo XX con 'El umbral de la eternidad'

ERNEST ALÓS / BARCELONA

Ken Follett (Cardiff, 1949) ha rematado con El umbral de la eternidad (Plaza & Janés / Rosa dels Vents) su trilogía sobre el siglo XX. Un inmenso reto follestinesco en el que salta continuamente de las peripecias familiares y sentimentales a los grandes acontecimientos históricos: en esta ocasión, entre 1961 y 1989, la lucha contra el racismo en EEUU, la crisis de los misiles de Cuba, la construcción y caída del Muro de Berlín, la era del pop, los asesinatos de los hermanos Kennedy y Martin Luther King, la era del pop, Chescolovaquia, el Watergate, la perestroika, Líbano...

-¿Por qué el título?

-Durante esos años sabíamos que la guerra nuclear podía estallar en cualquier momento y si esto sucedía acabaríamos todos muertos. Así que vivíamos a un paso de la eternidad.

-Con este libro completa su trilogía del siglo XX: 3.160 páginas en total. ¿Se he quitado un peso de encima?

-Me siento triunfante, porque cuando empecé este proyecto no estaba seguro de que lo pudiese acabar. Nadie más había intentado explicar la historia de todo el siglo en tres novelas.

-¿Y su balance de este siglo XX?

-La mayoría de los dramas en esta trilogía son los de personas que luchan por la libertad. Y mirando hacia atrás, en todos estos conflictos políticos, la libertad suele vencer. Así que soy optimista sobre el resultado del siglo XX: la situación de los derechos humanos es mucho mejor al final de El umbral de la eternidad que al principio de La caída de los gigantes [el primero de los tres libros].

-Ha dicho que la crisis global actual no tiene el drama suficiente para dar de sí una de novela como esta. ¿Ni si miramos más allá de Occidente?

-No me puedo imaginar una novela sobre la última recesión global. En El umbral de la eternidad. por ejemplo, encontramos a hombres sentados en una habitación durante la crisis de los misiles de Cuba y diciendo 'qué vamos a hacer: si tomamos la decisión equivocada iremos a la guerra'. En esta recesión un grupo de personas se puede reunir para decir 'si tomamos la decisión equivocada, seremos más pobres'. Lo que está sucediendo es terrible, pero desde el punto de vista literario no tan dramático como una guerra.

-La trilogía repasa todos los grandes acontecimientos mundiales hasta la caída del Muro en 1989. Pero tiene un epílogo en el 2008 con la toma de posesión del presidente Obama. ¿Está este hecho a la altura de estos grandes acontecimientos, repasando cuál ha sido su gestión?

-Sí, el libros tiene dos finales, la caída del Muro y la elección de Obama. Los dos son símbolos, del fin del comunismo y de la igualdad para los afroamericanos. Creiamos que los rusos dejarían de ser nuestros enemigos y que conseguírían la libertad. Y resulta que ahora son nuestros enemigos y no son libres. También podemos tener quejas porque Obama no ha conseguido muchas de las cosas para las que fue elegido, en gran parte a causa de la oposición conservadora en el Congreso. Ninguna realidad es tan bonita como lo es un símbolo.

-¿Hay algún episodio histórico que lamente no haber incluido, porque no encajaba con los personajes o porque la trilogía hubiese acabado con 4.000 páginas?

-En el primer borrador tenía dos capítulos largos sobre el caso Irán-Contra. Pero mi editor me dijo 'son muy aburridos, Ken', y tenía razón. Me hubiese gustado incluir el drama del apartheid y a Nelson Mandela, pero no tenía manera de conectarlo con mis personajes.

-¿Y un poco más de peso de Oriente Próximo, o incluir a Thatcher?

-El de Oriente Próximo es un asunto demasiado grande, necesitaría otra trilogía. Y lo que representa Thatcher, demasiado pequeño.

-La trilogía empezaba con cinco familias, galesa, inglesa, alemana, rusa y norteamericana. ¿Ha tenido que modificar su plan para incorporar familias afroamericanas?

-Exactamente. Cuando estaba acabando El invierno del mundo vi que después quería escribir sobre la lucha por los derechos civiles en EEUU, y que no podía explicar esta historia solo a través de blancos. En el primer borrador Jacky Jakes era blanca, y por eso lo cambié. Eso ha mejorado la historia.

-Me parece que en este último libro hay muchísimas más escenas de sexo. ¿Quiere reflejar la liberación sexual de los 60, o es que 50 sombras de Grey ha elevado el listón de lo aceptable en un libro mainstream?

-No tiene nada que ver con 50 sombras de Grey. Siempre hay historias de amor en mis libros. Yo disfruto escribiéndolas, y mis lectores leyéndolas. Son a menudo muy intensas: cuando la gente está desnuda físicamente también está desnuda emocionalmente. Como cuando María está en la bañera con J. F. Kennedy.

-Los hermanos Kennedy tienen mucho peso en la primera mitad del libro. Parece que tiene mejor opinión de Bobby que JFK.

-Bobby Kennedy es una figura simpática porque quería mostrar sus sentimientos. Esas personas nos suelen gustar, pero no como líderes. J. F. Kennedy inspiraba a la gente con sus discursos pero de forma calculada, controlaba sus sentimientos, así que era mejor político pero no un mejor ser humano.

-Dedica este libro a los actuales luchadores por la libertad. ¿Quiénes son? ¿Y quiénes sus enemigos?

-Hay partidos de derechas en Inglaterra, en Francia, en Suecia, que señalan al extranjeros como culpables de todos los problemas. Y hay gente que lo quiere creer, pero es una mentira. Y la lección del siglo XX es que es una mentira muy peligrosa.

-¿Cuál es su opinión sobre lo que ha sucedido en Escocia?

-No creo que tenga derecho a decir a los escoceses, ni a los catalanes,  qué tienen que hacer y cómo tienen que pensar. Puedo hablar como galés. Y yo creo que es mejor para Gales ser parte del Reino Unido, porque somos prósperos gracias a él, y podemos mantener nuestras tradiciones, nuestro lenguaje, nuestras canciones. El nacionalismo es un callejón sin salida. Pero solo estoy hablando sobre Gales.