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FESTIVAL DE CINE DE SAN SEBASTIÁN

Alberto Rodríguez impone su 'thriller' rural

'La isla mínima' se perfila como la mejor película española del año

NANDO SALVÀ / SAN SEBASTIÁN

Jesús Castro, Alberto Rodríguez, Nerea Barros, Raúl Arévalo y Antonio de la Torre, ayer en San Sebastián.

Jesús Castro, Alberto Rodríguez, Nerea Barros, Raúl Arévalo y Antonio de la Torre, ayer en San Sebastián. / EFE / JUAN HERRERO

Probablemente ya haya oído usted hablar de La isla mínima puesto que se estrena la próxima semana, pero si no es así no se preocupe: tendrá numerosas ocasiones de hacerlo. Porque hay pocas dudas de que la película será incluida el sábado que viene en el palmarés de este festival, y porque será un título omnipresente en las nominaciones a premios como los Goya. Y con motivo. Si es la mejor película española del año es algo sobre lo que se puede discutir, pero quien defienda que no lo es necesitará pensarlo mucho para hallar motivos.

Lo que no admite discusión es que es el mejor trabajo hasta la fecha de Alberto Rodríguez. Con ella, el director sevillano toma los elementos de su anterior película, la ya notable Grupo 7, y los eleva -y a sí mismo en el proceso- a una categoría superior. La isla mínima es, como esa predecesora, un thriller policial matizado de comentario social y cargado de atmósfera atosigante, pero más oscuro y menos proclive a hacer concesiones al público; más complejo pero también más preciso en su manejo de esas trampas narrativas -las pistas falsas, las revelaciones inesperadas- no solo aceptables en el cine negro sino requisitas; más sutil y a la vez más profundo insertando la trama en el contexto del pasado más o menos reciente de nuestro país.

«Quise usar los elementos políticos y sociales a modo de río subterráneo que corre por debajo de la trama», explicaba ayer Rodríguez. «A principios de los 80 España era un país que trataba de definirse territorialmente y lastrado por una crisis económica galopante, y al retratarla me di cuenta de que no existen paralelismos claros con la España actual». La España de La isla mínima es, más concretamente, una Sevilla rural -el director le estruja a las marismas todo su potencial escénico- empantanada en la transición y envenenada de corrupción moral, en la que dos policías de Madrid -impecables Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo- se sumergen en la investigación de la misteriosa desaparición de dos hermanas tras una fiesta local.

Rodríguez toma esa premisa, que bien podría haber salido de un episodio de La huella del crimen o de las páginas de El caso -el infame diario especializado en la España negra tiene su rol en la trama-, y la enriquece a base de condimento noir que recuerda títulos como El cuervo (H.G. Clouzot, 1943), Memories of Murder (Bong Joon-ho, 2003) o, sobre todo, True Detective. De hecho, La isla mínima rezuma la misma atmósfera húmeda, tóxica y podrida que la teleserie creada por Nic Pizzolatto. Nunca el Guadalquivir se había parecido tanto al Misisipí.

«Un día, mientras estaba editando la película, me llegó un whatsapp de Raúl [Arévalo] con un fotograma de la serie y un texto que decía: 'Nos han copiado'», recordó ayer el director acerca de las fortuitas similitudes. En cualquier caso La isla mínima, está claro, no inventa nada; las convenciones del cine negro que maneja no son ninguna novedad. La novedad es que las maneje tan condenadamente bien.

EL REGRESO DE FRANÇOIS OZON / También presentada a competición, Une nouvelle amie volvió a confirmar el buen estado de forma de François Ozon. El director francés vuelve a meditar sobre la confusión sexual, un asunto tratado de forma recurrente a lo largo de su carrera en películas como En la casa, por la que obtuvo la Concha de Oro en este festival hace dos años. El alto contenido del filme en subversiones de género y deseo prohibido podría estimular comparaciones con el cine de Almodóvar de no ser porque, a estas alturas, Ozon se referencia exclusivamente a sí mismo.

Revelar que Une nouvelle amie es la historia de un hombre que para superar la muerte de su esposa se abandona a las complejidades del travestismo no es un spoiler puesto que la película lo hace pasados no más de 10 minutos de metraje. El potencial de ese punto de partida para caer en lo ridículo es sin duda elevado, pero Ozon esquiva el peligro paseándose con pericia entre la comedia y el melodrama, y ofreciendo en el proceso penetrantes reflexiones sobre los complejos mecanismos del deseo.