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'EL GRAN FRÍO', SEGUNDO TÍTULO DE UNA SERIE NEGRA

Estigmas y monstruos

En la última novela de Rosa Ribas y Sabine Hofmann, una periodista de 'El Caso' aterriza en un pueblo de Teruel lleno de fanatismo y secretos

ERNEST ALÓS
BARCELONA

Ana Martí, la periodista que protagonizó la anterior novela escrita a cuatro manos por Rosa Ribas y Sabine Hofmann, Don de lenguas, ha sido proscrita de La Vanguardia: periodista, mujer e hija de rojo, demasiado para la Barcelona de 1952. En El gran frío (Siruela) la reencontraremos, en 1956, trabajando bajo diversos seudónimos para El Caso y una revista femenina. En ese gélido invierno es enviada a informar de los estigmas que desangran a una niña en un pueblo perdido del Maestrazgo de Teruel, rodeada de familiares, beatas, cura y alcalde felices de contar pronto, camino del cielo, con una santita local. Un cacique ilustrado, un maestro acogotado, el tonto del pueblo y un guardia civil absorbido por la persecución del maquis no lo ven tan claro. «Es una historia de fanatismo religioso e ignorancia», explica Ribas (El Prat de Llobregat, 1962). Pero Martí, atrapada por una nevada, acaba descubriendo detrás de esta historia otra muy distinta, la de un monstruo muy real que tiene aterrorizado al pueblo.

«Llega a donde llega. Es el tope, no podemos convertirla en una periodista estrella en la Barcelona de los años 50. El modelo del personaje vendría a ser Margarita Landi, pero ni tan extravagante ni carca», cuenta Ribas. En la novela acaba de completar el cuadro del periodismo de la época el periodista Enrique Rubio, construido a partir del testimonio y los materiales que facilitó a la autora el sobrino del mítico periodista de sucesos.

En sus primeros libros, firmados en solitario, lo alemán y lo español se mezclaban en su protagonista, la comisaria Cornelia Weber-Tejedor. En la trilogía protagonizada por la periodista Ana Martí, a pesar de transcurrir en España, esta mezcla también estará presente, pero en esta ocasión en la autoría, compartida con Sabine Hofmann. Filólogas ambas, «el punto de partida de la novela anterior era la lengua y la literatura», explica. «La literatura mete en un lío, y salva después, a estas dos mujeres, Beatriz, filóloga, y Ana, periodista, que tienen la lengua como única arma», precisa, hablando de Don de lenguas. «Pero no queríamos repetir la fórmula. Aquí es mucho más sutil, vemos que saber entender lo que canta y dice la gente va orientando a la protagonista. Uno de los motivos de la novela es la transmisión oral. En el caso del monstruo, sucede algo que se transfigura en una canción infantil [Al monstruo, tan feo / le gustan las rosas, / se las come blancas, / las escupe rojas. Agáchate y vuélvete a agachar, / que las agachaditas se van a escapar], porque no se puede decir».

Aunque la literatura no tenga un papel central, hay guiños como presentar entre las lecturas de las protagonistas a jóvenes prometedores como Juan Goytisolo o a autores como Sánchez Ferlosio o Sender. Que aparezca Sender no es casual. Algo de Sender y Delibes hay en esta inmersión en la mísera España rural de los 50. «Pero es una experiencia rural no idealizada, no se trata de encontrar las esencias del mundo del campo, sino la brutalidad de un mundo cerrado. Yo creo que es más Sender que Delibes», opina la autora.

No solo novela negra

El gran frío empieza como una novela rural, tarda en ser una novela negra...  «Es muy difícil etiquetar. Tiene una parte de novela histórica, una parte de novela rural, costumbrista, una parte de novela criminal. Es una novela más atmosférica que Don de lenguas, más claustrofóbica. Esto del género también es un poco claustrofóbico a veces...»

Residente en Fráncfort desde 1991, lectora de español y profesora de Didáctica, Ribas ha renunciado a su plaza para dedicarse a la escritura. Dos potentes editoriales como Suhrkamp y Rowohlt publican allí sus libros. «He tenido suerte, está saliendo bien. Al vivir en Alemania puedo hacerlo. Cuando hacemos una presentación o una conferencia cobramos honorarios, porque la gente paga entrada. Esto te da unos ingresos constantes y los libros se venden, aunque no sean monstruosidades».