ENTREVISTA CON EL Premio Pulitzer

Adam Johnson: "En Corea del Norte el terror se transmite a través de la familia"

Adam Johnson: "En Corea del Norte el terror se transmite a través de la familia"
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RICARDO MIR DE FRANCIA
WASHINGTON

Adam Johnson (Dakota del Sur, 1967) obtuvo en 2013 el premio Pulitzer por El huérfano, una novela donde la vida en el Estado ermitaño de Corea del Norte cobra relieve, y que ahora publica en España la editorial Seix Barral. El libro es fascinante y aterrador a partes iguales, el producto de seis años de trabajo y numerosas entrevistas con desertores.

-¿Por qué se lanzó a humanizar un país que suele aparecer tan deshumanizado en los medios?

-Cuando me puse a indagar sobre Corea del Norte vi que no había trabajos sobre la vida de los norcoreanos normales. Había libros sobre la economía, el Ejército, la cuestión nuclear o sobre sus líderes. Incluso sobre los gulags. Si no hay libros es porque a los norcoreanos no se les permite contar su historia. Después de leer sobre el tema, pensé que quizás yo podía escribir esa clase de libro.

-¿Cómo afrontó el proceso de investigación?

-Después de un año leyendo, descubrí que los retratos de norcoreanos estaban en internet. Los escribieron misioneros cristianos y cooperantes en el sur de China que encontraron a gente que escapó del país. Desde internet, podía leer cómo es vivir en Kaesong, Hamhung o Chongjin. Eran historias muy poderosas y perturbadoras. Hablaban de hambrunas, de ejecuciones, de penurias, y tenían una dimensión psicológica. ¿Qué puedo hacer con ellas?, me dije. Supongo que estaba investigando sobre un libro sin saberlo.

-Usted describe algo parecido a una farsa orwelliana, un país donde la gente vive atenazada por la sospecha y el miedo a ser castigados… ¿Qué tipo de país descubrió?

-Corea del Norte no tiene exclusividad respecto a la violencia en el mundo. Pero sí tiene un extenso gulag que es único, Campo 14 y Campo 15, cada uno con más de 50.000 prisioneros. Los dos son campos familiares. Y eso es especial: la forma en la que el régimen transfiere el terror desde el Estado hacia el individuo a través de la familia. Kim Il Sung aprobó a principios de los setenta la Norma de las Tres Generaciones, según la cual si alguien era sospechoso de crímenes políticos toda su familia sería castigada. Si alguien hace algo malo, sus tíos, sus padres o sus hijos van al gulag. No hay juicio ni sentencia porque nunca sales de allí. Son los miembros de la familia los que se vigilan entre sí. Se vuelven muy paranoicas, como en Orwell.

-Su protagonista es un huérfano que, en realidad, no es huérfano pero vive con ese estigma. ¿Por qué lo eligió?

-El primer norcoreano con el que hablé era un anciano que se quedó huérfano en la guerra de Corea. Su historia era tremendamente dolorosa. Hablaba del hambre, de las batallas, de cómo tuvo que cambiar de bando. Me impactó tanto que al empezar a escribir sabía que mi personaje sería un huérfano.

-Mientras escribía viajó a Corea del Norte. ¿Cambió mucho la percepción que tenía hasta entonces?

-El viaje fue bastante fascinante. Lo hice a mitad del proyecto, cuando llevaba tres años. Pero Corea del Norte es el único sitio del mundo donde no puedes hablar con norcoreanos. Es ilegal hablar con extranjeros. Los únicos autorizados son universitarios y han recibido una formación especial para ello. Así que no intenté hablar con nadie porque podría haber puesto a esa persona en peligro. Pero he hablado con norcoreanos en Japón, en Corea del Sur, EEUU y los Países Bajos.

-Hay cosas que uno no puede entender a menos que las vea…

-Me sirvió para saber cómo son las calles, cómo huelen, qué clase de zapatos llevan, ¿usan el autobús, el metro o van en bici? No quería equivocarme en esas cosas. Yo soy un americano grandullón y este es uno de los lugares más homogéneos étnicamente del mundo, pero me di cuenta de que la gente no me miraba porque quien se interesa por un extranjero pasa a estar bajo sospecha. Para mí fue una prueba de que han digerido la censura del Estado. Es ya parte de su psicología.

-Algunos de sus personajes no se creen la propaganda, pero aún así demuestran una lealtad ciega hacia el Estado.

-Los japoneses invadieron Corea en 1910 y la colonizaron durante 35 años. Ilegalizaron el idioma, su arte y su música. Llenaron las escuelas de profesores japoneses y los rebautizaron con sus nombres. De modo que el país fue entrenado para adaptarse, para renunciar a su propia identidad. Luego vino el caos. Rusia y EEUU dividieron el país tras la segunda guerra mundial. Vino la guerra civil y, más tarde, en el norte, sesenta y tantos años de dictadura totalitaria. Han pasado 104 años desde que los norcoreanos perdieron la conexión con su propia cultura y su herencia.

-¿Cuánta ficción hay en su novela cuando describe contextos o se refiere a hechos como las torturas, los gulags o los secuestros en Japón?

-El libro es una novela, pero casi todo lo que describo está basado en hechos reales y documentados. La gran pregunta es cuál es la verdad psicológica de haberse criado bajo un régimen como este. Es difícil saberlo porque los norcoreanos que escapan están muy tocados. Tienen a menudo el sentimiento de culpa de los supervivientes.

-¿Por qué pasó de puntillas por el gulag?

-Nunca me han torturado ni he pasado hambre. Me obligué a no comer durante varios días para ver cómo era, pero tenía comida en el armario y no es lo mismo. Es difícil leer sobre el gulag y también escribir de ello. De las ejecuciones, del Día del Aborto, de las torturas. En el libro, el personaje entra en el gulag en una página y, en la siguiente, ya está fuera, aunque hay algunos flashbacks.

-Si usted hubiera escrito este libro sobre Irán, teniendo al ayatolá Jomeini como una presencia permanente, probablemente le hubiera caído una fatua. ¿Recibió algún tipo de respuesta de Corea del Norte?

-He oído que las fatuas no son malas para vender libros (ríe)… Los norcoreanos no mandan telegramas. No se han puesto en contacto conmigo. He hablado con un par de altos cargos que desertaron. Me dijeron que con toda seguridad lo habían leído, y estaban al corriente. Pero Corea del Norte tiene muchos problemas y no creo que les importante mucho lo que un americano haya dicho en un libro.

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-La vigilancia global de EEUU está adquiriendo dimensiones orwellianas. ¿Deberíamos extraer alguna lección de lo que sucede en Corea del Norte? 

-Corea del Norte está, de alguna manera, en el extremo de lo posible humanamente, pero nos sirve para reflexionar sobre nuestra relación con el Gobierno, nuestra identidad y nuestras libertades. En todo aquello que damos por sentado. Ellos no tienen un aparato orwelliano porque ni siquiera son capaces de fabricar un ascensor o unas escaleras mecánicas. Lo hacen las empresas extranjeras. Lo que tienen es una red de inteligencia humana, un sistema donde cada persona tiene que informar sobre el vecino para sobrevivir. Y nosotros estamos todavía muy lejos de eso.