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Las relaciones entre vida y obra del filósofo español

El legado invisible de Ortega y Gasset

Jordi Gracia analiza en su biografía las luces y sombras del pensador

ERNEST ALÓS
BARCELONA

Cinco leyendas sobre José Ortega y Gasset quiere conjurar el catedrático Jordi Gracia en su biografía del pensador que acaba de publicar en la colección Españoles Eminentes publicada por la editorial Taurus con el apoyo de la Fundación March. Su «marginalidad política», su «impotencia filosófica», su complicidad intelectual con los fascismos y su legitimización del franquismo. Para dibujar a su Ortega, Gracia (Barcelona, 1963), autor de La resistencia silenciosa, A la intemperie y  La vida rescatada de Dionisio Ridruejo, explota por primera vez a fondo la correspondencia inédita del filósofo, las obras completas y los testimonios memorialísticos de sus contemporáneos y busca las claves de su personalidad y de su obra más en su «peripecia vital» que en sus escritos. «Las causas profundas del pensador están en los avatares del hombre, sus petulancias y desfallecimientos, sus coqueterías sentimentales y su autoestima desatada», explica. Contradicciones de las que nacen su éxito y su fracaso, el hecho de que el de Ortega sea un legado invisible de tan presente en la España actual.

LA POLÍTICA
De presidente de la República al «no es eso»

La primera clave personal a tratar es el «resentimiento» del Ortega que pensaba en sí mismo como presidente de la República por su fracaso político, una debilidad que explica obras como la España invertebrada, en que «su reproche agresivo a la miopía de las masas» lo convierte en «víctima de sí mismo», de la frustración del «mesianismo que le hacía verse como el político que transformaría a España». Esa es una de sus debilidades, explica Gracia, «la digestión rencorosa de sus fracasos políticos».

LA FILOSOFÍA
Acorralado por la irrupción de Heidegger

La irrupción en el escenario del filósofo alemán Martin Heidegger lleva a Ortega a un giro del ensayismo activista a intentar articular en «los libros definitivos que nunca llega a escribir» su sistema filosófico, sus planteamientos sobre la razón vital y el perspectivismo. Con tic de mal perdedor, reprocha a Heidegger defender postulados a los que él se avanzó una década antes («neurosis anticipatoria», dice Gracia). Redacta una fundamentada réplica a las raíces religiosas del pensamiento del alemán que acaba quedando inédita. Ortega queda «atrapado y casi acomplejado, condicionado e intimidado».

LA RELIGIÓN
Un ateo convencido

Ortega, destaca Gracia, era «manifiestamente ateo» aunque «no hacía exhibición porque no era necesario de tan obvio. Y posiblemente a causa de un pacto doméstico con su mujer. En cualquier caso, «el enemigo de Ortega es la moral y la cultura católicas en la medida de que son elementos de represión de la vida».

EL ANTISISTEMA
¿Del socialismo al elitismo?

Ortega empieza «como un antisistema, literalmente». Contra el sistema de la restauración, contra la «vieja política», evidentemente, y desde planteamientos de un socialismo demócrático y liberal. Pero, amargado, ¿pasa el autor de La rebelión de las masas, del socialismo al elitismo? «Su objetivo de fondo tiene que ver con elevar el nivel medio de la población en términos formativos, empezando por las élites que lo conseguirán. Si elitismo lo entendemos así, sí». La rebelión de las masas, por ejemplo, más que una profesión de elitismo antidemocrático sería «una manera de conjurar el éxito de los totalitarismos, tanto el bolchevique como el fascista, como aduladores de las masas y de su ignorancia. No hay ni así de proximidad entre fascismo y Ortega en términos ideológicos», sostiene Gracia.

RELACIONES PELIGROSAS
Ortega, el falangismo y el franquismo

«Otra cosa -dice- es que su obra nutriese el falangismo español. Pero no tiene ningún tipo de simpatía o esperanza en este. Es un demócrata resignado a una democracia imperfecta, pero no es un antidemócrata en absoluto». ¿Y franquista? Huye aterrorizado por la violencia revolucionaria y durante la guerra «está claramente en el bando franquista, y está probado que se postula para su servicio de propaganda». Con poco éxito, por cierto. Pero después de 1939 propiamente «no vuelve del exilio», y su regreso no pasa de estancias intermitentes. Alterna socialmente («es cierto, y eso nos ofende ahora», reconoce su biógrafo) y el régimen «utiliza la vanidad de Ortega y su soberbia para convencerlo de que le sugieren una participación activa en un proyecto de futuro». Pero sus actos públicos se limitan a la conferencia de 1946 y dos cursos en los que deslizó la necesidad de «volver a empezar». La respuesta fue el silencio público. Y las negativas de él a «las múltiples invitaciones del régimen para que vuelva de verdad, como catedrático».

CATALUNYA
Su rechazo al Estatut de 1932

Para Gracia, uno de los grandes errores de Ortega fue ponerse, en su rechazo al Estatut catalán, «en el lugar equivocado, con la extrema derecha». En el conjunto de su carrera, sostiene, Ortega «es autonomista», en un sentido «que lo acerca mucho al modelo autonómico de la democracia», con parlamentos regionales, sin excepción catalana o vasca y sin fragmentación de la soberanía.

LA VIGENCIA
Una transición orteguiana

«El significado de Ortega en el siglo XXI lo podríamos traducir -sostiene Gracia- en términos de disolución: todos somos orteguianos, lo sepamos o no lo sepamos». Esta desaparición es su legado invisible. Como referente en los años 60 y 70 -«era el pensador más moderno, el más europeísta, el más liberado de la hipoteca católica»-- y como precedente de la España de los últimos 30 años, concluye Gracia: «El proyecto de la laicidad, la idea misma de ciudadanía, son el núcleo central del proyecto de Ortega. Y es exactamente donde estamos ahora».

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