27 sep 2020

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INTERFERENCIAS

Uno de los nuestros

Josep Antoni Tàssies

Cuando Quino publicó la primera tira de Mafalda, hacía 14 años que Schulz publicaba su Charlie Brown. En ambos casos se trataba de tiras cómicas con aventuras y ocurrencias de una pandilla de críos donde cada personaje simbolizaba un arquetipo humano; un buen esquema. Pero Charlie Brown jugaba resignadamente al béisbol como quien dice en el patio de atrás de la casa de Mickey Mouse, mientras su perro Snoopy se psicoanalizaba en el tejado de su caseta. Eran símbolos lejanos para nosotros, que salíamos de una dictadura cuando conocimos a Charlie y a Mafalda.

Tal vez por eso, Charlie, y sobre todo Snoopy, hicieron más fortuna como objetos de mercadeo pijo que como tiras cómicas; mientras que Mafalda, tan latina, conectaba con una legión de lectores que, al final de los años 70, quería aprender a pensar en democracia.

Los maestros que la leían la emparentaron entonces con los personajes de las reivindicaciones pedagógicas de Francesco Tonucci, Frato, y los políticos de barrio -los progresistas, claro está- aprendían a expresarse con frases de Mafalda.

Al fin un personaje de cómic hablaba como la calle, sin mitificar el dinero ni el poder, y hacía soñar a la gente, críticamente, con un futuro que podía ser mejor.

El mundo sigue con líos y con guerras pero, por lo menos, ha esperado a que Mafalda se hiciera mayor sin acabar de reventar. En un entorno dominado por Manolitos y Susanitas, los mensajes de la niña que fue Mafalda son más vigentes si cabe. Comunicar la esperanza sin excesos de ingenuidad no era fácil y, cuando Mafalda dibujó a Quino, lo clavó: le salió uno de los nuestros.