La vigencia de un cómic universal en su 50º aniversario

Mafalda. Princesa de Asturias

El argentino Quino recuerda a su familia de origen español tras ganar el Príncipe de Asturias de Comunicación

Una muñeca de Mafalda en un banco de Buenos Aires, en la Argentina natal de Quino, su creador.

Una muñeca de Mafalda en un banco de Buenos Aires, en la Argentina natal de Quino, su creador. / EFE / DAVID FERNÁNDEZ

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ANNA ABELLA / Barcelona

Mafalda, es «inteligente, irónica, inconformista, contestataria y sensible. Sueña con un mundo más digno, justo y respetuoso con los derechos humanos» y «percibe la complejidad del mundo desde la sencillez de los ojos infantiles». A través de ella y de sus amigos -Susanita, Manolito, Felipe...- «que trascienden cualquier geografía, edad y condición social», los «lúcidos mensajes» de Joaquín Salvador Lavado, Quino Quino(Mendoza, Argentina, 1932) han adquirido una «dimensión universal» y «siguen vigentes por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento». Así valoraba al autor y a su perspicaz hija de frondoso pelo oscuro, que lleva medio siglo odiando la sopa, siendo fan de los Beatles y deseando trabajar en la ONU para ayudar a la gente, el jurado que ayer le concedió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014, dotado con 50.000 euros.

LA SOPA / Diluviaba en Buenos Aires cuando un Quino que aparcó su proverbial timidez compareció ante la prensa «muy contento» para agradecer un galardón que «no esperaba». «A los premios uno llega cansado, pero siempre te halagan. Bueno, según quién te los dé, si es Videla, no...», ironizó el autor, en referencia a la dictadura militar argentina, para la que usó la metáfora del odio a la sopa de Mafalda. «A mí sí me gusta la sopa pero no cuando te la imponen, como los regímenes militares».

«Me sorprende aún la vigencia de Mafalda, pero quizá sea porque después de tantos años la mayoría de problemas no han variado», opinó, en el 50º aniversario de su primera aparición, el 29 de septiembre de 1964, en la revista Primera Plana. Pero evocó también cómo la había dibujado un año antes para una campaña publicitaria que no vio la luz. Su nombre debía empezar con la M de la firma de electrodomésticos Mansfield. «Vi una escena de una película con una cunita y alguien decía 'qué linda la nena'. Se llamaba Mafalda».

Quino, con su «pasión por el dibujo, el cine y la música» intacta, dedicó el premio a su mujer, Alicia, que fue «clave» en la publicación y difusión de Mafalda en el mundo, y no olvidó a su familia de origen español, llegada a Argentina en 1919 y que mucho tuvo que ver en la universalidad del personaje, traducido a 30 idiomas. «Tuve suerte de tener familia andaluza, con mucho sentido del humor. Mi padre hablaba poco pero lo tenía, y mi tío era dibujante... lo llevo en la sangre. Nací en Mendoza y allí hablaba en andaluz pero en realidad era como criarse en el Mediterráneo porque el carnicero era español, el pescadero italiano, había uno de origen sirio o libanés...».

Pero el caldo familiar también fue determinate, dijo, en forjar su preocupación e interés por los problemas del mundo. «Con ocho años empecé a ir al cine y veía los noticieros de la segunda guerra mundial, con los discursos de Churchill; oíamos Radio Pekín y Radio Moscú. Mi abuela era comunista, mis padres republicanos. Tenía cuatro años cuando empezó la guerra civil y se vivió como una gran tragedia personal. Con la segunda guerra mundial crecí en medio de las discusiones políticas de mi familia y por ello me preocupan mucho los temas políticos y religiosos, porque mis padres eran anticlericales y yo, en época de Perón, era el único niño de la escuela que me pasaba la hora de Religión paseando una piedrita por el patio».

«Nací con una autocensura desde el inicio de mi carrera [en 1954] -explicó-. Con Perón sabías que ni divorcio, ni contra la familia y ni hablar de desnudos. La primera vez que se publicó Mafalda en España, en época de Franco, fue con una tira de Solo para adultos, y fue prohibida en Bolivia y en el Chile de Pinochet».

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Quino, que dejó de dibujar a Mafalda en 1973 por temor a repetirse, y que desde entonces ha publicado numerosas obras pero sin volver a atarse a un personaje fijo, porque «es una esclavitud y te quita libertad», solo le hace gracia el «humor inteligente». «No admito el humor chabacano y grosero que llena todas las televisiones, no solo las argentinas». Nadie puede dudar de su lucidez, quizá solo él mismo, que ayer confesó que hace años necesitó psicoanalizarse para quitarse una locura de la cabeza: «Me aterrorizaba mirarme al espejo y un día descubrir que quien se reflejaba no era yo».

«Quino nos enseñó a mirar el mundo con una ironía nueva, cargada de ternura y resignación -dijo de él su compatriota y colega Maitena-. Su mensaje ha sido claro: la vida es terrible. Pero la gracia infinita de sus dibujos la han hecho más soportable».