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CRÓNICA

Un fantástico cuento chino

Oriol Broggi vuelve a dar en el blanco en el Romea

JOSÉ CARLOS SORRIBES
BARCELONA

Ahora que tanto se habla, y se abusa, del concepto de marca pocos directores de escena y hombres de teatro como Oriol Broggi han sido capaces de creársela mediante una firme trayectoria con La Perla 29. La compañía deja otra enorme muestra de una manera artesanal de entender el teatro con L'orfe del clan dels Zhao, una obra abocada al éxito. Algo, sin embargo, nada matemático.

Broggi ha vuelto a dar en la diana con una tragedia ambientada en la China del siglo XIII y con formato de cuento. De nuevo ha sabido elegir un texto tan insólito como cautivador, rodearse de un equipo magnífico y cuidar como el mejor orfebre su puesta en escena. Porque L'orfe del clan dels Zhao reúne épica y tragedia, con una permanente aura poética, en una historia de venganza, destino y responsabilidad contada con sutileza. Y eso que si cayera en manos de Tarantino podría convertir a Kill Bill en un cuento de hadas por la cantidad de muertes que se relatan.

Julio Manrique, Pablo Derqui, Lluís y Marta Marco, Ernest Villegas, Borja Espinosa y el músico Joan Garriga, líder de La Troba Kung-Fú, integran un elenco infalible en el que, por ejemplo, destacan el magisterio de Lluís Marco, la absoluta verdad de Manrique y la severidad de Derqui como el malvado general Tu'an Gu. Él es, en una trama de buenos y malos, el exterminador de los Zhao, cuyo último descendiente debe proteger el médico Chen Ying (Manrique) con la complicidad del funcionario Gongsun Chujiu (Marco).

MANRIQUE, EN LA CUMBRE / Manrique holla la cumbre en un trabajo con momentos conmovedores como el llanto por el sacrificio de su hijo para salvar al huérfano. Ahí, Broggi trufa el texto de Ju Junxiang con versos del Coral romput de Estellés (Si algun dia us diguessin que han matat la Mort, / no pregunteu qui és el que ho ha fet. Serà un pare. / Serà un pare d'un fill mort) en una mixtura perfecta. Como lo son las canciones de Garriga. O las entradas de los personajes en el ring de arena de un escenario desnudo, a cuatro bandas, que es un altar de soberbia representación. El director se permite, eso sí, algunas de sus chistosas licencias, como una pelea a lo Matrix o una infantil y chirriante mímica ecuestre. Solo anécdotas de una obra en el carril de Incendis, aunque eso sean palabras mayores.