Teresa Solana, entre crisis y corrupción

La autora regresa con 'La casa de les papallones'

Teresa Solana, hace unos días en la librería Laie de Barcelona.

Teresa Solana, hace unos días en la librería Laie de Barcelona. / DANNY CAMINAL

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No comparte Teresa Solana (Barcelona, 1962) la imagen de algunas series americanas que parecen hacernos creer «que estamos rodeados de psicópatas». «No es así. Los verdaderos psicópatas llevan corbata y están en consejos de administración», ironiza la escritora barcelonesa, que tiene claro que no es lo mismo picaresca que corrupción. «La crisis aboca a la gente más modesta a no ser honesta. A no pagar el IVA de la factura del lampista o pedir que le pinten el piso en negro. Las clases populares recurren a la picaresca, a pequeñas trampas, para llegar a final de mes y eso lo aprovechan las clases dirigentes para justificar la corrupción, diciendo que ser corruptos está en nuestra naturaleza y equiparando la picaresca al mismo nivel de los que roban millones con tráfico de influencias o financiación ilegal de partidos y ocultan el dinero en paraísos fiscales. No es lo mismo aceptar trabajillos estando en paro que estar en 400 consejos de administración y evadir luego dinero a Suiza».

Con estas premisas, Solana, una de las autoras negras en catalán más sólidas, aplica el papel de crítica social que viene asumiendo la novela negra actual e imbrica «el impacto de la crisis en las clases populares» en la trama de La casa de les papallones (RBA-La Magrana), segundo título de la serie de la subinspectora de los Mossos Norma Forester.

Solana investiga hasta dónde puede llegar la gente para defender a los suyos en situaciones desesperadas y retrata «una sociedad donde la corrupción es tan generalizada que intentar cumplir con las reglas del juego resulta casi imposible».

Tras Negres tempestes, Premi Crims de Tinta 2010, Norma investiga la aparición del cadáver de una mujer en una casa okupada de Vallcarca que da título a la novela. Aparcando de nuevo la sátira de su serie de los gemelos detectives -Drecera al paradís, Un crim imperfecte-, Solana vuelve a dar relevancia a su protagonista y a su peculiar y bien avenida familia: una hija okupa, cuyo padre biológico es gay y hermano del actual marido forense de la subinspectora, con una tieta hacker y monja de clausura... «No es una familia tradicional pero no tan extraña hoy día».

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Las relaciones personales de la mossa, que le sirven para «reflejar la Barcelona contemporánea a través de distintas ópticas», adquieren protagonismo en La casa de les papallones, donde reaparece el amante ocasional que Norma ya tenía en Negres tempestes. «Ella evoluciona y se enfrenta a sus contradicciones y a las de su marido, que también se reencuentra con una vieja aventura. Se pregunta cómo compatibilizar el matrimonio con un amante, un conflicto que resuelve de forma inteligente -explica la autora-. Es una reflexión sobre las relaciones, sobre si la monogamia es la mejor opción en una sociedad que nos obliga a comportarnos con fidelidad cuando como especie no estamos programados para ser monógamos».

EL 'FEMICRIME' / Solana, cuyas novelas se han traducido a varios idiomas, haciéndose incluso un hueco en el difícil mercado anglosajón y siendo la primera española nominada al premio Edgar Allan Poe de Estados Unidos -por el relato Natura morta número 41 del volumen Set casos de sang i fetge i una historia d'amor-, no parece muy partidaria de la discutible etiqueta del femicrime, llegada del mercado anglosajón como subgénero de novela negra escrita por mujeres. Prefiere destacar que «está cambiando la percepción del policiaco como un género menor» y que ya hay «autores con más ambición literaria» que se atreven con él. «A Camilleri no solo lo lee el lector de novela negra», recuerda.

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