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Amy Adams huele a Oscar por 'La gran estafa americana'

"Explico las historias y los personajes a través del movimiento de mi cuerpo", explica la actriz más versátil de su generación

IRENE CRESPO

Lo dijo Jack Nicholson hace años: “Nunca les dejes saber quién eres realmente”. Ésa es la diferencia entre interpretar un personaje y convertirse en el personaje. No sabemos quién se lo dijo a Amy Adams (Vicenza, Italia, 1974), pero es obvio que se aprendió bien la lección, a pesar de la cantidad de portadas de revistas que protagoniza y del gran número de entrevistas que concede, sobre todo en momentos como este, cuando estrena dos de las películas que más atención mediática y premios atraen: 'La gran estafa americana' y 'Her'. En ambas, curiosamente, sus personajes tratan de ocultar su verdadero yo. 

“Ella mantiene cierto misterio a propósito”, confirmaba recientemente Phillip Seymour Hoffman, su amigo y compañero de reparto en 'La guerra de Charlie Wilson', 'La duda' y 'The master'. “Por eso nos sorprende y nos arrastra”. Cuando rueda, Adams se convierte en el personaje que está interpretando. Puede ser la increíblemente sexy y tramposa amante de 'La gran estafa americana', por la que ha ganado recientemente su primer Globo de Oro (y con muchas papeletas para el Oscar), o la amiga modosita de 'Her'. En la primera, con escotes hasta el ombligo; en la segunda, con la camisa abotonada hasta el cuello. Puede ser hasta la novia de Superman (en 'El hombre de acero'; y pronto en 'Batman vs. Superman') y nosotros, espectadores hipnotizados, nos lo creemos sin pestañear.

Salida del cuento de hadas

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que nadie en Hollywood creía que Amy Adams podría salir del cuento de hadas, de su piel de princesa, de sus personajes optimistas y luminosos con los que empezamos a conocerla: primero, la habladora y tierna Ashley de 'Junebug' (2005, su primera nominación al Oscar), y, después, por supuesto, Giselle, la princesa animada lanzada al mundo real de 'Encantada' (2007, su primera nominación a los Globos de Oro y su primer gran éxito en taquilla). Ambos trabajos hicieron que la gente se fijara en ella, en efecto; pero también que se dudara de lo que podría hacer fuera de esos registros. “La gente era escéptica”, señalaba el director David O. Russell en la presentación de 'La gran estafa americana' en Nueva York. Él vio en Adams algo más que su piel de porcelana cuando le dio el papel de la novia deslenguada de un boxeador (Mark Wahlberg) en su primera película juntos, 'The fighter'. “Decían: ¿va a interpretar a la princesa de siempre o va ir de dura con pantalones ajustados en un bar?”. Y fue la segunda opción. “David se asegura en cada película de que sus personajes sean multidimensionales –explica Adams–. Como actriz es lo mejor que te puede pasar. Siempre le agradeceré que escriba estos papeles femeninos y me dé la oportunidad de interpretarlos”. 'The fighter' le valió también su tercera nominación al Oscar. Con esos 'shorts', esos escotazos y esos grandes aros dorados. La chabacana que por su novio ma-ta-ba.

Nada parecido a Amy Adams en persona. De ahí la sorpresa de la que hablaba Seymour Hoffman. La actriz se mueve tan delicadamente como una princesa, con un estrecho vestido bicolor y un escote que envidiaría su personaje en 'La gran estafa americana'. Habla con dulzura, pero sin parar de bromear y reírse a carcajadas. Cuando está con sus compañeros de reparto les deja hablar a ellos, y les da el crédito de lo que fueron ideas suyas. Como el beso en la película entre ella y el personaje de Jennifer Lawrence después de una discusión por el hombre que comparten: Amy es la amante y Lawrence, la esposa. “Creo que fue Jennifer la que lo propuso –recuerda Adams–. A mí se me ocurrió la idea, pero fue gracias al personaje que Jennifer estaba creando. ¡Y ella lo clavó! Lo hizo de una forma tan brillante, tan cómica y dramática... Fue muy natural”.

Algo de esto sucedió


En 'La gran estafa americana', David O. Russell cuenta a su manera uno de los escándalos más sonados de finales de los 70, el Abscam (Arab Scam, fraude árabe), una operación del FBI que, con la ayuda de un timador (en el filme, Christian Bale), desarticuló una trama de sobornos y favores entre la mafia y políticos. La película empieza con un claro “algo de esto sucedió” para resaltar la ficción y exageración de pelucas, vestidos y personajes. Amy Adams interpreta a Sydney (o Edith, según quien le pregunte), la amante de Irving Rosenfeld (Bale), con quien se verá obligada a ayudar al agente federal Richie DiMaso (Bradley Cooper). Aunque, a la vez, le engañarán.

“Fue un equilibrio delicado”, añade la actriz del personaje más “oscuro” de su carrera. “Sydney es alguien a quien le gustaría ser cualquier otra persona antes de quien es en realidad”. Piensa que su trabajo como secretaria en la revista 'Cosmopolitan' no está a la altura de su estilo y escotes; hasta que conoce a Irving y empieza a fingir su acento de dama británica y se inventa una nueva identidad. “Ella está a punto de reinventarse cuando le conoce, y él le ofrece ser quien ella quería ser. A través de sus ojos se ve como alguien lista, inteligente, como una dama. Él la ama y luego la traiciona, eso no es bonito”, se ríe.

De hecho, hoy Adams se ríe de todo lo que su personaje no ríe: “Sydney no es feliz, pero es una superviviente, por eso se reinventa”. Pero en esa reinvención, en el ocultamiento de su verdadero yo, se queda atrapada entre dos hombres (Irving y el policía con rizos interpretado por Bradley Cooper) y no puede avanzar. “Está dividida entre la mentira y la verdad, no sabe si creerse la mentira que ella misma se está contando o si prefiere ir en busca de la verdad”, explica intensamente la actriz. “Fue un equilibrio muy delicado e interesante de interpretar”, vuelve a insistir. Nada que ver con ella, corre a aclarar. “Nunca he engañado a nadie, soy una mentirosa terrible, y si lo hago, tengo que contar enseguida la verdad”. Y vuelve a reírse. A carcajadas.

"Mi educación mormona"

Quizá por eso se sienta tan a gusto con los personajes luminosos que conservan un punto de optimismo y fe. “Mi educación mormona”, se defiende ella. Hija de un soldado, Adams nació en Italia porque su padre estaba allí destinado, y se fueron mudando de base en base, hasta que se instalaron en Colorado. De padres mormones y como la cuarta de siete hermanos, Adams aprendió pronto a intentar destacar. “Cantando y bailando”, ha dicho siempre, como buena fan de 'Grease' o 'A Chorus line'. Se apuntó al coro del colegio y a clases de ballet. Su sueño era ser bailarina. La elegante pose y la meticulosa forma en que prepara sus personajes son herencia de aquel pasado que tuvo que reorientar hacia el teatro musical, primero, y hacia la interpretación, después, cuando se dio cuenta de que no tenía las cualidades físicas necesarias. “Yo me formé como bailarina” –recuerda–.Así que siempre ha sido mi forma de trabajar: cuento las historias o encuentro al personaje a través del movimiento de mi cuerpo”.

Algo especialmente necesario para esta Sydney de 'La gran estafa americana', que camina por Nueva York como si fuera una pista de baile y una pasarela al mismo tiempo. “Cuando supe del personaje y vi el vestuario, me di cuenta de que iba a ser una mujer sexy y sexual, de esas que transmiten su poder a través de su sexualidad, y para las que el baile es fundamental. Cómo se mueve, cómo se siente en su cuerpo... Esos bailes parecían incontrolables”, se ríe al recordar en concreto su escena disco con Bradley Cooper. “Habrá que preguntarle quién baila mejor, si yo en esta película o Jennifer [Lawrence] en 'El lado bueno de las cosas'. ¿Eh, Bradley, quién baila mejor?”, se ríe de nuevo. “Es muy buen bailarín”, se apresura a decir. Y aunque no lo reconoce, quizá lo que le habría gustado es haber bailado más con Jennifer, con la que solo comparte la famosa escena del beso. Un enfrentamiento de actrices de esos que hacen más grande una película.

“Trabajo muy poco con mujeres y cuando me tocó con ella, pensé: ‘Esto es lo más divertido que me ha pasado en mucho tiempo’. No porque no me guste trabajar con hombres, sino por la energía que se crea entre dos actrices, la intimidad...”. ¿Y con qué actrices le gustaría trabajar? Lo ha dicho mil veces: Jessica Chastain. “Me gustaría encontrar algo donde hiciéramos de hermanas”, confesó hace poco en una revista americana. Que algún director tome nota, por favor. Las dos pelirrojas que están revolucionando Hollywood deberían tener ya varios proyectos en sus mesas para trabajar juntas.

Éxito tardío

Curiosamente, las dos, además de melena rojiza, comparten un éxito tardío. “Hoy hace 15 años que me mudé a Hollywood para ver si hacía algún anuncio”, recordó al recoger el Globo de Oro. Y tardó, pero hizo mucho más que algún anuncio. Como Chastain, después de años de audiciones, pequeños papeles en series o películas que ni llegaban a estrenarse ('Crueles intenciones 2'), Amy Adams no conoció el éxito hasta que cumplió y pasó los 30. Junebug consiguió lo que no logró su enfermera de 'Atrápame si puedes' (2002), por más que Spielberg se dedicara a promocionar a la actriz por la Meca del cine. Adams se lo tomó con humor. Como siempre. “Aprendí a que me gustaran las audiciones. No conseguía la mayoría de los papeles y eran mi única oportunidad de actuar”, bromea. Nada de esto ocurre ya: Adams consigue la mayoría de los papeles que se propone (aunque tenga que “acosar” al director, como le pasó en 'La duda') y ya no tiene que hacer tantas audiciones. No la hizo, de hecho, para 'La gran estafa americana'; O. Russell estaba deseando trabajar con ella (y quiere repetir pronto: “Espero crear un musical como ella se merece”).


Y tampoco le hizo falta para 'Her', porque ya la había hecho años antes, en 2008, para la anterior película de Spike Jonze, Donde viven los monstruos. Entonces no encajó, pero el director se quedó con ganas: “Desde que la vi en Junebug quiero trabajar con ella”. “Y yo quiero trabajar con él desde mucho antes de conocerle, su visión es única”, responde la actriz. “Y eso que no quería trabajar porque acababa de tener a mi hija [Aviana], pero le tuve que decir que sí: en 'Her' había muchas de las cosas que me estaban pasando en ese momento”. Por ejemplo, la presión de ser madre. Algo que Jonze tuvo en cuenta para el personaje de Amy Adams, una programadora de un videojuego llamado 'La madre perfecta', que se convierte en la mejor amiga de Joaquin Phoenix, un escritor de cartas de otros (que a su vez se enamora de un Sistema Operativo con la voz de Scarlett Johansson). “Es muy intenso ser madre, estás sometida a mucha presión”, explica la actriz. “Muchos de los comentarios del juego salieron de mis conversaciones con Spike”, rememora. Aunque de lo que de verdad hablaron mientras creaban esta historia de amor futurista fue de intimidad e identidad dentro de la pareja.

“Mi personaje está fingiendo ser otra persona que no es, la presión no la deja ser ella misma, siempre se está escondiendo”, explica Adams. Casi como si hablara de ella, que escondiéndose tras esa imagen de glamour a lo Rita Hayworth y haciéndonos creer que era solo una princesa, ha resultado ser la actriz más versátil de su generación.