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«Vamos a El Pardo, Andreu»

«Todos los catalanes son una mierda», profirió en 1959 el director de 'La Vanguardia' al escuchar una homilía en catalán en una iglesia de Barcelona. La frase le costó el cargo.

Francisco Franco, en El Pardo.

Francisco Franco, en El Pardo.

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El director de La Vanguardia acababa de recibir la confirmación telefónica hacía pocos minutos. No podían perder el tiempo. La cita era para última hora de la tarde, tendrían que hacer el viaje en coche. Nadie sabía nada, ni hacía falta que lo supieran. Cuando volviera, fortalecida su persona por la bendición del Caudillo, ya se lo diría. Entonces quizá no les gustaría saberlo. Cogió de la mesa un par de paquetes de Marlboro y se pusieron en marcha.

Desde que el gobernador lo había puesto al corriente del primer intento fracasado de llevar su caso a la mesa del consejo de ministros, esperaba una llamada de Franco para hablar, cara a cara. Pero esa invitación no acababa de llegar. Solo por la intercesión de la señora Carmen fue posible obtener un encuentro con el Generalísimo. No sería una audiencia pública para atemorizar a sus adversarios con tal demostración de influencia, sería una reunión discreta, una vez completada la agenda oficial de la jornada, sin comunicado de prensa, sin fotógrafo, sin testimonios. Pero sería una conversación privada con su excelencia, todo un privilegio. Más de uno daría una mano, o las dos si fuera el caso, por disfrutar de este trato de favor.

Vería a Franco a solas. Galinsoga se aferró a este triunfo inicial en aquellas horas de incertidumbre blanqueadas de esperanza. Instalado en el asiento de atrás del coche, conducido por Andreu en el más profesional de los mutis, con horas por delante, después de haber jugado un rato con los anillos de humo del cigarrillo, sacó la pluma y una libretita para comenzar a tomar notas, sin orden, a chorro. Tenía que confeccionar una síntesis satisfactoria del asunto con todas sus motivaciones y secuelas para no tener que improvisar ante la imponente presencia del Caudillo.

«Ahora ya está en manos de Franquito», escribió en la cabecera de la página en blanco, como una especie de exorcismo de los persistentes malos augurios, fundamentados, entre otros detalles adversos, en el conocimiento de una segunda carta del conde de Godó al ministro Gabriel Arias Salgado urgiendo el cese de su díscolo director. El editor hacía constar una bajada insoportable de ventas e ingresos publicitarios e insinuaba, además, un trato discriminatorio del ministerio hacia su persona y su empresa, una injusticia, decía, dada su fidelidad al régimen, y un ultraje para el honor de los catalanes mismos, que no podían soportar ni un día más la presencia del indigno periodista en la nómina de La Vanguardia.Estar en manos de Franquito no era una mala cosa, de entrada, apuntó Galinsoga en su libreta. Mejor en manos de Franco que en las de Arias Salgado o las de cualquier otro de los ministros liberales, quienes, con toda seguridad, habían llamado mil veces al responsable de Información y Propaganda pidiéndole su cabeza. Esta confiada predisposición a un destino decidido por el Generalísimo era muy propia de un africanista. Los africanistas, una categoría muy minoritaria de los españoles de bien, sabían que cuando en la Legión se decía que una cosa estaba en manos del comandante Franco era garantía de solución rápida y satisfactoria.

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Desde que se habían conocido, más aún desde el alzamiento militar, él siempre había tenido debilidad por Franco, era justo reconocerlo en aquel mal paso de su vida. Y la verdad, nunca había obtenido respuesta a sus expectativas, un poco superiores a la dirección de La Vanguardia, todo sea dicho, ateniendo a sus méritos. En los primeros pasos de la nueva España, había suspirado por ser ministro, sin éxito, como era evidente. «¿Por qué ahora tendría que ser diferente? Me decepcionará, como siempre», se decía por momentos, pero a continuación un razonamiento positivo contraatacaba: «Pero, ¿por qué me tendría que dejar tirar a los pies de mis enemigos, que son los suyos; quizá no lo he hecho siempre todo en defensa de su régimen?».El coche se comía los kilómetros a una velocidad de crucero de 100 por hora, mientras su estado de ánimo sufría los descalabros propios de una montaña rusa. Se interrogó sinceramente: «¿Cuánto hacía de la última conversación con el centinela de Occidente? ¿Meses? No, años, y fue por una nimiedad». Entonces, ¿qué podía esperar de bueno de una entrevista arañada por su benefactora ante las largas dadas por la secretaria particular del Generalísimo a sus peticiones?

En diferentes fases de su viaje interior le parecía perder el control de aquella maraña de sensaciones. Para poner orden, escribió en la libreta dos frases, posteriormente subrayadas: «A mi favor» y «En mi contra». Bajo el primer encabezamiento anotó: «Nos conocemos desde la guerra de Marruecos, somos camaradas de guerra. He glosado su figura como ninguno lo ha hecho en El centinela de Occidente. Lo he elogiado como salvador de Occidente y de toda la cristiandad, he descrito la Guerra Civil como una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana ganada por su genio militar y su condición de enviado de Dios. He cumplido con la misión encomendada en confiarme la dirección de La Vanguardia, frenando la deriva joanista del conde hasta que ha sido conveniente. He puesto siempre los principios fundamentales del Movimiento por delante en la línea editorial del diario, hasta el punto de considerar malnacidos a aquellos que no se identificaban con la doctrina de la Cruzada».Bajo el segundo encabezamiento solo apuntó una sola entrada, pero de una sinceridad impecable: «Soy una molestia para aquellos que quieren traicionar el espíritu del Movimiento, especialmente en Catalunya».Puesto todo esto negro sobre blanco, hizo un último intento de comprender el lío de sus palabras de aquel día de san Luis en misa de nueve. Qué motivo había para pedir sus cese, ¿acaso había dicho algo no proclamado antes? «Yo soy quien escribió Delenda est Catalonia», se vanaglorió silenciosamente: acto seguido sacó pecho, metafóricamente hablando, en recordar los elogios recibidos del mismo Franco para su posición intransigente con el separatismo. «Catalunya es un pueblo vencido y como tal hay que tratarlo», recitó de memoria una de las frases más celebradas de su ensayo para darse la razón en la intimidad del asiento de atrás del Seat 1400. «¿Hay que tratarlo así, aún? ¿o solo fue necesario en el pasado?», se planteó de repente, poniendo en duda la validez de las antiguas convicciones literarias para enfocar un futuro que quizá ya no contaría con las viejas glorias como él, ni pediría las intolerancia de la posguerra. Llegados a esta encrucijada estratégica, le vino a la memoria una sentencia demoledora: «Las prioridades tácticas del juego de la política son volátiles». Su experiencia era suficientemente extensa en el guiñol del poder, quizá hasta se podía ampliar pronto. ¿No lo había vivido en su juventud, cuando tuvo que soportar las acusaciones de maurista filibustero por haber apoyado el regionalismo catalán en un movimiento oportunista de su jefe de filas que nunca entendió? O no había aprendido nada de nada de la claudicación de los intereses germanófilos de un día para otro ante el éxito de los aliados? (...)