Figura capital de las letras latinoamericanas

Muere Juan Gelman, poeta contra el olvido

El autor argentino, Premio Cervantes, fallece en México, a los 83 años, víctima de una afección medular

Juan Gelman ante su caricatura en Casa Amèrica (2011).

Juan Gelman ante su caricatura en Casa Amèrica (2011). / CASA AMÈRICA CATALUNYA

2
Se lee en minutos
ELENA HEVIA
BARCELONA

Tenía un aire perpetuamente triste como de cantante de tangos. Había motivos. En el retrato apresurado del poeta argentino Juan Gelman, fallecido el pasado martes a los 83 años en México D. F., ciudad a la que le llevó el exilio en 1976, convergen su melancólica sangre eslava y el peso de una tragedia personal vinculada a la infamia de la dictadura. La junta militar le arrebató a su hijo, al que finalmente logró enterrar una década después de su asesinato. No así a su desaparecida nuera, embarazada de una niña, hoy Macarena, que los militares dieron en adopción y que gracias a su tesón encontró por fin en Montevideo.

Una enfermedad medular, el síndrome de mielodisplasia, ha acabado con la vida de un autor que hizo de su poesía un arma contra el olvido y la impunidad, pero no únicamente eso. Argentina llora a su más grande poeta y el Gobierno de Cristina Fernández Kirchner ha decretado tres días de luto. ¿Qué diría Gelman? Posiblemente lo que espetó a este diario hace tres años cuando se le comentó que, desaparecido Sabato, era él la gran gloria de las letras de su país: «No me lo creo ni vestido de mona». Así era, tajante, escéptico, socarrón, autoirónico.

PIBE TAQUITO / Gelman fue el tercer hijo -pero el primero nacido en Argentina- de un matrimonio de judíos ucranianos que se conocieron en Moscú entre los fragores de la revolución de 1917. A los 7 años, el Pibe Taquito como se le conocía en el barrio, ya contaba endecasílabos con los dedos. En la adolescencia, la lectura de Dostoievski le produjo tal impacto que le dio fiebre. «Me enseñó  la piedad frente al horror».

Iba para químico pero el desinterés frente a los neutrones y los protones le llevó a ganarse la vida como periodista. Lo fue hasta el final y se mostraba orgulloso por ello.

En 1956, apareció su primer poemario, Violín y otras cuestiones, donde ya palpitaban sus preocupaciones políticas, su militancia comunista que después devendría montonera. Gotán (1962) -tango al revés-, Cólera Buey (1965) y Los poemas de Sydney West (1969) abrieron las puertas a un estilo capaz de unir las formas más populares con la poesía de los grandes místicos españoles. Eso y su inventiva para construir palabras nuevas -gelmanear, por ejemplo, es mostrar ternura y mordacidad a partes iguales-, su personal marca de la casa.

Noticias relacionadas

Siempre supeditó el carácter político de su poesía a los intereses de la misma poesía. «¿En qué medida un tema de esta naturaleza permite que uno lo exprese? -se interrogaba-. Si no existe esa exigencia la poesía no vale nada, es puro panfleto». Hace seis años, en el discurso que pronunció en ocasión de recibir el Premio Cervantes, acompañado de su nieta Macarena, volvió a preguntarse con Hölderlin ¿para qué los poetas?: « ¿Qué hubiera dicho [el poeta alemán] hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte».

El pasado agosto presentó en Buenos Aires Hoy, su último poemario (que pronto editara aquí Visor), 288 prosas poéticas en las que sobrevoló el recuerdo de su hijo Marcelo.  «Olvidar no calma el dolor, eso es imposible».