01 abr 2020

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Daniel Sánchez Arévalo: «Yo podría haber acabado siendo una especie de Bárcenas»

JUAN FERNÁNDEZ

A despecho del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, y sus insinuaciones de falta de calidad en el cine español, el mundo del celuloide ha reivindicado esta semana su talento y ha hecho sus apuestas. Las 11 nominaciones para los premios Goya reunidas por La gran familia española señalan a su director, Daniel Sánchez Arévalo, como el nuevo geniecillo de la filmografía nacional. A otra cosa quizá, pero a honestidad y transparencia le ganan pocos.

-Confiese: se lo esperaba.

-Confieso que el día de las nominaciones me desperté con un nudo en el estómago y fui contando las horas que faltaban para que se supiera el veredicto. Sí, tenía esperanzas, pero mi quiniela era más modesta. Me preocupaba que se valorara el trabajo de los actores y las facetas artísticas, el montaje, el guion, la música... La nominación a mejor película y director era una posibilidad, pero las votaciones son muy caprichosas, prefería no pensar en ello.

-¿Esta es su película más redonda?

-Sí, pero no sé si la mejor. Con el paso de los años siento que voy cogiendo oficio y resuelvo mejor mi obsesión por mezclar el drama y la comedia, que es de lo que va mi cine. Pero no me atrevería a decir que esta es mi mejor película. Eso va a gustos.

-¿Qué dice el público?

-Tengo la suerte de que mis cuatro películas han ido siempre a más en asistencia de público. Primos, que fue la última, la vieron 600.000 personas. Esta lleva medio millón, pero espero que ahora, que se ha reestrenado en 110 salas tras las nominaciones, la cifra aumente. Con la deserción de espectadores que hay hoy en los cines, no me puedo quejar.

-Cuando pensó en el título de la película, ¿valoró los riesgos comerciales de la palabra española?

-Sí, y he pagado un precio por ello. En Catalunya hemos recaudado menos de lo previsto, en comparación con el resto de España, y sé que se debe al rechazo que ha generado esa palabra. Esperaba que se entendiera el sentido irónico del título, pero no ha sido así. De cara al reestreno, lo aclaro: «Querido público de Catalunya, ¡lo de gran familia española es una ironía!».

-¿Y qué opinión tiene sobre este asunto?

-Por naturaleza soy muy tolerante y estoy a favor de que la gente haga lo que quiera. Si una comunidad siente la necesidad de decidir su futuro, me parece bien. Lo deseable sería que todos entendiéramos la postura del otro. Si alguien quiere independizarse, habrá que ver por qué y tratar de buscar un punto en común. Y si no lo encontramos, pues que se independice. Pero retener a alguien por cojones o porque está en la Constitución, no va a ningún lado. A lo mejor habría que reformar esa Constitución. No sé, lo mismo preguntamos a la gente y resulta que no desea la independencia tanto como parece.

-Volvamos al cine. Las salas han anunciado que bajarán los precios los miércoles para atraer público. ¿Qué le parece?

-Necesario. La fiesta del cine del año pasado demostró que la gente sigue teniendo ganas de ir a las salas. El problema es que es caro, y más en estos tiempos. Entiendo que cada gremio tiene sus motivos, pero los distribuidores y los exhibidores deben reflexionar y comprender que no se pueden pedir nueve euros por una entrada.

-¿Qué precio le pondría usted?

-Una entrada de cine de debería valer entre cinco y seis euros. Me pregunto por qué no le aplican un precio flexible. En el teatro nadie discute el pagar 60 euros por ver un gran musical y 12, por una función modesta. Si mi película ha costado tres millones de euros y el Hobbit 100, ¿por qué no cobramos la entrada de La gran familia española a seis euros, y la del Hobbit, a 10? Más vale una sala llena con menores precios, que otra vacía y muy cara.

-Entonces ¿no coincide con el ministro Montoro cuando dice que el problema de la fuga de público no es la subida del IVA sino la calidad de las películas españolas?

-Lo del IVA fue criminal. Lo peor es el efecto psicológico que generó. Parte de aquella subida la asumieron los exhibidores, pero el mensaje que quedó fue: las entradas se han disparado un 21%, ir al cine es carísimo. Lo peligroso es que se están cargando este hábito social. La gente queda a tomar algo y ya no valora la opción de entrar a una sala. Tengo amigos que solo van al cine una o dos veces al año. ¡Y lo ven normal! Pero que no me hablen de calidad. Las películas eran igual de buenas los días que hicieron la fiesta del cine y las salas se llenaron.

-Si a esto añadimos la posibilidad de hacer clic y verlas en casa gratis, la cosa se complica. ¿Cuándo vio por última vez una película descargada de internet?

-Ilegalmente, nunca he visto una película descargada de internet. Legalmente, muchas veces.

-Ayer conté 54 copias de su última cinta en una web ilegal de descargas. Todas eran pantallazos grabados de mala manera en salas de cine. Pero cuando salga la película en DVD, esas webs se llenarán de copias en alta calidad. ¿Cómo se lucha contra esto?

-Con concienciación. Yo no me atrevo a decirle a nadie que no lo haga, solo pido que tenga presente que esa acción se puede cargar todo el cine. Luego, si su conciencia le dice: «Que le den por culo al cine», y se la descarga, por mí bien, pero que sepa las consecuencias. Yo estoy comprometido con este oficio y nunca he visto una película ilegal, pero reconozco que sí me he descargado canciones y series de televisión. No soy un santo, yo he ido a sitios y he mangado. Y todo esto es lo mismo: mangar.

-Con la querencia que tiene por contar historias, ¿puede saberse qué le animó a estudiar Empresariales?

-Era un chaval muy despistado intentando encontrar su lugar en el mundo y una salida laboral. Hice ciencias en el instituto, iba para médico, veterinario o matemático, y al final me decidí por Empresariales porque pensé que ofrecía más salidas. Luego vi que no tenía nada que ver conmigo, pero como soy muy aplicado terminé la carrera con notable de media.

-¿Cuándo tuvo lugar el volantazo en su vida?

-En el último curso de la universidad. Me aburría tanto en las clases que empecé a escribir relatos. Ese verano, mi hermano me pilló un día escribiendo y me preguntó: «¿Por qué no escribes algo que te dé de comer?». Me sugirió que escribiera guiones, pero mi único contacto con ese mundo era mi afición a la serie Farmacia de Guardia. Él trabajaba en Antena 3 y un día se coló en el plató de la serie, robó un guion que había tirado en el suelo y me lo trajo a casa. Fue así como aprendí. Cuando me enteré de lo que pagaban, me dije: «Ya tengo profesión, paso de estar en un banco 12 horas; prefiero estar en casa en chándal escribiendo historias para la tele». Hice un guion, se lo mandé a Antonio Mercero y me animó a seguir. Hasta que entré en la serie.

-Se perdió un gestor empresarial y se ganó a un cineasta.

-Yo podría haber acabado siendo una especie de Bárcenas. Llevo la picaresca en las venas. Por eso me cuesta condenar a los que piratean. Si ahí delante hay una caja con mucho dinero y veo que nadie se da cuenta, es probable que empiece a pensar cómo llevármelo sin levantar la liebre. Yo le he robado a mi madre en el monedero, así que si hubiera acabado en un banco habría intentado arañar algo. Mejor que me dedique a esto, porque ahora solo robo historias. Vigile lo que me cuenta, porque puede encontrárselo en mi próxima película.

-Avisado. Usted suele hablar abiertamente de sus fobias y crisis personales. Le dedicó un premio a su psiquiatra. ¿Todo esto lo hace por terapia?

-Fui un chaval muy angustiado. A los 15 años no me atrevía a decirles a los amigos que iba al psicólogo porque temía que pensaran que estaba loco. Luego aprendí a que comerte las cosas solo sirve para que hagan bola en tu interior, y descubrí que ese proceso lo desarmo si lo cuento. Después de 16 años de psicoanálisis, he logrado canalizarlo. Aún hoy, con cualquier cosa puedo montarme en mi interior una gran película de terror. Por suerte, ahora las películas suelo hacerlas en el cine, pero la pelea interna continúa, los monstruos me siguen mirando.

-Con 10 años le dio una crisis de ansiedad viendo El hombre que mató al Liberty Valance. ¿Cómo afronta la idea de subir a recoger un Goya?

-Siempre que estoy en público pienso: «Me voy a desmayar, me voy a desmayar». No se ría, lo paso muy mal. Así que si algún día me dan un premio y solo digo «gracias» y salgo corriendo, no es descortesía, es que estoy convencido de que me va a dar un ictus de un momento a otro.