Figura decisiva de la vida intelectual

Mestre Castellet

Muere el editor y crítico que supo insuflar modernidad a las culturas catalana y castellana

Josep Maria Castellet, en la presentación de la nueva edición de ’Josep Pla o la raó narrativa’.

Josep Maria Castellet, en la presentación de la nueva edición de ’Josep Pla o la raó narrativa’. / JONATHAN GREVSEN

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EL PERIÓDICO
BARCELONA

Ha mantenido el tipo -era un hombre de altura en muchos conceptos- y la asombrosa cabeza hasta hace bien poco. El verano le pasó factura e hizo que Josep Maria Castellet, crítico, editor -en especial de Edicions 62-, memorialista y, sobre todo mestre, figura clave en la vida cultural catalana y española de los últimos 60 años, entrara y saliera varias veces del hospital hasta ayer. Castellet, cuarto y último jinete en la famosa foto en la que Oriol Maspons captó también a José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, o lo que es lo mismo, la Escuela de Barcelona, ha fallecido a los 87 años. En esa foto es el más alto de todos pero se mantiene sentado, casi encogido, quizá para que su imponente figura no desentone frente a la de los demás. Y sin embargo, podía haber sacado mucho más pecho pues fue su ojo certero como crítico el que ayudó a colocar a sus compañeros en la historia de la literatura.

Su situación en la instantánea es también una metáfora de su trabajo que a él coquetamente le gustaba relativizar en las entrevistas. En su último libro Memòries confidencials d'un editor citaba y se identificaba con Diana Athill, una de sus editoras admiradas: «He hecho muy poco para ganarme la fama de gran editora, salvo el trabajo rutinario de ser agradable con las personas interesantes». Pura cortina de humo. Por supuesto que sus cualidades sociales y sus sonrisas desarmantes le fueron valiosas pero de nada le hubieran servido sin su habilidad para interpretar el mundo y su gusto literario.

CRÍTICO DE REFERENCIA / Niño bien de familia católica, el estallido de la guerra civil le pilló en Viladrau, donde quedó marcado por la destrucción de las imágenes de la iglesia local. «Contemplar aquello me hizo desconfiar de casi todo», decía. Recién salido de la universidad -estudió Filosofía y Letras y Derecho- y después de superar una tuberculosis se dio a conocer en el mundillo barcelonés como el crítico de referencia gracias a su estilo moderno y contundente inspirado en los nuevos pensadores franceses. En 1957 publicó La hora del lector, uno de los ensayos más influyentes entre los nuevos narradores en el que aludía al compromiso intrínseco del texto en una España privada de libertades. Lo publicó en el Seix Barral de su amigo Carlos Barral, donde aprendió el oficio de editor junto a Gabriel Ferrater en el comité de lectura.

El mismo efecto renovador e internacional se trasladó a la poesía y cristalizó en el homenaje a Antonio Machado en Colliure (1959) y los encuentros poéticos de Formentor, en Mallorca. El acta de aquellos vientos de cambio fue Veinte años de poesía española, que levantó no poca polvareda al dejar al margen a Juan Ramón Jiménez y poner en primera fila a los entonces más oscuros Ángel González y Claudio Rodríguez. Fijados los valores consolidados solo quedaba señalar a aquellos que marcarían el futuro.

En 1970 aparece Nueve novísimos poetas españoles, posiblemente su libro más conocido y una excelente estrategia editorial que puso el foco sobre poetas emergentes algo más maduros, los seniors, como Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Martínez Sarrión y José María Álvarez y los más jóvenes o coqueluche, entre los que se contaban Félix de Azúa, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Guillermo Carnero, Ana María Moix y Leopoldo María Panero.

El trabajo hecho en castellano tuvo su correlato en catalán con Poesia catalana del segle XX, escrita junto con Joaquim Molas. Desde 1964, dos años después de su fundación, Castellet encabezó durante tres décadas la emblemática Edicions 62, que abriría su catálogo a los grandes nombres de las letras internacionales como Bellow, Faulkner, Pavese Nabokov, Roth o Salinger y consolidaría valores locales como Cabré, Pedrolo, Perucho, Porcel y Rodoreda.

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Estuvo en el centro de todas las  batallas editoriales y literarias, siempre con elegancia y su característica ironía, aunque él siempre se lamentaba de que en otras latitudes y otras circunstancias su legado sería hoy mucho más importante. Fue el primer presidente de la Associació d'Escriptors en Llengua Catalana y decano de la Institució de les Lletres Catalanes entre los años 2006 y 2010, pero eso no mermó su capacidad para establecer puentes entre las culturas catalana y castellana. Aunque cuando en el 2010 le premiaron precisamente por ello con un Nacional de las Letras manifestó con tristeza que aquellas relaciones eran ya «inexistentes». También interpretó con generosidad y un espíritu abierto las figuras de Pla y Espriu en sendos ensayos.

RETRATOS / A finales de los 80, Castellet se reinventó como memorialista y llegó a un público más amplio. «Me dediqué a hacer estos retratos sencillamente porque no tengo la menor imaginación y no sería capaz de inventar nada. Por eso escribo sobre lo que he vivido». Aparece entonces Els escenaris de la memòria, una reunión de momentos decisivos de algunos de los escritores a los que consideraba sus maestros. En él destaca el retrato que hizo de Mercé Rodoreda en su retiro ginebrino que precisamente acaba de propiciar un telefilme dirigido por Ventura Pons, estrenado la pasada semana. En el 2009 abordó en Seductors, il·lustrats i visionaris, retratos más cercanos como Manuel Sacristán, Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Joan Fuster, Alfons Comín y Terenci Moix conmovían porque Castellet se erigía en superviviente de una nómina de amigos totalmente desaparecida. Aún le dio tiempo a recuperar un viejo texto, Memòries confidencials d'un editor, acompañado de sus recuerdos sobre Espriu, Porcel y Monserrat Roig.