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UN CLÁSICO DEL SIGLO XX A CABALLO ENTRE EL CUENTO DE HADAS Y LA PARÁBOLA PARA ADULTOS

El refugio de 'El principito'

Un libro con textos, testimonios y dibujos inéditos analiza los orígenes del popular cuento de Saint-Exupéry

Este 2014 se recordará el 70º aniversario de la muerte del autor

Anna Abella

Ejemplar dedicado a su amiga la actriz Annabella en 1943.

Ejemplar dedicado a su amiga la actriz Annabella en 1943. / SAINT-EXUPÉRY / SALAMANDRA

Antoine de Saint-Exupéry se sentía mal por estar, en 1942, alejado de su Francia natal, ocupada por los nazis -«Mi primer fallo es vivir en Nueva York cuando los míos están en la guerra y mueren»- y halló refugio en un pequeño compañero de exilio, su principito. «Ese pequeño personaje se había instalado en la vida del escritor, apareciendo en los márgenes de sus manuscritos y cartas, aunque con un aspecto todavía indefinido, algunas veces dotado de alas, sobrevolando la tierra, en cuclillas en una nube, o mirando a lo lejos desde la cima de una colina verde. Se instaló entre la soledad del viejo piloto y la del poeta exiliado». Surgió de la necesitad del autor de tener «un álter ego fiel a la verdad de las relaciones humanas» en aquellos años oscuros de la segunda guerra mundial y de «transmitir a sus contemporáneos un relato de conversión, un mito refundador». Así lo explica Alban Cerisier en La historia completa de El Principito (Salamandra), un bello volumen que ha conmemorado en el 2013 los 70 años de la primera edición (de 1943) y que este 2014 recordará los 70 de la muerte de su autor, desaparecido en julio de 1944 cerca de Marsella, durante un vuelo de reconocimiento para los aliados.

Capítulo nunca publicado

Alban Cerisier y Delphine Lacroix, además de firmar varios textos, han recopilado en este libro -junto al relato y las acuarelas originales- fotos, textos y testimonios (de la época y actuales) y dibujos y cartas del escritor francés, que se adentran en la historia de la obra más traducida del siglo XX (a más de 250 lenguas). Muchos son inéditos, como un capítulo que Saint-Exupéry no incluyó y cuyo manuscrito de dos páginas se subastó en París en el 2012. En él, el principito visita un planeta muy grande donde vive únicamente un crucigramista que está «muy ocupado» buscando una palabra de 6 letras que empieza por G: «Gargarismo».

Cuento de hadas para niños o parábola para adultos -«¿Es un relato, una novela breve, un poema en prosa, una novela ilustrada para niños, una obra filosófica, de psicología o de política? Es todo esto y ninguna de estas cosas. Es, sencillamente, El Principito», opina el autor inglés Michael Morpurgo-, Cerisier y Lacroix siguen la pista de los orígenes de la historia. Recordando el inicio del libro, donde un aviador ha tenido una avería en el Sáhara y se ve sorprendido por una «extraña vocecita» que le pide que le dibuje un cordero, el germen biográfico hay que buscarlo en el accidente de avión que el propio Saint-Exupéry sufrió en 1935 en el desierto de Libia, donde vagó perdido entre las dunas y sufrió alucinaciones por la sed hasta que un nómada lo encontró. Allí, según Olivier Odaert, ya aparece «el diálogo interior entre la racionalidad adulta y la imaginación infantil, entre el aviador y el niño eterno».

Pero las primeras semillas se remontan ya a su infancia. El autor, que no sabía inglés, se sentía durante la guerra muy perdido en un Nueva York que sin embargo le trató como a un héroe (hizo cinco vuelos de ida y vuelta entre los dos continentes), que aclamaba sus obras (Tierra de hombre ganó el National Book Award y Clark Gable protagonizó la versión cinematográfica de Vuelo nocturno) y valoraba su compromiso contra la barbarie nazi (que proclamó en Piloto de guerra y llevó a la práctica al lograr que, con 43 años, le reclutaran para misiones aéreas en África y Europa). Pero en Estados Unidos también sufrió el rechazo de De Gaulle y los ataques y calumnias de exiliados franceses, que le acusaron de colaborar con el Gobierno de Vichy. Así que, durante el verano y otoño de 1942, armado con sus propias acuarelas, que compró en la Octava Avenida, Saint-Exupéry recuperó al niño que llevaba en su interior, apelando a sus lectores, grandes y pequeños, a que hicieran lo propio, y creó un libro muy personal y singular que fue para él una «evasión» hacia su niñez. «Un álter ego infantil volvió de alguna manera a visitar al aviador expuesto a los peligros, a la penas del desierto, a la sed, a la angustia y la soledad de las arenas donde acechan serpientes amarillas», explica su hermana mayor, Simone.

Otro de los factores que desasosegaban a Saint-Exupéry, muy dado a los flirteos, era su inestable vida sentimental. En Nueva York estaba también su esposa, Consuelo Suncín, pero vivían separados. De 1943 y 1944 son sus Cartas a una desconocida, una mujer de la que estaba prendado y en las que él mismo se dibujaba como su personaje, con bufanda, y le hacía hablar en su lugar. Sin embargo, según Lacroix, a través del cuento, donde su mujer se siente la rosa de cuatro espinas que cuida el principito en su planeta, «la pareja reconcilió su complicada vida».

Saint-Exupéry se volcó en la obra. El novelista André Maurois recuerda cómo después de cenar jugaba al ajedrez, hacía misteriosas torres de cartas y les sorprendía con sus dotes de mago y poeta y cómo, a medianoche, ya en su despacho, escribía y dibujaba hasta las 7 de la mañana, despertándoles a menudo en plena noche para enseñarles un dibujo o leerles una página. Cuidó el resultado final hasta el último detalle, como el color, o no, de los dibujos, su emplazamiento y tamaño, y finalmente El Principito se publicó en Estados Unidos en 1943 en dos ediciones, una traducida al inglés y otra en la versión original francesa, que no pudo editarse en Francia hasta después de la guerra, en 1946, dos años después de la muerte del autor.

Y, sobre, la muerte, cuando su presencia en este «libro para niños» fue cuestionada por sus editores él les respondió: «Los niños aceptan todo lo que es natural. Y la muerte es natural. Ningún niño se sentirá trastornado por la partida del principito». Sin embargo, a él sí le trastornó. En pleno proceso de escritura, llamó en plena noche al periodista Pierre Lazareff para leerle el final y se puso a llorar mientras lo hacía. «Como si presintiera que su propio fin se parecería al del principito».

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