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Carmen Amaya

Más allá de la leyenda

Núria Martorell

Ole, ole y ole. Por el rigor. Por bucear en la verdad y no perderse en la leyenda. Por ordenar por primera vez toda su filmografía y discografía. Por conseguir que vean la luz tantísimas fotos (la gran mayoría inéditas), y datarlas absolutamente todas. Por contar con Juan Marsé para el prólogo. Y por corregir graves errores de raíz, como la misma fecha de nacimiento. Porque no, no se cumple el centenario de Carmen Amaya. La Capitana se merecía esto. Y mucho más.

Montse Madridejos (una ingeniera informática doctora en Historia de la Música) y David Pérez Merinero (un matemático que trabaja de funcionario y es especialista en cine español) acaban de publicar 'Carmen Amaya' (Edicions Bellaterra).

Un libro con información precisa y mucho material gráfico que abarca también recortes de prensa, portadas de revistas y carteles de sus actuaciones por todo el mundo, como uno muy impactante en el que se le ve compartiendo programación con Thelonius Monk, John Coltrane y Sabicas, entre otros, en el Village Gate de Nueva York. También hay contratos que firmó. E incluso uno que no pudo hacerlo (por su temprana muerte, con solo 45 años), y que suponía una nueva actuación en este mismo escenario neoyorquino.

Incansables rastreadores

La obra cuenta, a su vez, con documentos clave que corroboran que la irrepetible artista no nació en 1913. En todo caso, se aproximan mucho más las fechas de 1917 o 1918. Estos dos incansables rastreadores dieron con un padrón de diciembre de 1930 que sitúa a la familia Amaya en la barraca número 48 de las playas del Somorrostro, y que reza lo siguiente: "Carmen Amalla Amalla, hija de José Amalla Amalla, tocador de guitarra, no sabe leer y tiene 12 años".

¿Y no les molesta que las instituciones y los comisarios del Any Carmen Amaya insistan en que sí, que se celebra su centenario? "Sabemos que a las instituciones lo que les interesa es salir en la foto y cortar cintas  -contesta Montse Madridejos-Este libro se ha hecho con mucha energía positiva, siempre a favor de dar a conocer el personaje de Carmen Amaya lo máximo y lo mejor posible. Y como diría Van Gaal: siempre positifo, nunca negatifo".

La exposición que no se hizo

De hecho, este maravilloso libro es fruto de una frustración con una institución. El Ayuntamiento de Begur (Girona), donde murió Carmen Amaya el 19 de noviembre de 1963, les avisó solo un mes antes de que la exposición que estaban preparando en torno a la artista no se llevaría a cabo "por falta de dinero". Parte de ese material recopilado con tanto celo es el que ahora nutre este ejemplar.

Muchas de las instantáneas proceden de "los baúles que conserva Sunchi Echegaray, la viuda del que fue el marido de Carmen Amaya, Juan Antonio Agüero". Un guitarrista payo que Carmen conoció en París y del que se enamoró perdidamente. Pero también hay del Arxiu Nacional de Catalunya, de la Biblioteca Nacional de España, así como fotogramas de filmes.

Fotos de cuando era muy niña, cuando con su padre, El Chino, actuaba por los tablaos de Barcelona a finales de los años 20. Fotos con celebrities de distinta calaña. Fotos de cuando fue escogida Miss Morena junto a Maruja Villasanta, Miss Rubia, en un concurso organizado por la revista madrileña 'Mundo Gráfico' en 1935. Por cierto, es la imagen en la que más se demuestra que su nariz de joven nada tenía que ver con la que lució luego. ¿Cuándo se operó? "¡Qué perspicaz! Pues debió de hacerlo en alguno de sus viajes a Hollywood, pero no está documentado", explica Madridejos. Y ningún dato que no esté contrastado aparece en su libro.

El "sublime" prólogo de Juan Marsé

Para los autores, que Juan Marsé, "Premio Cervantes y un hombre que escribe tan bien", firme el prólogo de Carmen Amaya "es un honor, un orgullo". "Este mismo párrafo es sublime": "Sobre aquella oscura arena enterrada en los sótanos de la memoria de hace noventa años, en el fantasmal laberinto de barracas ya entonces condenadas a la miseria y el olvido, la niña gitana es un garabato de fuego que todavía baila".

Marsé recoge anécdotas como la de su llegada a Argentina, cuando los periodistas gritaron "Amaya" y se giraron 25 personas, la compañía al completo. Explica que el presidente Roosevelt la invitó a bailar y le envió su avión privado. Que en el Carnegie Hall de Nueva York le aplaudieron Charles Chaplin, Winston Churchill, Arturo Toscanini, Fred Astaire, Orson Welles y Marlon Brando. Que el general McArthur la nombró Capitana Honorífica de la Marina Americana. Y que tenía riñones de niña y que bailar le salvó de una todavía más prematura muerte. Esto es lo que escribe Marsé: "Bailando sus riñones eliminaban toxinas. 'Si no puedo bailar me muero', decía con razón".

Madridejos y Pérez Merinero explican en la biografía de Amaya que era conocida como la famosa bailarina gitana que cobraba 2.000 dólares a la semana. Y reproducen una entrevista que apareció en 1946 en un periódico norteamericano, firmada por Jeanne Francis Fetter, mujer de Rómulo Negrín, hijo de Juan Negrín (último presidente de la segunda república española).

-¿Se plantea volver a España?

-No… Tengo miedo…

-¿Miedo de Franco?

-No. Una gitana sola puede manejarse con Franco. Tengo miedo a los pavos…

-¿Qué pavos?

-Los diez pavos. Es todo lo que pagan en España a una bailarina.

"En aquella época, era la mejor pagada, la más reconocida, pero el flamenco era más popular que ahora, que es un arte para minorías", se lamenta Madridejos. A pesar de todo, volvió a España tras la muerte de su padre. Regresó en el 47. Consagrada mundialmente. "Seguramente, fue más reconocida en Argentina, Estados Unidos, Francia o Inglaterra que aquí. Solo hay que comparar el eco que le daba la prensa...".

Reivindicar con este mimo a Carmen Amaya es un acto no solo de cariño y admiración, sino también de justicia. La Barcelona olímpica que ahora se baña en las playas del antiguo Somorrostro no debe olvidar nunca a esta catalana irrepetible.

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