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LA NOVELA GALARDONADA SE TITULA 'MUERTE SÚBITA'

Un partido de tenis entre Quevedo y Caravaggio

Álvaro Enrigue obtiene el Herralde con un viaje al origen del deporte

ERNEST ALÓS / Barcelona

Entrega del premio Herralde de novela al escritor mejicano Álvaro Enrigue en el hotel Condes de Barcelona. / Ricard Cugat

Michelangelo Merisi, Caravaggio, al parecer mató a Ranuccio Tomassoni tras una pelea que empezó a raquetazos, en un disputado partido del juego de la pelota, y acabó a cuchillo. A su vez, aunque no conste que se dedicara a esta versión arcaica del tenis, se dice de Francisco de Quevedo que alguno de sus duelos acabó con la muerte de su adversario. Así que, méritos artísticos aparte, un duelo entre Caravaggio y Quevedo, a tres sets, dejaría en ridículo incluso al más intenso de los Connors-McEnroe. Durante esa hipotética partida, que el autor sitúa en 1599 en la plaza Navona de Roma, se desarrolla Muerte súbita, con la que Álvaro Enrigue (México, 1969) ha ganado el Premio Herralde de Novela, convocado por Anagrama, que ayer se hizo público en Barcelona y llegará dentro de dos semanas a las librerías.

CARA A CARA / El duelo entre pintor y escritor pone cara a cara a dos visiones de la edad moderna, explicaba ayer Enrigue: la de Caravaggio, abiertamente homosexual, turbulento, «un artista con una idea muy moderna de la celebridad, más parecida a la de Andy Warhol que a la de Miguel Ángel», y la de Quevedo, «muy conservador, defensor del catolicismo y el imperio, un producto acabadísimo de la contrarreforma».

Pero aunque la novela transcurrre durante el día en que ambos cruzan raquetazos, los hechos relatados en Muerte súbita van de inicios del siglo XVI hasta la actualidad. En concreto, arranca con el verdugo que tras decapitar a la pelirroja Ana Bolena recibe como pago sus trenzas, que podrá utilizar para fabricar una pelota de tenis que venderá a buen precio al rey de Francia.

Que las pelotas de primera calidad del conocido como juego de mano o de pelota fuesen fabricadas con pelo humano, que la primera vez que la palabra tenis (en latín, y escrita tenys) aparezca en 1451 en un documento en que se decreta la excomunión contra quienes lo practican y que en su versión clerical la jugasen un equipo de demonios contra uno de ángeles, con la pelota representando el alma del difunto en juego entre ambos bandos, es un material excelente «que merece una novela», explica el escritor mexicano. Que podría ser calificada de novela histórica si al autor no le incomodasen encasillamientos como este, hasta el punto de que reconoce que limita con el ensayo, y que está más documentada que cualquiera de los que haya escrito. Aunque sea, definitivamente, una novela, «que sigue siendo -dice- el género más flexible, más sutil y con el que más cosas puedes decir».

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