11 jul 2020

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Décimo aniversario de la desaparición de un intelectual cercano

Huérfanos de Manolo

Siete personajes que conocieron bien al autor, entre ellos su hijo, recuerdan sus facetas creativas

Varios libros y un congreso evocan a Manuel Vázquez Montalbán cuando se cumplen 10 años de su muerte

ELENA HEVIA
BARCELONA

Hace 10 años -que se cumplirán mañana-las noticias nos dijeron que Manuel Vázquez Montalbán se había quedado definitivamente en los pasillos del aeropuerto de Bangkok, de vuelta de Sidney, en Australia. En aquel no-lugar un infarto puso fin prematuramente a una de las más infatigables y lúcidas trayectorias de la literatura y el periodismo del franquismo, la transición y la democracia. La suya fue una mirada necesaria para entender esos años. Así que una década después diversos libros, reediciones y un congreso nos devuelven a Manolo pero sobre todo la desazón de no contar con sus análisis en esta realidad agitada. Siete personajes que le conocieron bien, entre ellos su hijo, analizan algunas de sus múltiples facetas.

EL PADRE

DANIEL VÁZQUEZ ESCRITOR Y PERIODISTA  «Jamás, ni siquiera en la adolescencia, he querido matar al padre», deja claro Daniel Vázquez Sallés, hijo de Manuel Vázquez Montalbán, que acaba de cerrar, para la escritura, su propia herida con Recuerdos sin retorno (Península), un libro que empezó a escribir hace años, destruyó, y que ahora aparece como un inequívoco acto de amor. Un texto de memoria fragmentario -«que para mí ha sido como ir al psiquiatra»- en el que Vázquez hijo, único por más señas, pasa revista a todos sus aspectos incluido el Manolo más íntimo, valioso sobre todo tratándose de alguien tan esquivo como él. «Es inevitable que a un escritor, con sus mundos imaginarios volcados a la escritura, en un determinado momento le moleste su familia. Porque la familia te recuerda que por muchos mundos que inventes siempre tendrás que pagar las facturas y el colegio de los niños». Así que Daniel Vázquez aprendió a respetar esa privacidad: «Yo sabía lo que había detrás cuando él marcaba su privacidad. Conozco sus orígenes, su casa de niño, la complicada relación con su padre y eso me ha dado muchas claves para entenderle». De ahí que el hijo reinvindique sus recuerdos sin interferencias. «Le he preguntado a mi madre pero no quería ruidos. Ella todavía no ha leído el libro».

Así repasa los momentos de intimidad como cuando participó en la caravana zapatista y de vuelta a Ciudad de México se encontró con su padre. «Me recibió con una sonrisa que lo decía todo». Luego por la noche Vázquez hijo se empeñó en dormir en el suelo porque la cama le parecía demasiado cómoda. «Mi padre se levantaba más o menos cada hora para decirme: 'Hijo, ¿seguro que estás bien?'»

Daniel Vázquez recuerda al padre cocinando. «Yo le hacía de pinche. Era muy desordenado y tenía que venir mi madre después que es la más «prusiana» de la familia a poner orden. Él era un tipo muy sensible que nunca me reñía, era mi madre quien me hacía llegar sus opiniones y a mí me molestaba un poco. Solo en contadas ocasiones, cuando llegaban las notas, su mirada era implacable». Esa mirada se suavizó con la llegada del primer nieto. Su hijo lamenta que no haya conocido al segundo, un luchador que ha superado todos las predicciones de los médicos.

En su último y póstumo libro de poemas, Rosebud -en alusión al instante de felicidad máxima en Ciudadano Kane- Vázquez Montalbán evocó a su madre en la plaza del Padrò con un pan blanco y una bolsita de aceitunas negras. «Mi Rosebud -añade Daniel Vázquez- fue en Grecia cuando nos encontramos allí con tantos amigos de mi padre. Yo creía que la felicidad era eso, viajar y liberarse de todo, pero luego vinieron los 80 en los que el ideal máximo era forrarse y todo se fue al agua».

EL AMIGO

MARUJA TORRES PERIODISTA  Maruja Torres tenía 24 años cuando conoció a Manolo. Fue en un ascensor en 1974. Allí él le echó los tejos profesionales para que formara parte de la revista Por favor. «Más que una amistad él era para mí un hermano mayor». No pocas cosas les unían, quizá la fundamental sea la infancia en el Raval: «Él, de la plaza del Padrò, yo del Chino. Éramos dos charnegos con madre murciana.

Constata la periodista que Vázquez Montalbán no era de trato fácil. «Lo mejor era llevarlo a comer y beber. Entonces empezaba a soltarse y poner ojos de chinito. Creo que su introspección venía de su faceta como poeta, eso hacía que siempre estuviera en otra parte». Y también vincula su legendaria capacidad de trabajo con sus orígenes. «Nació muy pobre, tenía facilidad para escribir y un cabezón superior, amueblado con todo. Pero le podía el miedo a la pobreza, necesitaba una nómina».

EL PADRE DE CARVALHO

ANDREU MARTÍN NOVELISTA  Antes de que Manolo se inventara a su detective Pepe Carvalho, Manuel de Pedrolo y Jaume Fuster ya habían escrito novela negra en Barcelona, pero el impulso que le dio Vázquez Montalbán supuso un punto y aparte. Para Martín fue un espejo en el que mirarse: «En seguida se le tradujo a otros idiomas, y él, el gran intelectual que se había atrevido a entrar en ese ámbito, se convirtió en el embajador de la nueva novela policiaca y demostró que este tipo de novelas se podía escribir sin que los personajes tuvieran nombres anglosajones».

EL BARCELONÉS

ORIOL BOHIGAS ARQUITECTO Para Oriol Bohigas no hay ninguna duda de que Vázquez Montalbán fue un escritor profundamente relaciona con la historia, la calle y la palpitación social de la ciudad de Barcelona. «No solo la que él mismo vivió, sino también la que está enraizada en los recuerdos y en las permanencias culturales». Pero lejos de ser un «entusiasta acrítico» o un «justificador literario» de carácter naturalista, «su amor por Barcelona le llevó a adoptar actitudes muy críticas relacionadas con problemas concretos, con responsabilidades denunciables, con un subrayado combativo contra los sistemas y las falsas élites económicas y políticas que dominan Barcelona».

Bohigas se pregunta: « ¿Que diría ahora de esta ciudad tan contradictoria en la que el turismo ha perdido su valor comunicativo para cederlo a una temática mercantil desarraigada? ¿Qué responsabilidad adjudicaría a los políticos de la democracia ante una ciudad desequilibrada en la que va aumentando el número de ricos y de pobres?»

EL PERIODISTA

MARGARITA RIVIERE PERIODISTA  En 1969, el mismo año en que Vázquez Montalbán publicó su Crónica sentimental de España, «una de las piezas periodísticas más influyentes del momento», Margarita Riviere lo tuvo como profesor en la Escuela de Periodismo. Durante un tiempo fue su jefa en EL PERIÓDICO DE CATALUNYA cuando llevaba la sección de Espectáculos. «Era muy certero y sincero como analista. Observaba lo que veía y lo contaba sin que sus ideas quedaran traicionadas porque siempre las ponía en contraste con hechos reales. Ahora tenemos mil libros sobre periodismo pero entonces solo teníamos Informe sobre la información, y fue un libro clave para entender el negocio periodístico».

EL GASTRÓNOMO

FERRAN ADRIÀ COCINERO  Para el cocinero, Vázquez Montalbán ha sido, sin duda, la figura fundamental en la transición gastronómica de este país. «El paró muchos golpes frente a los críticos que se aferraban a la tradición más radical mostrando que también la innovación era necesaria. Lástima que se fuera tan pronto porque podría haber vivido toda la euforia de la alta cocina española de estos últimos años y se lo hubiera pasado pipa. No es algo muy conocido, pero sus cenizas fueron arrojadas en Cala Montjoi porque fue allí donde pasó los mejores momentos con su familia».

EL MILITANTE

PERE PORTABELLA CINEASTA Y EXPOLÍTICO  El último recuerdo que Portabella tiene de Vázquez Montalbán lo sitúa en una cena a la que acudió su amigo poco antes de que partiera a Sidney. «Anna, su mujer, me pidió que intentara convencerle de que no fuera. Lo hice y él se lo tomó a broma. Poco después la noticia de su muerte fue un golpe tremendo».

El realizador y compañero de viaje de IU califica de «implacable» la fidelidad de Manolo respecto a sus ideas. «Pero nunca fue una persona de partido en el sentido orgánico porque actuaba con una gran capacidad crítica». Y esa fidelidad a prueba de bomba, marca de la casa, trascendía la militancia: «Era una persona un poco cerrada -algo que nos pasa a muchos-, lo que es una forma de protegerse de sí mismo. Pero era tremendamente leal a sus amigos, muy sensible. Y en las distancias cortas, fantástico».

Y una última definición: «Era alguien muy complejo que trataba las complejidades como hay que tratarlas sin simplificaciones, ni esquemas ni sectarismo, solo armado de su naturalidad».