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EL INVENTOR DEL 'BEST-SELLER' LOCAL

Ignacio Agustí, el triste

Cuando se cumplen cien años del nacimiento del autor de 'Mariona Rebull', una biografía del periodista Sergi Doria lo rescata del olvido

E. H.
BARCELONA

A Ignacio Agustí (Lliçà de Vall 1913-Barcelona, 1974) le sonrió el éxito en un momento en que en España no sonreía mucha gente, la triste posguerra española. Con su ciclo novelístico encabezado por Mariona Rebull, El viudo Rius, Desiderio, Diecinueve de julio y Guerra Civil, que él denomino conjuntamente con el elegiaco tema La ceniza fue árbol, Agustí fue algo así como el protoinventor del best-seller local a la española. Vendió mucho, se hizo famoso y amasó fortunas que luego dilapidó en proyectos románticos y poco viables. Y aunque en los 70, cuando ya llevaba dos años muerto pero más de una década casi olvidado, la televisiva Saga de los Rius le devolvió a la actualidad, fue en vano. Su figura acabó no ya en el purgatorio sino en el infierno. Su pecado, haberse adscrito al franquismo.

Ahí estaba cuando al periodista Sergi Doria se le ocurrió revisar su obra para una nueva edición, después de haber investigado los sucesos de la bomba del Liceu, donde para los viejos del lugar, indefectiblemente murió Mariona Rebull, aunque solo fuera un personaje. El resultado es la biografía Ignacio Agustí, el árbol y la ceniza (Destino), cuando se cumple, ayer, el centenario del nacimiento del autor. Para Doria, la primera imagen que tenemos de él es la de ese señor de negro, el franquista típico, pero una mayor atención te ofrece muchas más facetas y matices. «Empezó siendo un catalanista moderado de la Lliga. En el 37 ya es falangista pero cuando se le encarga un artículo para la revista Destino dice no haber escrito nunca una palabra en castellano. Además, con su talante británico, la gesticulación de sus camaradas no le iba mucho. En el 42, cuando dirigía Destino, partidaria de los aliados, los falangistas asaltan la redacción al grito de: '¿Dónde está el cabrón de Agustí?' En el año 55

-y hay que tener visiónSEnD se acerca al entonces príncipe Juan Carlos, tras haber apostado por Don Juan».

Ese moverse por un sentido que Doria denomina «práctico», aunque se esté en conflicto con lo que realmente se piensa, no fue solo un pecado de Agustí, sino también de una cierta burguesía catalana que vendió su alma y de la que en su ciclo de novelas él levantó acta notarial. «Fue el proyecto de su vida y en él puede detectarse el sentimiento de culpa de una burguesía que gestionó mal la República y acabó combatiendo en el bando de Franco para recuperar sus fábricas. Y eso lo pagó con la pérdida de su cultura, la cultura catalana. La historia de La ceniza fue árbol cuenta esa expiación».

No sabemos lo que reconcomía exactamente a Agustí, que fue un hombre triste, introvertido y de pocas palabras. Tampoco, a ciencia cierta, lo sabe su biógrafo, porque su biografiado fue extremadamente esquivo. Hasta tal punto que los hijos del escritor y periodista dicen haber comprendido mucho mejor a su padre, a menudo un tanto ausente, después de haber leído la biografía. Para completar ese cuadro habría que añadir que Agustí era un depresivo crónico, con un episodio de internamiento, y un importante bebedor al que muy pocos llegaron a ver ostensiblemente borracho. Uno de los combinados de la veterana coctelería Boadas llevaba su nombre. «Los que llegaron a conocer a Agustí me trasmitieron a una persona sumamente dolida, muy autocrítica consigo misma».

LA ADÚLTERA / También resulta clarificador ver cómo las inseguridades del autor se filtran en su obra. De escasa estatura y poca cosa físicamente, Agustí se casó con una mujer muy atractiva a la que alcanzó la maledicencia del periodista César González Ruano -el malo de la película en esta biografía- que desde su retiro en Sitges alardeaba en público de haber sido su amante. «Para Agustí la idea de la infidelidad femenina es una obsesión que se filtra incluso en sus primeras novelas». Por suerte para sus lectores, también alumbró a Mariona Rebull, la adúltera. Hombre del antiguo régimen, Agustí tomó cumplida venganza, poética, cuando la hizo morir en el Liceu.

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