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RADIOGRAFÍA DE UNO DE LOS AUTORES ESTADOUNIDENSES MÁS INFLUYENTES

Foster Wallace, de cerca

3La biografía de D. T. Max muestra el complejo día a día de un escritor que odiaba exhibirse

ELENA HEVIA
BARCELONA

A David Foster Wallace lo único que le interesó en vida es mostrarse a través de una obra compleja en la que mezcló alta cultura, referencias pop, filosofía, matemáticas y programas televisivos con una particular y obsesiva habilidad. Alguien podría decir que ese mostrarse era también una forma de escudarse porque, tímido hasta la exageración y con una amabilidad que incluía no pocas dosis de autodesprecio, colocado esto en un cuerpo enorme que movía como si pidiera disculpas, casi siempre se negó a reflejar una imagen mediática. Su antimodelo era Norman Mailer, el exhibicionista a quien odiaba de todo corazón. Pero hete aquí que un mal día cumplidos los 47 años y tras una vida luchando y medicándose contra la depresión, Foster Wallace no pudo más y consiguió con éxito lo que había intentado en otras ocasiones. Ahorcarse.

Una muerte temprana alimenta el mito. Y cuando uno está considerado uno de los escritores más influyentes de su generación el peligro de que eso ocurra es mayor. La biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas, David Foster Wallace (Debate) del escritor D. T. Max intenta sortear ese escollo, con un retrato minucioso y cálido de la torturada vida del autor. Max, que no llegó a conocer personalmente a su biografiado, ha tenido acceso a la correspondencia del escritor -una de las bazas más interesantes del trabajo-,

al enorme círculo de amigos del escritor, que incluye a maestros como Don DeLillo y a iguales como Jonathan Franzen -el más próximo-,

Daves Eggers, Jeffrey Eugenides

-que ha convertido al protagonista de su última novela, La trama nupcial en una especie de trasunto de Foster Wallace-, George Saunders y David Sedaris, y por supuesto, a su viuda, la artista plástica Karen Green. Estos son algunos aspectos reveladores de la biografía.

EL TENIS. Fue una de sus primeras pasiones cuando el deporte no estaba muy de moda. En La broma infinita, su obra maestra, imaginó una dictatorial academia de tenis, como el reverso oscuro de sus años en el instituto. Fue un buen jugador, pero no excepcional como alardeaba en las entrevistas, aunque con sus pantalones cortos y su bandana en la cabeza -que solía ponerse porque sufría hipersudoración- trasladó ese look bohemio-deportivo más allá de las canchas de juego.

LA DEPRESIÓN. Tuvo varios episodios de ansiedad ya en el instituto, pero solo le fue diagnosticada en 1982 cuando estudiaba en la Universidad de Amherst. El resto de su vida, medicado con Tofranil, Nardil o Xanax, fue un continuo de recuperaciones y recaídas, con algunos internamientos en hospitales psiquiátricos. Como su capacidad de concentración se veía muy mermada por los fármacos, él la compensaba con un férreo control en los detalles y en su prosa que cristalizó en su personal estilo.

ADICCIONES. Foster Wallace empezó con la marihuana de adolescente porque «le ayudaba a superar su timidez» y, prácticamente, no dejó de fumarla. Aunque no solía consumir drogas duras, en algún momento probó los hongos alucinógenos. La última de sus adicciones, y también la más intensa, fue el alcohol, que combinado con los antidepresivos le dejaban totalmente fuera de juego. Algo menos perniciosa, pero muy inquietante, era su teleadicción -podía pasarse días enteros consumiendo telebasura-, aunque al final de su vida logró controlarla y disfrutar por las noches de excelentes series como The wire, de la que era un gran fan.

SEXO. Pese a su poca habilidad social, el escritor tuvo un enorme éxito con las mujeres, que aumentó aun más con su éxito literario. Una vez, conversando con Jonathan Franzen, se pregunto si su único propósito en esta tierra era «meter el pene en tantas vaginas como sea posible». En otra ocasión admitió haber estado con una menor.

LOCURA. Vivió una turbulenta relación con la poeta tejana Mary

Carr, casada y en proceso de rehabilitación alcohólica. Al parecer, tras tumultuosas rupturas, decidió comprarle una pistola a un exconvicto a fin de eliminar al molesto marido. El vendedor se puso en contacto con la futura víctima, alertándola, y cuando Carr se encaró con el escritor este le aseguró que todo era una fabulación. D. T. Max no le cree.

EL FINAL. En sus últimos años, a golpe de voluntad el escritor logró encarrilar su vida, fue a sesiones de recuperación, trabajó a fondo con sus alumnos, ayudó incansablemente a sus amigos y se casó con Karen Green, quien le proporcionó un gran equilibrio. Convencido de que los antidepresivos mermaban su concentración decidió luchar contra ellos e irracionalmente dejó de tomarlos... Green encontró el cadáver en el garaje con el manuscrito de su última novela, El rey pálido, perfectamente acabado y ordenado.

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