Temerario, loco y genial

el director Werner Herzog recibe en Locarno un premio a toda su trayectoria

El cineasta Werner Herzog, ayer, en Locarno.

El cineasta Werner Herzog, ayer, en Locarno. / EFE / URS FLUEELER

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NANDO SALVÀ
LOCARNO ENVIADO ESPECIAL

«Los cineastas y las películas no necesitan premios, eso es más adecuado para las ferias de ganado, algo que se le da a la mejor leche de vaca», explicaba ayer Werner Herzog precisamente horas antes de recoger un premio, el que el Festival de Locarno le concede este año para celebrar una carrera a lo largo de la que ha escrito, producido o dirigido -o, a menudo, las tres cosas a la vez- más de 60 películas que, como él mismo define, exploran«los pliegues recónditos del alma humana», y reflejan la sospecha de que la civilización tal vez solo sea«una fina máscara bajo la que acecha el salvajismo».

Los premios, en todo caso, garantizan a quienes los reciben un lugar en la Historia, pero eso tampoco le interesa al director alemán, por mucha gratitud que asegure tenerle al certamen suizo.«Yo siempre digo: no me importa la posteridad porque entonces yo ya estaré muerto», opina. En cualquier caso, hace tiempo ya que Herzog se ganó el estatus de leyenda -François Truffaut lo definió una vez como«el mejor cineasta vivo»- y la reputación de autor excéntrico, basada en aquella vez que, durante el rodaje deFitzcarraldo (1982), subió un barco de 32 toneladas a través de una montaña; o en cuando amenazó con matar a su actor -Klaus Kinski, otro que tal-mientras filmabanAguirre o la cólera de Dios(1972), o en cuando se comió su propio zapato ante las cámaras.«No, yo no soy excéntrico», replica él.«Estoy mucho más cuerdo que, por ejemplo, Hollywood al completo. Todos los demás son excéntricos, yo no».

También se dice de él que atrae el peligro, tanto fuera de los rodajes -en 2006 recibió un balazo mientras concedía una entrevista- como dentro de ellos: en 1977, por ejemplo, para filmar el cortoLa Soufrièrepaseó por la boca de un volcán al borde de la erupción.«No es que busque el peligro», vuelve a matizar.«Pero no lo rehuyo. Soy un profesional y se me da bien minimizar riesgos». Confiesa que le molesta cargar con esa fama de incauto.«Nadie que trabajara para mí ha resultado herido jamás», insiste, aunque añade:«No tengo miedo, nunca lo he tenido, y si abandonara una película solo porque presenta dificultades me sentiría como un hombre sin sueños. Si mañana se acabara el mundo, yo hoy empezaría a rodar una película».

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La pasión por el cine que esas palabras demuestran llegó tarde a su vida. Herzog se crió en una remota aldea montañosa de Baviera, y afirma no haber visto una sola película hasta los 11 años, cuando un proyeccionista itinerante se presentó en el pueblo con metraje de hombres construyendo un iglú. «No me impresionó en absoluto, estaba claro que era un trabajo mediocre», recuerda. Desde entonces, comenta, solo ha aprendido su oficio viendo películas malas -«nunca podría aprender nada de una gran obra»-, y aún trabaja«como si no hubiera nadie más en el mundo haciendo cine». Quizá sea por sus orígenes que con frecuencia opta por hacer películas en los lugares más extremos e inaccesibles de la Tierra, como el desierto del Sáhara (Fata Morgana, 1971) o la Antártida (Encuentros en el fin del mundo, 2007).«Si quieres conocer de qué está hecha una aleación de metal, debes someterla a condiciones extremas de calor y presión. Con el ser humano pasa lo mismo».

Esa forma independiente e insobornable de rodar parecen haber convertido a Herzog en modelo para las nuevas generaciones de cineastas: desde que la creó hace cuatro años, las aulas de la Rogue Film School han permanecido llenas.«Sé que tengo conocimientos que transmitir», opina el alemán.«No se trata de las cosas técnicas, es más bien un espíritu, un estilo guerrillero de hacer cine. Prefiero a aquellos que han trabajado como celadores en un psiquiátrico que a quienes han ido a la universidad. Experimentar las facetas más crudas de la vida es lo que crea verdaderos cineastas».