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LUTO EN EL CIRQUE DU SOLEIL

Sangre en la pista

JUAN FERNÁNDEZ

El circo es un oficio de riesgo. El más difícil todavía plantea un permanente desafío contra la posibilidad de no alcanzar el objetivo y caer. Aunque esta eventualidad forma parte del código genético de la acrobacia, el Cirque du Soleil lleva dando de lado a la desgracia desde el día de su fundación. Después de 29 años de shows sobrecogedores, malabares imposibles e infinitos saltos al vacío, la compañía canadiense ha conseguido hacerse conocida mundialmente por la calidad de sus montajes, pero no por sus tropiezos.

Hasta el pasado 29 de junio. El accidente mortal sufrido por la acróbata francesa Sarah Guyard-Guillot, de 31 años, en plena exhibición de Ka, el espectáculo que el circo tiene instalado en el hotel MGM de Las Vegas, ha teñido de luto a esta larga familia de saltimbanquis, payasos y magos del trapecio, formada por 5.000 empleados, 1.500 de ellos artistas, provenientes de 50 países. Si bien en el 2009 ya falleció un acróbata ucraniano mientras ensayaba en la sede central de la compañía en Montreal,

esta ha sido la primera vez que la muerte acontece sobre la pista y en directo, ante los ojos del público.

En invierno, en Barcelona

El fatal accidente ha puesto la primera mancha en un historial que rozaba la perfección. El próximo año se cumplirán tres décadas desde que el artista callejero Guy Laliberté, nacido en Quebec en 1959, reunió a un puñado de malabaristas, payasos, acróbatas y zancudos para montar el grupo que constituiría el embrión de la compañía. Se iniciaba así una aventura circense, y también empresarial, que más que renovar el género, ha acabado creando uno propio: el del Cirque du Soleil, un innovador modelo de espectáculo, y de negocio, que no existía hasta que ellos lo inventaron.

Según los cálculos de la compañía, más de 100 millones de espectadores de los cinco continentes han tenido ocasión de ver y admirar alguno de sus shows, tanto los itinerantes (Alegría visitó Barcelona en el invierno pasado, y este próximo llegará Dralion) como los que hay instalados en escenarios fijos en Las Vegas y Orlando. Cuando acabe el 2013, los 19 espectáculos que ahora mismo tienen en activo en América, Europa y Asia, añadirán otros 15 millones de admiradores a la larga cola de personas que han vivido la inolvidable experiencia de asistir en directo a alguna de sus exclusivas creaciones.

La búsqueda de los mejores

El Cirque maneja las magnitudes de lo que es: una multinacional del espectáculo que ha convertido a su fundador y máximo propietario en uno de los hombres más ricos del planeta. Sin embargo, quienes han tenido ocasión de conocer este gigante por dentro reconocen que, a pesar de tantos montajes, aplausos y presupuestos millonarios, sus miembros y responsables conservan el espíritu tramoyista y circense que tenían al principio, cuando el grupo lo formaban 20 saltimbanquis sin más objetivo que pasárselo bien entreteniendo a la gente.

Durante estas tres décadas, la compañía también ha sido fiel a otro principio marca de la casa: buscan siempre a los mejores artistas de las distintas disciplinas. Los cástings en las ciudades que visitan son famosos entre los profesionales del circo. Allí donde haya un acróbata capaz de hacer algo que nadie hizo, allí aparece un cazatalentos de la compañía para ofrecerle enrolarse con ellos. No hay gimnasta olímpico laureado que no haya recibido una oferta de los canadienses al acabar su carrera deportiva. De hecho, los podios de los Juegos constituyen una de sus principales canteras, y es esa cultura de la disciplina extrema, propia de los campeones olímpicos, la que suele marcar los entrenamientos.

La payasa tarraconense Pepa Plana acabó uniéndose al Cirque a través de esa vía: un buen día del 2011 la llamaron para invitarla a conocer la sede de Montreal y el año pasado se unió al equipo, donde ha estado 15 meses diseñando Amaluna, el último montaje de la compañía, y paseándolo por tierras canadienses. «Ha sido toda una experiencia, sorprende el nivel de medios que manejan, su forma de trabajar. Sin duda, repetiría, pero no para mucho tiempo. El anarquismo del payaso no encaja bien con tanta disciplina», señala.

Plana pudo comprobar por sí misma que, pese a las dimensiones de la compañía, la humana sigue siendo la escala que da la medida en el circo. No olvida la emotiva despedida que le hicieron sus compañeros cuando se fue. «Al final, aquella acaba convirtiéndose en tu familia. Estoy segura de que la muerte de la acróbata les ha marcado», asegura.