30 sep 2020

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CRÓNICA

Delirante gamberrada

Borràs y Albet impactan en la clausura del T-6 del TNC

JOSÉ CARLOS SORRIBES
BARCELONA

Quienes imaginaran que Marcel Borràs y Nao Albet iban a moderarse con su asalto al Teatre Nacional de Catalunya andaban mal encaminados. Aunque es cierto que serían pocos los teatreros que pensaran que el dúo de veinteañeros iba a alejarse del espíritu iconoclasta, osado y provocador que ha marcado todas sus propuestas desde que Àlex Rigola les abrió las puertas del ciclo Radicals Lliure. La parejita cierra con otra gamberrada de las suyas -con mucho ingenio, ningún freno y el título rimbombante de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach- los 10 años del proyecto T-6 de nueva dramaturgia catalana y la etapa de Sergi Belbel como director del gran teatro público.

Borràs y Albet no engañan a nadie. Hacen el teatro que les «mola», según sus palabras, y con referentes confesos como Angélica Liddell y Rodrigo García, creadores que transitan muy lejos del carril de la ortodoxia. Por encima de todo, son dos actores de 23 años que cuando se pasan al otro lado quieren divertirse a lo grande y pretenden captar a público de su edad y gustos. Esta vez, por ejemplo, querían llevar a un escenario un atraco de película con tiros, rehenes, encapuchados y violencia, situado en un país (espacio imaginario) llamado Agbanäspach.

Ese punto de partida, plasmado en un inicio a todo trapo, les ha llevavado a firmar un inclasificable juego metateatral sobre los límites entre ficción y realidad de un proceso de creación. ¿Territorio cenagoso? Sí, pero menos en sus manos. Porque los golpes de efecto y salidas de tono siegan el peligro de excesiva trascendencia, pese a una dramaturgia de impacto y algo deshilachada.

Borràs y Albet, que se cascan de lo lindo en escena, se rodean de intérpretes del T-6 (Oriol Genís, David Vert y Òscar Castellví) y de cómplices como Francesca Piñón, la soprano Alina Furman, la joven Laia Costa (revelación enorme) y Gil Brebelés, el anagrama que escondía a un Sergi Belbel que se despide del TNC actuando en una parodia que eleva el delirio (término elogioso) a su punto más alto. Un poco como hizo Rigola en The end para irse del Lliure, pero a lo bestia. Aplauso fervoroso para Belbel por prestarse al juego.

GANGSTA RAP Y ARIA / El cóctel, a veces cargado, que han mezclado Albet y Borràs se atreve con todo. La banda sonora, por ejemplo, no puede ser más ecléctica: tragos duros, una coreografía de gangsta rap, con ellos dos y una subyugante Costa, y el colofón de un aria de Puccini a cargo de Furman, con Belbel en sus brazos agonizando ensangrentado. Los dos jóvenes creadores se van de la escena y saludan con camisa hawaiana y eslips blancos. Marcando paquete. Como hacen en toda la obra, vamos.