24 oct 2020

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FUSIÓN ENTRE GASTRONOMÍA Y ARTES EN EL ARTS SANTA MÒNICA DE BARCELONA

'Somni' revolucionario

El Celler de Can Roca crea nuevas sensaciones a los 12 comensales de su ópera gastronómica

FERRAN IMEDIO / Barcelona

Una noche en la ópera de los Roca. / MEDIAPRO

Comença el somni. La frase apareció escrita en el caldo vegetal que llegó justo tras los aperitivos de bienvenida. Empezaba así el sueño de todo chef y de todo comensal, hechos realidad ayer en el Centre d'Arts Santa Mònica. Los hermanos de El Celler de Can Roca, Joan, Jordi y Josep, arropados por al artista visual Franc Aleu, sirvieron un ágape que buscó el placer máximo con la ayuda de otras artes (poesía, música, pintura...). Llegó la experiencia en el momento más apropiado, una semana después de que el restaurante se convirtiera en el número uno del mundo, en el templo del placer más solicitado del planeta. Porque eso era lo que se buscaba, según Josep: «Explorar los límites, saber hasta dónde llega la capacidad de sentir».

Durante 12 actos, como si de una ópera gastronómica se tratara, hubo 12 platos y 12 vinos. Los 12 afortunados conejillos de indias que aceptaron la invitación de los Roca: el cocinero Ferran Adrià, el poeta y ensayista Rafael Argullol, el artista Miquel Barceló, el médico Bonaventura Clotet, el director artístico del Liceu, Josep Pons, la actriz y cineasta india Nandita Bas, la actriz india Freida Pinto, el antropólogo francés especializado en ciencias sensoriales Joël Candau, el ingeniero francés experto en robótica Abderrahmane Kheddar, el biólogo Ben Lehner, el escritor gastronómico estadounidense Harold McGee y la física teórica estadounidense Lisa Randall.

Comenzaron todos charlando animadamente, como si quisieran sacudirse los nervios de no saber bien qué les esperaba en la diminuta sala que se había preparado en el museo. Y lo que se encontraron fue un sinfín de sensaciones presentadas. «Será brutal», había prometido minutos antes Joan Roca, tranquilo, sabedor de que, como dijo su hermano Josep, «todo el trabajo ya estaba hecho». Fue él el maestro de ceremonias, el que presentaba platos y vinos, el que les guió por el «viaje en busca de instantes de belleza».

VIAJE A LA LUNA / Y, viendo las caras de los comensales, de sorpresa, de satisfacción, fue impresionante. Como cuando viajaron a la Luna a través de proyecciones en la mesa circular (igual se convertía en estanque que en hormiguero o en los bosques quemados del Empordà) y en las pantallas que los rodeaban, mientras sonidos y música (Guinovart, Albert Pla, Sílvia Perez Cruz...) completaban el cuadro. Adrià, entre Argullol y Barceló, comentaban cada plato, cada vino, cada proyección (¡ranas en la mesa flotando sobre nenúfares!) como la malvasía de Lanzarote de 1881 que nunca había visto el sol (apareció en el viaje a la Luna para acompañar la esfera de trufa blanca y negra y destilado de tierra que parecía un meteorito) o el Marqués de Riscal de 1945 en el plato de la guerra, cuya puesta en escena fue espectacular, con gotas de sangre -era remolacha- cayendo sobre los platos.

SILENCIO IMPOSIBLE / Muerte, piedad, carnalidad, gloria, despertar... fueron pasando en forma de platos, vinos, música, proyecciones... La excitación hizo que los comensales hablaran más de la cuenta en vez de concentrarse en los placeres para la vista, el oído, el olfato, el tacto y el paladar, hasta el punto que Roca les pidió silencio (Barceló explicó cómo hacía la sobrasada que probaron). Pero les resultaba difícil no compartir sensaciones, como las que les provocaron los tomates caminando sobre la mesa, las copa en formas de rosa y una velouté de erizos a la brasa que debían coger con pinzas porque yacían entre las púas de un erizo. Argullol hizo una foto con el móvil a pesar de que les habían pedido que apagaran los teléfonos. Una manera de mantener despierto el sueño que vivieron ayer.