20 sep 2020

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UN EXPONENTE DE LA NOVELA NEGRA NÓRDICA

Un danés en la Barceloneta

Jussi Adler-Olsen entra en la lista de escritores extranjeros que eligen Barcelona para trabajar y residir

El autor rescata en 'Expediente 64' un negro episodio real de la historia de Dinamarca

ANNA ABELLA
BARCELONA

Soleada mañana de finales de abril frente al mercado de la Barceloneta con un genuino danés. Cerca de la librería Negra y Criminal, comandada por el entusiasta Paco Camarasa, donde participará en breve en un club de lectura sobre Expediente 64 (Maeva), su nueva novela de la serie del Departamento Q. «No, en esta terraza no, es mejor el café de este otro bar (...) ¡Cómo! ¿No conoces la Baluard? ¡Pero si hacen el mejor pan de Barcelona! (...) Ese restaurante es buenísimo... y ahí las tapas son excelentes, se nota que viene todo directo del mar». Así se maneja Jussi Adler-Olsen (Copenhague, 1950), como si llevara trajinando por estas calles media vida, cuando en realidad las pisó por primera vez hace un año, cuando participó en el festival BCNegra, con Camarasa de anfitrión. Tan «enamorado» quedó de la ciudad, donde se siente «como en casa», que se ha comprado, y reformado totalmente, un piso en la Barceloneta, donde vivirá la mitad del año.

No es que no esté cómodo en su país, donde es el autor más vendido de novela negra y vive en una bonita ciudad cercana a la capital, pero los inviernos daneses le deprimen. «Huyo de la oscuridad, la humedad, el frío intenso. Aquí he encontrado lo que busco en una ciudad: buena gente, arquitectura, colores, una luz maravillosa, el olor de la fruta, de la sal, el mar, pero sobre todo, el sonido de los niños jugando al aire libre y los gritos de las mujeres de la Barceloneta. ¡Son las reinas del barrio!».

Criado en un psiquiátrico

Hijo de psiquiatra, Adler-Olsen creció en un hospital mental en el campo, junto a otros hijos de empleados y en contacto con los enfermos, de los que evoca su afecto. «Me mostraron cuán dura podía ser la vida. No era peligroso. Los asesinos peligrosos estaban aislados. Los homicidas que conocí lamentaban sus crímenes. Aprendí que el bien y el mal pueden convivir en una misma persona». Quizá de ahí, en contraste con el tópico de frialdad nórdica, le viene al autor (que ha empezado a aprender castellano y catalán), su apego a «interaccionar con la gente», del tendero a la vecina, el comerciante chino y el dueño del bar -«Es mi materia prima para escribir»-.

Pero no ve a su policía, Carl Mørck, investigando un caso en Barcelona. «Es tentador, pero esta ciudad no se merece que yo vaya matando a sus habitantes en una novela». Aunque le pierde el hambre criminal: «Espero expectante que los españoles se venguen de sus políticos», confiesa con ironía. «Esta crisis es muy triste. Los españoles deberían apreciar e invertir en lo que tienen, como la agricultura o el vino, cosas que el norte de Europa no tiene y debe comprar aquí. No hay que producir más, como dicen los políticos, sino mejor. En vez de lamentarnos, debemos pensar qué podemos hacer para salir de esta y, sobre todo, no votar a políticos incompetentes».

Expediente 64 trata de un oscuro y «vergonzoso» episodio de la historia danesa: entre 1923 y 1961, la isla de Sprogo fue un psiquiátrico donde, para «evitar la propagación de genes indeseables en la sociedad y preservar su pureza», el médico fascista Christian Keller ordenó esterilizar a la fuerza a cientos de mujeres supuestamente enfermas mentales, sexualmente promiscuas y prostitutas. «Como psiquiatra, mi padre se avergonzaba del abuso de poder de sus colegas e intentó dar la alarma pero estaba en minoría. Él nunca usó lobotomías ni terapias de choque».

¿Nadie los frenó? «Los gobiernos creyeron lo que les dijeron, que estas mujeres tenían problemas mentales y no debían estar en la sociedad, pero ningún político habló con ellas. Ese es el problema de la política, que se mantiene a distancia del mundo real. Se gobierna sin empatía». Herencia nazi. «Los nazis no fueron tan originales. Esas ideas de la pureza de la raza ya estaban en la filosofía heredada de los vikingos y muchos médicos del XIX las creían. Es fácil que un médico al que le dan autoridad sobre la vida y la muerte y el estatus de dios se lo crea y abuse de su poder. Por eso dejé de estudiar Medicina. Vi el peor tipo de arrogancia de la generación anterior en mis compañeros. En una clase en el Instituto Anatómico, en el pasillo había camillas donde sobresalían brazos y piernas de cadáveres para su estudio y ¡mis compañeros los usaban para colgar la cartera!», recuerda este Coordinador del Movimiento por la Paz danés.

Y advierte del «racismo, la xenofobia y el odio contra los inmigrantes» que se respira en su país y llama al poder de la literatura. «Si Dinamarca tiene 5 millones y medio de habitantes y yo he vendido 350.000 ejemplares, significa que he tenido la suerte de alertar de ello al 25% de los adultos daneses». Ahora sigue ampliando la parroquia desde la Barceloneta.

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