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LITERATURA CATALANA

Dos debuts fantásticos

Mar Bosch Oliveras y Carles Terès sorprenden con sus primeras novelas

ERNEST ALÓS
BARCELONA

Los premios literarios en catalán se dividen entre los grandes que buscan lanzar al libro de Sant Jordi, fichar autores de primera fila de la competencia o fidelizar con un cheque al autor de la casa, y la pedrea de premios locales que rellenan currículos y apañan cuentas corrientes. Unos pocos aún sirven para descubrir nuevas voces. Y vaya si lo ha hecho este año el Just M. Casero de Girona con Bedlam, de Mar Bosch Oliveras (Girona, 1981). Una novela corta en la que cada página podría convertirse en un cuento a la manera de Pere Calders y contiene al menos dos frases que obligan a sonreír de satisfacción lectora, que parece naïf hasta que resulta que no lo es (apunta a Mathias Malzieu y esconde un Barrie, un M. Night Shyamalan o un Maurici Pla), con niños que se vuelven azules, maestros que son miopes de 10 metros, ni más ni menos, un pueblo con el mismo nombre que el siniestro manicomio medieval de Londres, Bedlam, equipado con oasis municipal pero sobre el que cae un invierno inacabable, una familia entera de esquimales traspapelada...

El jurado del Casero (con integrantes tan puñeteros como J. M. Fonalleras, Vicenç Pagès, Mita Casacuberta y Guillem Terribas como patrocinador) le hace la ola a la autora, sorprendido aún del aplomo con el que se atreve con abordar desde el surrealismo temas como el autismo o el impacto en las familias de tener un hijo con el síndrome de Down,

frases del estilo de tampoc havia estimat del tot , perquè estimar desgastava, para frenar de golpe antes de pasar de lo naïf a lo cursi, y con el que convierte en un breve personaje nada más y nada menos que al archifamoso Serra, el que arrossega els collons pel terra sin caer en el ridículo. El niño azul, por cierto, se llama Haiku. Haiku Gispert, en honor a la breve forma poética japonesa. Porque Bosch ha procurado evitar que la puedan volver a acusar de «retórica» como hacía su profesor de Filosofía Josep M. Terricabras.

HOMBRES LOBO EN EL MATARRANYA / Si el Just Casero va haciendo su propia guerra, lo del premio Guillem Nicolau del 2011 es ya cosa de guerrilla. Liquidado el año pasado por el Gobierno aragonés del PP, su último ganador, Carles Terès (Barcelona, 1962), un «aragonés de lengua catalana», criado en la Verneda y reimplantado en Torredarques (Matarranya), se tuvo que conformar con una edición oficial de mínimos para cumplir el expediente. Reescrito, Licantropia ha sido publicado, ahora en serio, por Edicions de 1984. Y resulta que es una muy apreciable novela de terror rural, con aires de Perucho o de Sánchez Piñol. «Lo fantástico hasta cierto punto siempre me ha gustado», aclara.

Escrita en un revigorizante catalán de la Franja (con los dialectalismos justos para darle sabor local sin encerrarse en el localismo), arranca con un preludio situado en el siglo XVIII que introduce una historia familiar de hombres lobo que marcará, muchas generaciones después, a los protagonistas de la novela. Hay manuscritos, y su dosis de «miedo, violencia y sexualidad», pero nada que ver con la moda de las novelas históricas manufacturadas a la catalana. «La novela histórica tiene siempre una cierta impostura en la que no quería caer», aclara Terès.

Diseñador industrial, con Lovecraft, Poe y Bierce como referentes, además de los ya citados, Terès ve también alguna relación de su novela con Blue velvet: «La inadaptación de un personaje feliz en un entorno idílico, pero que no lo es tanto como lo parece a medida que va descubriendo los secretos que lo rodean y que descubre que cada vez le afectan más personalmente».

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