EL LIBRO DE LA SEMANA

El tiempo lo destruye todo

'El sentido de un final' es a la vez un 'thriller' y una reflexión

Julian Barnes, en Barcelona.

Julian Barnes, en Barcelona. / RICARD CUGAT

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SERGI SÁNCHEZ

En este libro bello y condensado, que quiere ser el relato de un narrador del que no nos podremos fiar, unthrillertrágico y una reflexión sobre el tiempo como potencia destructora y la memoria como elaborado autoengaño, destaca la construcción de una voz que, entre el sarcasmo y la sinceridad descarnada, describe una vida fútil, que solo merece ser contada tras cometer un acto ignominioso en forma de carta envenenada. Es otra de las vidas corrientes de la literatura de Julian Barnes (Leicester, 1946), siempre propensas a un afilado autoanálisis y más propensas aún a dibujar, con escuadra y cartabón, triángulos amorosos modelados por la envidia, los celos y la mediocridad de uno de sus integrantes.

Parece una secuela deHablemos del asuntooAmor, etcétera, pero, de algún modo, la brevedad deEl sentido de un final (Premio Man Booker 2011) la acerca al ensayo: sobre el envejecimiento, la mortalidad, las arritmias que se producen entre hechos y recuerdos, y ese egoísmo que logramos ocultarnos a nosotros mismos para poder soportarnos. La primera parte de la novela nos hace pensar en Tony Webster como la víctima de una arpía que seduce a uno de sus mejores amigos, Adrian, para humillarle, para abofetear su orgullo de exnovio melancólico, que pasa por el mundo sin más implicación que la del testigo ocular de un accidente. La segunda le da la vuelta al calcetín, e ingresando en una pasiva, acomodada tercera edad, Webster se da cuenta de que ni siquiera se conoce a sí mismo, y que la Historia, y nuestras vidas, «son las mentiras de los vencedores, pero también las mentiras con que se engañan a sí mismos los vencidos».

Como la vida misma: un lío de faldas que deviene en traición, que de-sata el rencor y la venganza y que confirma la seguridad de que el tiempo pasa y nos dejamos llevar por él, olvidando que los actos tienen consecuencias, y que a menudo la lucidez llega demasiado tarde. CuandoEl sentido de un final se transforma en una novela de misterio, que quiere desentrañar lo que hay detrás de un suicidio que ocurrió 30 años atrás, y lo que esconde una extraña herencia, Barnes aprovecha para reevaluar la validez del punto de vista del narrador, y con ello cuestionar la imagen que este tiene de sí mismo. La solución del misterio puede parecer demasiado retorcida, pero respeta la lógica interna de un relato que no cesa de descubrirse, que engancha al lector con sus reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte, que concibe el presente como una elucubración del pasado, una especulación continua que funciona como coraza para protegernos de nuestra mezquindad.

LA VERDAD / Barnes habla de lo mismo que las mejores obras de Banville, pero no lo hace desde el lirismo exacerbado que suele practicar su rival irlandés. Rebañando el plato de la nostalgia, al fondo no queda nada, ni un matiz romántico, solo un pesimismo cósmico servido -como en los cuentos deLa mesa limón- desde una prosa concisa y elegante, sin que su innata flema británica le juegue malas pasadas, al contrario: convirtiéndola en otra variable -la inferioridad de clase, la superioridad intelectual- de una compleja ecuación que solo quiere demostrar lo muy equivocados que estamos cuando creemos conocer la verdad sobre lo que vivimos.

3 EL SENTIDO DE UN FINAL

EL SENTIT D'UN FINAL

Julian Barnes

Trad.: Jaime Zulaika / Alexandre

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186 / 160 p. 16,90 €