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Ideas

Una patada a la crisis

Juan Villoro

En las suaves colinas del Matarraña, que tanto recuerdan al paisaje de la Toscana, hay un enclave donde la cultura resiste con vigoroso estruendo. Si entras a Serret Llibres y hablas con el dueño, compras un libro.

Ya Jordi Llavina escribió una magnífica semblanza del oasis literario que Octavio Serret anima con enjundia en Valderrobres.

Si alguien piensa que agosto suspende la costumbre y perfecciona la calma, no conoce a Serret. En las semanas del calor, su librería se convierte en un centro cultural por el que no dejan de desfilar autores. El local, de unos ocho metros cuadrados, parece más apropiado para un garage, pero la cultura tiene muchas formas de acomodarse. Unos asisten a un auditorio para oír el mensaje colectivo de un conferencista y otros hacen cola para hablar, uno por uno, con el invitado de Serret.

Fui a la librería gracias a la complicidad de los editores de Candaya, que publicaron mi libro sobre el terremoto en Chile, 8.8: El miedo en el espejo. En momentos en que los circuitos comerciales establecidos zozobran, los quijotes de la industria editorial y los libreros independientes recobran impulso en la escala reducida pero imprescindible, de las tertulias literarias.

En su excelente Poética del café, Antoni Martí Monterde demuestra lo mucho que la literatura le debe a la conversación y a los santuarios donde humean tazas aromáticas.

Serret Llibres recupera esa escala decisiva. Su éxito es tan grande que se percibe en la atmósfera. El dueño enciende el aire acondicionado dos horas antes de que lleguen los clientes, pero son tantos los que acuden que aquello se convierte en un horno. Mientras tanto, el autor percibe en su epidermis que las cosas van bien: el brazo se le duerme de tanto firmar libros.

Como en el camarote de los hermanos Marx, en Serret Llibres cabe una multitud inverosímil. Imposible saber cuántos entran y cuántos salen, lo cierto es que todos quieren libros.

Acabé empapado de sudor. «Presentarse en tu librería es un deporte extremo», le dije a Octavio. «¡Esto es una patada a la crisis!», respondió el anfitrión, con la pasión de quien no encabeza un negocio sino una cruzada.