02 dic 2020

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Los nietos de Carvalho

Toni Hill, con 'Los buenos suicidas', y Aro Sáinz de la Maza, autor de 'El asesino de la Pedrera', continúan con la renovación de la novela negra

La alemana Stefanie Kremser, con 'Calle de los olvidados', se suma a la consolidación de Barcelona como escenario de tramas policiacas

ERNEST ALÓS / Barcelona

Mossos d'Esquadra, por supuesto, en lugar de policías o detectives privados. Corrupción municipal y autonómica, personajes arruinados por la crisis, desconcertados por la inmigración y por el turismo que desvirtúa y pone a la venta a la ciudad, y misterios familiares en lugar de las viejas historias de prostitutas y macarras. Barrios en transformación como Poblenou, la Barceloneta, Sant Pere o Gràcia en lugar del Raval. Influencias del thriller norteamericano, de las series a la escandinava o del krimi alemán más que del hard boiled americano o de la novela negra mediterránea. Definitivamente Pepe Carvalho ya no tiene solo hermanos menores e hijos (esa segunda generación de Andreu Martín o Alicia Giménez Bartlett, prolongada por sucesores como Pau Vidal o Teresa Solana) sino también nietos que van a la suya.

Este verano, tras la revelación invernal de Carlos Zanón y su No llames a casa y el premio Hammett para Las niñas perdidas de Cristina Fallarás, vuelve Toni Hill con Los buenos suicidas, la segunda novela del inspector Salgado tras El verano de los juguetes muertos (Debolsillo) y se estrena el inspector Milo Malart de Aro Sáinz de la Maza persiguiendo a El asesino de la Pedrera (RBA). Y a finales de agosto Stefanie Kremser enfrentará a una periodista germano-catalana y al comisario gay Quim Rubió con un asesino en serie en Calle de los olvidados (Edhasa / Empúries).

UN ARGENTINO EN POBLENOU

Al inspector Héctor Salgado, argentino nacionalizado español, policía nacional traspasado a los Mossos, cuando se le cruzan los cables se le disparan los puños y reniega en lunfardo. Vecino de la calle Pujades, suda corriendo por la playa. Si en El verano de los juguetes muertos había vudú en el Gòtic y familias de la zona alta con tío cura y secreto en el armario, en Los buenos suicidas se cruzan unas muertes en una industria cosmética (de nuevo, más misterios que crímenes) y el caso, abierto en la anterior novela, de la desaparición de Ruth, la ex de Salgado que lo dejó por otra mujer. Y que al final sigue igual de abierto pero mucho más liado. «Se resolverá en la tercera novela, lo prometo. Si no, los lectores se enfadarían. Pero la tenía que mantener, porque es una subtrama que requeriría una novela entera», explica Hill.

Traductor y colaborador editorial de Grijalbo, Hill viene de la cocina editorial. Mucho oficio: información a cuentagotas y mano firme para insinuar y evitar el típico error de que todos, desde el narrador hasta el culpable en la escena final, expliquen el cómo y por qué de cada una de sus acciones. «Las conversaciones se han de quedar a medias, porque la gente siempre tiene cosas que no las quiere decir», aconseja.

Aunque la presión editorial para conseguir una serie policial que se asocie a la marca Barcelona como Donna Leon a Venecia, Márkaris a Atenas, Indridason a Islandia, Camilleri a Sicilia o Larsson a Estocolmo, Hill intenta mantener a raya «el costumbrismo» y «no hacer el recorrido turístico de la ciudad» ni volver «a los estereotipos del Raval», sino circular por escenarios como L'Hospitalet, el Clot, Torrelles de Llobregat. Eso sí, su éxito (120.000 ejemplares de El verano..., una miniserie televisiva en marcha, traducción a 15 lenguas) tiene alguna servidumbre. Para que quede claro que es español y no una autora anglosajona, en inglés firma como Antonio. Le propusieron convertir su Hill del Penedès en Gil, pero por aquí no pasó.

LA PIROTECNIA DEL 'THRILLER'

De la cocina editorial también viene Aro Sáinz de la Maza. Si en Hill hay aires de Indridason, Theorin o Peter May, en las 600 páginas de El asesino de la Pedrera el cóctel es de impacto. Hasta el punto de que cabe preguntarse si se trata del ensamblaje de: uno, un policial clásico (con Malart, aterrorizado por que las voces que oye sean un síntoma de la esquizofrenia familiar, y su explosiva compañera Rebeca); dos, una trama larssoniana (venganzas con trasfondo de abusos, aunque «Larsson, a la que aflojaba la acción, soltaba a Lisbeth para que remontase, y yo no juego a eso», recuerda Sáenz de la Maza); tres, un thriller a lo Dan Brown (con gente ardiendo colgada de los edificios de Gaudí y claves escondidas en el mapa de Barcelona, elemento que el autor justifica para jugar la carta «de la denuncia de Barcelona como un parque temático turístico»); cuatro, una novela sobre vicios y corruptelas político-especulativas de la burguesía barcelonesa (con referentes más que transparentes al caso Millet) y sus víctimas y, cinco, otra sobre los desmanes de la telebasura. En todo caso, referentes alejados «de la línea carvalhiana». Malart, por cierto, vive en la Barceloneta, nada en el mar para despejarse y come fatal.

Ensamblar todos estos elementos es un reto que, de nuevo, demanda mucho oficio. «Yo quería una novela frondosa y compleja, retratar una ciudad con muchísimas caras», explica su autor.

'MOBBING' Y TURISMO

Su libro no estará a la venta hasta la última semana de agosto, pero este repaso no estaría completo sin un primer aviso de Carrer dels oblidats, la primera novela negra de Stefanie Kremser, guionista de telefilmes policiales para la televisión alemana y residente en Barcelona. «Todo empezó cuando, buscando piso, topé con el problema del acoso a los inquilinos con rentas antiguas y la presión de los apartamentos para turistas», explica. «La ciudad está en venta, se está convirtiendo en un parque temático», lamenta. En su novela, la periodista y el policía, residentes en Sant Pere y el Born, se enfrentan a un asesino en serie. La visión ingenua de la Barcelona de postal del foráneo se encara al resentimiento de quien ve cómo cambia su barrio de toda la vida. «En el género policial alemán, el tema social siempre es el centro». ¿Y en el local? «He preferido no leer novelas negras situadas en Barcelona para que no me marcasen».