18 sep 2020

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Un libro recoge epistolarios de la guerra civil

Cartas desde la trinchera

Eloi Vila recupera las historias de 20 soldados catalanes a través de su correspondencia

ERNEST ALÓS / Barcelona

Eran el alimento que mantenía en pie la moral de los soldados: las cartas que les seguían uniendo con sus familias. En un libro que llegará a las librerías el próximo jueves, Cartes des del front (Ara Llibres), el escritor y periodista Eloi Vila recupera misivas o diarios enviados a casa por 20 soldados catalanes durante al guerra civil que explican otras tantas historias personales. Algunas tiernas, todas duras. Ningunas tanto como las de jóvenes que no regresaron a sus casas, cuyas últimas noticias fueron unas palabras en las que parecía que la vida podría seguir. Aunque en un caso ni siquiera eso: estremecedor es el caso del penúltimo capítulo del libro. Las cartas que Francisco Bondia escondió en el colchón de su celda, dirigidas a su mujer y a sus tres hijos, cuando sabe que está a punto de ser fusilado en la cárcel de Lleida.

La editorial recibió hasta 150 cartas o conjuntos de ellas en respuesta a un llamamiento a través de la revista Sàpiens. Otras se las entregaron al autor amigos y conocidos (como los periodistas Xavi Coral y Albert Om) cuando conocieron el proyecto. «Lo complicado ha sido hacer una selección de historias, más que de cartas. Me sabe mal por las que no he podido utilizar», explica Vila, que ha utilizado extractos o misivas completas pero ha intentado al mismo tiempo reconstruir la historia de sus autores y repasar el desarrollo de la guerra. El trabajo ha tenido varias limitaciones. Solo hay un caso del bando vencedor, durante la guerra se destruyeron cantidades ingentes de documentos («en algunos casos solo se conservó alguna carta muy especial, como la que comunicaba el nacimiento de una hija») y en muchísimos casos los supervivientes guardaron un silencio absoluto sobre la guerra con sus descendientes.

3 LAS CARTAS DE LOS MUERTOS. No hay nada que impresione tanto cómo leer las cartas que los familiares conservaron de los muertos en el frente. Como las de Emili Bernardet. El 27 de diciembre escribe desde Teruel que «la patacada forta» ya la ha pasado. Tres días después una bomba acababa con su vida. El certificado de defunción llegó al Ayuntamiento de Castellar del Vallès en 1941: no apareció hasta el 2001. Nadie se molestó en informar a su viuda. O las de Josep Farell, cuya hija solo le recuerda del día de permiso en que la contó el cuento de las cabritas y el lobo. O Josep Ferrer, un reservista que escribía a casa «pronto se acabará esta guerra» pero no llegó a conocer a la hija que nació mientras luchaba en el frente del Segre. Dejó a su mujer, Maria Bubaré, viuda, con un hermano ejecutado, otro preso y otro mutilado... O Teófilo Trujillano, que escribe su última carta desde el hospital de Girona, ya con una caligrafía trémula.

3 ÚLTIMAS PALABRAS. Francisco Bondia, desde la celda número 4 de la prisión de Lleida, en 1940, escribe esto a su hijo Leando: «Con todo el dolor de mi corazón te ruego que este documento que será el último de mi vida, lo guardes en tu corazón como el único recuerdo de mi existencia. Leandro, con el propósito firme de tu lealtad, confío que por ningún motivo, por muy grave que sea, no te separes nunca del brazo de tu madre querida y de tus hermanas, Mercedes y Teresa». La madre de Leandro pasó los últimos días de vida de su marido intentado, sin éxito, que algún vecino de Vilosell testificase que era inocente del asesinato del que lo acusaban. También le escribe a ella cuando sabe que lo van a fusilar. «Lo que preocupa a un padre no es solo esto. Son los hijos, y qué será de ellos. Pero de repente mi corazón tiene el consuelo de pensar que les queda una madre fuerte y abnegada».

3 ESPERANDO NOTICIAS DE CASA En algunas cartas se trasluce hasta qué punto mantener el contacto por correo era vital para los soldados. Lluís Collell, de Palamós, se imagina en una de sus cartas la reacción de su familia al recibir noticias del frente: «Quizá adivinaré lo que pasa casi cada día a las seis de la tarde cuando el padre viene de trabajar (...) y lo primero que le preguntáis debe de ser: '¿No hay carta del chico?' (...) al final os la entregará y todos os pondréis a punto para escuchar a la Lola, que leerá la carta. Seguramente tú, madre, y tú, abuela, escucharéis con los ojos llorosos por la emoción». «Aunque no reciba ninguna carta tuya, yo te escribo. Y te digo esto porque hace un mes que no recibo carta de nadie. Ya te puedes imaginar cómo estoy de ánimos, porque las cartas son la única alegría que tenemos los soldados», escribe, dolido, Joaquim Nogués a su hermana Paquita. Después la guerra, Joaquim no tendrá queja de ella, que se jugará la cara por él en las calles de Calella.

3 'EN CAMPAÑA' Los soldados y oficiales no debían dar información de dónde estaban situadas sus unidades. Así que sus misivas casi siempre iban datadas igual: En campaña. Aunque algunos se las ingeniaban para dar más información. «El nombre del pueblo donde fuimos a tocar ayer es el del mote que le dan a la última casa de la calle de Vera», explicaba Cinto Ferriol, de Begur, a su mujer. La casa era Can Maials.

3 ESCRIBIR Y DIBUJAR Algunas cartas iban ilustradas con dibujos, con mayor o menor acierto. Un caso especial es el del dibujante de Vic Salvador Puntí, que confío a un sacerdote, para asegurarse de que llegase a casa, su diario de campaña con los requetés del Tercio Nuestra Señora de Montserrat. Un cuaderno espléndidamente ilustrado que uno de sus hijos encontró guardado en un armario y que hasta ahora no había trascendido del ámbito familiar.