11 jul 2020

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El flamenco sigue sin olvidar a Camarón de la Isla 20 años después de su muerte

El revolucionario cantaor falleció el 2 de julio de 1992 en el hospital de Can Ruti de Badalona

LUIS TROQUEL / Barcelona

Hace ya 20 años, el 2 de julio de 1992, murió prematuramente Camarón de la Isla y en el mundo del flamenco aún parece que fue ayer. Su voz de rabia y miel sigue sobrecogiendo. Y su vida también. La historia de un gitanito rubio de San Fernando convertido en atormentado mesías canastero.

La palabra mito se usa con mucha ligereza. Mitos, lo que se dice mitos, hay muy pocos. Y la mayoría una vez muertos. Camarón lo era en vida. Absolutamente. Cuando en los años 80 intervenía en un festival flamenco aquello solía devenir en enfebrecido fenómeno de masas. Prendía la locura colectiva y hasta el aire se estremecía. Ni que decir tiene que su temprana desaparición amplificó la leyenda hasta el infinito, pero el mito había ya habitado entre los mortales. En carne y, sobre todo, huesos.

"Volando voy", cantaba. Y volando han pasado también para muchos los 20 años que se cumplen de su fallecimiento. En el hospital de Can Ruti (Badalona) tras meses de constantes rumores y desmentidos sobre su salud. 41 años y 6 meses antes, aún en pleno rigor de la posguerra, nacía José Monje Cruz en un patio de vecinos. Lo de la Isla le venía por ser de San Fernando (Cádiz) y lo de Camarón se lo puso por su pelo rubio un tío suyo; el mismo que también bautizó a su adorada Perla de Cádiz. Y todavía antes de ser el Camarón, se le conocía por otro apelativo de origen familiar: el Pijote Chico.

Yunque, clavo y alcayata

Era el penúltimo de los ocho hermanos de una familia gitana de padre fragüero. Mucho después Camarón cantaría: "Cuando los niños en la escuela / estudiaban pa'l mañana / mi niñez era fragua / yunque, clavo y alcayata". Bueno, eso y también hacer novillos (como se decía entonces), corretear por las salinas, cantar en tranvías y trolebuses junto a su amigo Rancapino, sacarse alguna calderilla para contribuir a los paupérrimos ingresos familiares y aprender a torear, su auténtica vocación frustrada.

"Si te quedas quieto", le contaría al poeta Carlos Lencero. "Si eres capaz de quedarte quieto y lo sientes pasar..., lo que sientes es mu fuerte". Pero él apenas fue capaz cuando el momento llegó. De chiquillo, cantando en la Venta de Vargas, frecuentaría con toreros. Cuentan que El Cordobés se lo llevaba a su cortijo para continuar las inacabables juergas. Su ídolo y gran amigo Curro Romero le brindaría tiempo después la ansiada ocasión de ponerse frente a un toro en una plaza. Y tanto miedo pasó que no volvería a repetir.

También quiso ser guitarrista y de adolescente solía acompañarse a sí mismo cuando cantaba. Con 12 años armó la marimorena en una caseta de la feria de Sevilla. Hasta gigantes del calibre de Mairena o Caracol harían alguna escapada para ver si eran ciertas las maravillas que se decían de aquel gitanito rubio y de blanca piel. Tenía también solo 12 años cuando murió su padre, que sufría asma bronquial. "De tantas mojás y privaciones", diría años después. La fragua cerró y su madre, Juana, tuvo ponerse a fregar y servir. Y él a los 15 hizo la maleta para trabajar en un tablao malagueño. Luego se enrolaría en las compañías de Juanito Valderrama y La Terremoto. Y luego Madrid...

Doce años viviría allí, donde conoció a otro sagitario procedente también de la costa gaditana y solo tres años mayor que él: Paco de Lucía. Juntos revolucionarían el flamenco desde los cimientos. Dos genios mano a mano, disco a disco. A uno por año entre 1969 y 1977, siempre bajo la rigurosa dirección de Antonio Sánchez, el padre de Paco. Curiosamente, uno de los poquísimos trabajos de su discografía en que no participaría el genial guitarrista acabaría convirtiéndose en el más emblemático: 'La leyenda del tiempo'.

Discutido

Aunque hoy cueste creerlo, Camarón pasó toda su vida cuestionado: que si muchos loailos y lereles, que si lo que hacía era o no flamenco, que si estaba acabado... Lo más cerca que estuvo de un consenso fue a mediados de los 70. Un ramillete de lustrosos premios jondos disiparon escepticismos, el mito empezaba a tomar cuerpo y todo iba de bien en mejor. Además, en 1976 llevó al altar a Dolores Montoya, La Chispa, con la que tendría cuatro hijos. Tenía también otra hija en Barcelona, secreta pero reconocida y nunca descuidada, fruto de una relación anterior que durante años mantuvo con una paya catalana. Del mismo modo que los ricos terminan casi siempre casándose con una rica, por aquel entonces los gitanos, sobre todo si procedían de un entorno pobre, a la hora de casarse lo hacían con una gitana.

En 'La leyenda del tiempo' irrumpió otro nombre clave: el productor Ricardo Pachón. Y con él músicos de rock y jazz y versos y más versos de García Lorca. El tiempo le daría la razón pero en 1979 hizo tambalear su estatus ya legendario. Pocos lo compraron y muchos de ellos fueron a devolverlo a las tiendas, exclamando que aquel no era su Camarón. Se impuso un regreso a las fuentes flamencas. ¿Volvió en Como el agua todo a su cauce? Artísticamente sí, pero empezó su deriva vital al engancharse por primera vez a la heroína.

Se dice que en los 80 Camarón vivió más en los cielos y en los infiernos que en la tierra. El pueblo gitano le veneraba hasta la idolatría y sus discos empezaron a venderse como si fuera una estrella del pop. En la mayoría volvió a incluir arreglos innovadores y desafiantes mixturas, ya bien aceptadas, aunque entonces aún muy pocos reivindicaban la hoy tan cacareada 'Leyenda del tiempo'. En cambio sí vertía ríos de tinta otra leyenda, negra, cuya sombra no dejaba de crecer.
El dinero salía tal como entraba. Su amiga Pepa Flores (Marisol) tuvo que prestarle una buena suma para la complicada reconstrucción de su dentadura, totalmente destrozada. Nunca dejó de fumar y llegó a ventilarse cuatro cajetillas diarias. Tampoco nunca dejó las drogas durante demasiado tiempo, sobre todo la heroína y la pasta base de cocaína.

Crece la bola de nieve

A finales de 1986 resultó gravemente herido tras un accidente de circulación en el que murieron dos personas y por el que fue acusado de imprudencia temeraria y condenado bastante después a un año de cárcel, que no llegaría a cumplir. También hubo un muerto y 94 heridos en un concierto en A Coruña. En Castellón tuvo que huir en una ocasión por la ventana de un camerino. En Santander se montó la de Dios es Cristo. En el antiguo Palau d'Esports de Barcelona la cosa acabó a silletazos... Por no hablar de sus famosas espantás. Muchas de ellas sin embargo propiciadas por promotores que le mantenían engañosamente en el cartel.

A veces el suspense sobre si actuaría o no duraba hasta el último minuto. Pero eso no disuadía a un público creciente. Si a principios de los 80 su caché rondaba las 500.000 pesetas, en 1991 cobraba tres millones por recital. Y eso que solía cantar poco más de media hora sin otro instrumento que la guitarra de su fiel Tomatito. No obstante, su deterioro físico y escasa ambición económica le alejaban cada vez más de los escenarios. Y también del mundo. Siempre había sido exageradamente tímido, pero las proporciones del fenómeno le recluyeron más y más en sí mismo.

En 1989 el disco 'Soy gitano' vende 80.000 copias, casi tantas como los 15 anteriores juntos. El siguiente, 'Potro de rabia y miel', no llegaría hasta poco antes de su muerte. Entre uno y otro la bola de nieve no había dejado de crecer. Por un lado, sus conciertos internacionales le granjeaban piropos de figuras como Mick Jagger o Peter Gabriel. El mismísimo Quincy Jones quería apadrinarlo en todo el planeta a gran escala y hasta se llegaron a perfilar estrategias cuando, en 1991, Camarón actuó en el Festival de Jazz de Montreux.

Por el otro, cada día aparecía más enjuto y consumido. Tras diagnosticarle un cáncer de pulmón viajó infructuosamente a una clínica de Minessota para instalarse luego en casa de su amigo y cuidador José Candado, en Santa Coloma de Gramenet.

Información publicada en el Cuaderno del Domingo