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Memoria de la represión cultural

Censura contra el rock

Un libro pasa revista a la prohibición de canciones y discos en el tardofranquismo

   JORDI BIANCIOTTO / Barcelona

En un tiempo no muy lejano, el régimen político español tenía un hondo interés en proteger los oídos y la vista de los ciudadanos de todo aquello que pudiera alterar su pureza espiritual. Los censores franquistas impidieron que muchos discos de rock cruzaran los Pirineos en su versión original y aplicaron el bisturí a canciones e ilustraciones. Y no solo eso: exhibieron su alta creatividad pintando bikinis allá donde no los había, manipulando imágenes, ocultando desnudeces, alusiones religiosas y guiños políticos, y sustituyendo portadas a discreción.

El periodista gallego Xavier Valiño pasa revista a esta galería de «tropelías», como él las califica, en un libro frondoso, Veneno en dosis camufladas. La censura en los discos de pop-rock durante el franquismo (Milenio). El ejercicio más exhaustivo practicado nunca sobre la materia. Una obra profusamente ilustrada en la que Valiño ha trabajado durante años y que incluye abundante material extraído de las cloacas administrativas del régimen: documentos internos ministeriales y fichas de canciones con el sello de denegado.

En la elaboración de la obra, que fue su tesis doctoral, Valiño asegura que se llevó alguna sorpresa. La más destacada, comprobar cómo el grueso de obras censuradas se concentra en la última década de franquismo, tras la ley de prensa de Manuel Fraga Iribarne, en 1966. «Es entonces cuando, en la música, la censura cobra más fuerza. En parte porque se publican más discos y la gente tiene más dinero para comprarlos».

DOBLE FILTRO / El mecanismo censor dependía del Ministerio de Información y Turismo a través de dos direcciones generales, la de Cultura Popular y la de Radiodifusión y Televisión. Podía ocurrir que la edición de un disco fuera autorizada y que luego se impidiera su radiodifusión, lo cual, en aquellos años, equivalía casi a su muerte comercial. «A veces jugaban con eso: le decían a la discográfica que podían editar el disco y luego no se radiaba, con lo cual no llegaba a ninguna parte», apunta Valiño. A finales de los 60, con el auge de la cultura pop, los diseños de los discos se hicieron más imaginativos y dejaron atrás la austera foto de los músicos posando con sus instrumentos. Eso explica también que la labor censora se disparara a partir de entonces y no diera abasto en sus vetos, retoques y reinvenciones de portadas. Algunas, imaginativas y grotescas, y que convirtieron a España en meca de coleccionistas de rarezas.

DESPUÉS DE FRANCO / La desnudez fue su obsesión, pero también se mutilaron diseños con guiños a la homosexualidad o la religión. Contrariando a quienes se refieren al tardofranquismo como dictablanda, conviene apuntar que la censura se mantuvo activa no solo hasta el final del régimen sino más allá, como testifican portadas como las de Virgin killer (Scorpions, 1976) y la tardía banda sonora de Emmanuelle (1978).

Pero, ¿quién era el brazo ejecutor de esas recreaciones pseudoartísticas? Funcionarios que procedían de la censura literaria y a los que ofrecieron hacer horas extra con material discográfico. Como Eusebio Ceballos, el único que Valiño logró localizar y entrevistar, y que no mostró signos de arrepentimiento ni de ridículo. «Él entendía lo que hizo como un trabajo más, sin darle ni quitarle importancia. Era tan solo un trabajador al que ofrecieron hacer unas horas extra», explica el autor del libro, comprensivo con la rutinaria realidad profesional de personajes que solo eran minúsculas piezas del engranaje.

¿Indicios de síndrome de Estocolmo? «Es posible», concede Valiño. «Pero no justifico lo que hicieron. Solo que, si no hubiera existido el régimen, ellos nunca habrían hecho eso. En ese momento estaban ahí y les tocó».