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ENTREVISTA

Philip Roth: "Mi agenda es un cementerio"

A sus 78 años, le preocupa la muerte, aunque ha logrado vencerla convirtiéndose en clásico en vida. Su trayectoria acaba de ser reconocida con el Man Booker International

IDOYA NOAIN / Barcelona

La portada del DOMINICAL que publicó la entrevista a Philip Roth

La portada del DOMINICAL que publicó la entrevista a Philip Roth / EL PERIÓDICO

Quizá sea lo apropiado, probablemente incluso lo inevitable, que buena parte de la leyenda que rodea a Philip Roth sea ficción. De la misma forma que de su mente, su talento y su esfuerzo han salido algunas de las mejores obras de la literatura estadounidense de las últimas cinco décadas -creaciones que le han convertido en el único autor vivo cuya obra actualmente publica la reputada Library of America-, se ha creado a su alrededor un aura de personaje arisco o, cuando menos, difícil en las entrevistas. Esa reputación se alza sobre la aguda y destacada inteligencia de alguien que con solo 26 años firmó un libro como Goodbye Columbus (un debut que inauguró con el National Book Award una larga lista de galardones en la que solo parece resistirse el Nobel, y a la que acaba de incorporar el Man Booker International por el conjunto de su obra, que se entregará en Londres el próximo 28 de junio) y que, 10 años más tarde, con El mal de Portnoy, escandalizó y se convirtió en superventas. Es la reputación de alguien que no tiene tiempo para preguntas banales, ni reparos para rechazar con un gesto torcido o una mirada fulminante interrogantes simplistas, ni inconveniente en ser quien decide cuándo se pone un abrupto punto final.

Si se cree el agrio retrato que tras el divorcio escribió su segunda esposa, Claire Bloom, es un hombre misógino y controlador capaz de echar de casa a la hija de su mujer porque su conversación le aburre. Por eso, la perspectiva de acercarse a él impone tanto como el lujo de tener la oportunidad de acceder a una mente única, que ha alumbrado clásicos contemporáneos como Operación Shylock, El teatro del Sabbath La conjura contra América.

Al igual que él dice necesitar "vivir las cosas como un escritor para ser capaz de retratarlas", solo al sentarse con él caen los miedos creados por lo indirecto y puede intuirse estar cerca del verdadero Roth. Al menos, de este Roth de 78 años recientemente cumplidos que habla con claridad y tomándose sus tiempos; que es capaz de salpicar de ironía y humor una preocupación reciente y creciente como la muerte; alguien que no necesita más que elegir una historia cualquiera para demostrar que sus dotes de narrador no se limitan al papel; un hombre que bromea al darse cuenta de que la cámara le ha pillado sin máscara y, pese a su intento de mantener en toda la sesión de fotos un gesto conscientemente serio, ha dejado escapar sin querer una sonrisa. ¿O era queriendo?

Roth recibe en su apartamento del Upper West Side neoyorquino, un 12º piso cuyo pequeño balcón se transforma en un mirador a un valle de bajas construcciones tras el que se alzan las cordilleras de cemento que rasgan el cielo, su refugio para huir en los inviernos del frío que azota su otra casa, en el campo de Connecticut. En el interior, prácticamente todo es blanco, pálido... Las paredes casi íntegramente desnudas; los suelos de suave madera que recorre en calcetines; la estantería aún a rebosar de los libros sobre Corea que usó como documentación para Indignación, su antepenúltima novela corta...

A un lado de la estancia están sus dos mesas: una llena de papeles, cuadernos y cartas. La otra, ocupada por el ordenador, ese que relevó a su máquina de escribir, que le facilita cuestiones técnicas y ante el que durante tiempo escribió de pie. Ahora, "por problemas de espalda", recurre a una silla alta donde no llega a estar ni del todo sentado ni del todo de pie. En el otro lado del cuarto, tras pasar junto a una esterilla de yoga que usa para sus ejercicios de estiramiento de espalda, un sofá blanco y el único mueble oscuro: una butaca donde lee y desde hace no mucho también ve películas en DVD o en la televisión. Ahí se sienta y abre la conversación de par en par. "Hablemos de lo que quieras".

Por algún sitio hay que empezar y tan bueno o malo como cualquier otro es hacerlo por Némesis, la cuarta novela corta de una serie que abrió Elegía, siguió Indignación y continuó La humillación. El libro, recientemente publicado en España por Mondadori, se muestra en la superficie como la historia de una epidemia de polio en su Newark natal en 1944, narrada a través de la experiencia de Bucky Cantor, un joven corriente. Es, en realidad, otra de las exploraciones de Roth del individuo y de sus relaciones sociales, un retrato del miedo y de su contagio, una inmersión en sentimientos como la culpa y la responsabilidad exacerbada.

"Yo no tengo sentimientos hacia los personajes. Estoy ocupado inventándolos, creándolos. Lo que a mí me interesa es la estética, la forma del libro"

Bucky puede despertar cierta tristeza, compasión, pero en el lector; no en Roth. "Yo no tengo sentimientos hacia los personajes", arranca. "Estoy ocupado inventándolos, creándolos. El trabajo de la invención es suficientemente extenso. Yo intento hacerlos tan vivos como puedo. Si hacen cosas horribles, no los juzgo; les dejo hacer, y lo importante para mí es que sean reales y persuasivos. Lo único que siento es curiosidad, especialmente conforme lo invento: qué es, qué le haré hacer, qué le pasará...Tengo sentimientos, pero no hacia los personajes. Lo que a mí me interesa es la estética. Me interesa la forma del libro".

Son esos intereses los que le han llevado a retornar a la novela corta. "Quería aprender cómo escribir una, ver si podía hacerlo. Había escrito otras en el pasado, pero lo había olvidado, igual que he olvidado cómo escribir un relato breve, no sé cómo escribirlos ahora. Los últimos cuatro libros, estas cuatro novelas cortas, han sido todas sobre un cataclismo, y quería ver si podía producirlos en menos páginas de las que habitualmente uso. La dificultad radica en que estás cortando, mientras que con la novela larga es lo opuesto: estás amplificando todo el rato".

La idea de ese cataclismo, de ser sorprendido o superado por uno, fue la que le hizo darse cuenta, cuando iba ya por el tercero de los libros, de que tenía entre manos "una extraña serie", con una unidad temática, aunque los personajes fueran distintos en cada libro. Ahora, el agotamiento de la exploración formal es lo que le ha llevado a poner con Némesis el punto final a la tetralogía. Eso, y que ahora lo que dice querer hacer es otra cosa: "Un largo libro que me ocupe hasta que me muera. Intentaré acabarlo en mi último día".

Cuesta creer que alguien tan prolífico como para haber firmado 32 obras esté pensando en una última, y es imposible separar ya en esta parte de la conversación escepticismo y humor, pero Roth insiste. "De verdad. No quiero tener que empezar nada nuevo. Empezar un libro es horrible, no sabes lo que estás haciendo". ¿Podría, después de 55 años escribiendo, decir simplemente ya está, se acabó? "Sí podría. He escrito mucho, empecé hace mucho, lo he estado haciendo durante mucho tiempo... Lo que no sé es por qué no lo he hecho".

Hay quien cree que Roth "ha entrado en un ambiente oscuro en su última década". También quien se pregunta "si tiene dentro de sí otro gran libro como Pastoral americana". Y quien ve lógico que haya "guardado para el final el reto de explorar una contravida de autolimitación deliberada". Y cuando a Roth se le comenta ese último análisis, tira de la fina sátira. "¿De verdad han escrito 'el final'? ¿Ve? Deben de saber cuál será mi último día. Debería contactar con ellos". Más en serio, razona de otra manera sobre sus últimas creaciones: "Tú evolucionas. Tu interés evoluciona. Tu técnica evoluciona. Te aburres de cosas. Usas otras. Y sigues".

Lo que no cambia es lo que busca al empezar a anotar ideas en sus blocs de notas de papel amarillo como los que se ven en el salón, o al arrancar en los primeros de sus múltiples borradores, o al ir creando sus personajes y sus historias, encontrando su lenguaje. "Escribir sigue respondiendo a las mismas necesidades que al principio -cuenta-: necesidad de una forma de vida, necesidad de hacer arte, necesidades de contar historias... Responde a mi necesidad de ocupar seriamente mi mente".

De esa ocupación han nacido trabajos excepcionales. Y eso que no se considera un talento natural, a diferencia de su "viejo amigo" John Updike. "Él era un escritor naturalmente dotado, extraordinariamente fluido. No escribía posiblemente más de un borrador y era capaz de alumbrar frases que directamente le salían interesantes, bellas... Yo tengo que trabajar duro, escribir muchos borradores, y los primeros son horribles. Nunca pensé en mí como un escritor natural. Lo que quizá soy es narrador natural, contador de historias. Y cuando miro atrás me sorprende haber hecho todo mi trabajo con mis limitaciones. En serio".

Fueron, dice, las ganas de escribir desde que tenía 18 o 19 años las que le hicieron imponerse a esas limitaciones. Leía cuando era niño, pero no más que otros de su edad. Y cuando a esos 18 o 19 años descubrió la literatura por primera vez, algo cambió. "La literatura se apoderó de mí. Tenía un atractivo poderoso. Además, la entendía, cosa que nunca me pasó con las matemáticas o la física. Cuando empecé a escribir no pensaba que tenía limitaciones. Escribía historias flojas y creía que eran maravillosas. Pero cuando vas escribiendo, libro tras libro las vas descubriendo: limitaciones de expresión, de imaginación... Y las superas con trabajo duro".

Una vez ahí, poco importan el reconocimiento o la crítica. "El trabajo es entre tú y el libro, y lo que x o y o z digan sobre tu obra no importa. Tengo la misma piel fina que todo el mundo, y una crítica dura en un momento puede hacerte daño o un halago puede hacer que te crezcas de forma infantil, pero a largo plazo no tienen efecto".

A los pies de la butaca donde está sentado Roth yacen unas cuantas agendas antiguas que se ha traído desde Connecticut y cuyo mero repaso despierta en su memoria precisas reconstrucciones. Es "capaz de recordar todo lo que pasó un día determinado solo viendo una anotación". Ese es, el de la memoria privilegiada, otro de sus dones, uno que marca su trabajo.

Roth se entrega ávidamente a la preparación de una novela, leyendo, entrevistando, buscando... Pero son sus recuerdos vivos -y vividos- una de las bases vitales que le permiten construir su obra. Némesis, por ejemplo, sería inconcebible si este autor no tuviera intensas memorias de cómo se vivía la II Guerra Mundial, cuando él era solo un niño de entre 6 y 12 años. Cuesta pensar que algún niño de esa edad hoy vaya a recordar con claridad dentro de cinco décadas un Estados Unidos en guerra, aunque se estén librando una en Irak y otra en Afganistán. Y Roth cree que "la mayoría de niños hoy no tienen ni idea de lo que está pasando en el amplio mundo, y no les importa. No son tan conscientes. Viven en un mundo de superabundancia de distracciones. Tienen esta pantalla para ver, y esta otra, y este videojuego... Están ocupados. Van a 16 clases después del colegio. Tienen menos tiempo".

"Nunca pensé en mí como un escritor naturalmente dotado. Cuando miro atrás, me sorprende haber hecho todo mi trabajo con mis limitaciones. En serio"

No son solo los niños quienes están perdiendo el tiempo necesario para la concentración. Roth lleva varios años hablando ya con pesimismo de un futuro no tan lejano en el que anticipa que los lectores, sobre todo los de ficción, serán una especie en extinción, y vuelve con cierta nostalgia a ese tiempo en el que "pasar dos horas y media o tres con un libro solía ser algo común, no solo entre gente inteligente, sino también entre gente corriente. Pero ¿quién tiene tiempo ahora? Los lectores de ficción ya han empezado a desaparecer. Es evolución. Es la evolución cultural de este país y del mundo".

Hay evoluciones que se sienten más como involuciones. ¿Cómo interpetar, si no, la próxima edición de una versión saneada de Huckleberry Finn en la que se sustituirá la palabra nigger por esclavo, pasando por el tamiz del siglo XXI un lenguaje que era reflejo de la realidad de su tiempo? A Roth, que nunca ha tenido alergia a la provocación e incluso la ha cultivado, le cuesta creerlo. Y le apena. "Es una locura, una locura. Una profanación de un gran y maravilloso libro. Es solo corrección política desaforada".

Su consuelo es pensar que esa corrección política al menos ha decaído algo respecto de los años 90, "cuando era una corriente". Y estar convencido de que "los buenos escritores son inmunes a ello. Hay malos escritores que te van a dar siempre lo que quieres, pero los buenos, no".

Sería un error sentarse con uno de los más perspicaces observadores de Estados Unidos, con alguien que ha retratado pero también superado la esencia judía y se ha convertido en el cronista de todo un país y de la historia de su siglo XX, y no buscar su visión de esa nación en estos inicios del XXI, cuando un hombre negro ha llegado a la presidencia y un movimiento ultraconservador está impulsando un giro hacia los extremos.

Sobre Obama, Roth solo tiene buenas palabras. "Es fantástico, tan inteligente como creí que sería, tan estable, tan imaginativo... No conseguimos presidentes como este muy a menudo". Respecto del giro conservador, tienta la idea de pensar que pudiera hacer algo como La conjura contra América, ese libro en el que imaginó a un antisemita como Charles Lindbergh convertido en presidente. Pero Roth se declara incapaz de hacerlo por varios motivos. Uno es que confiesa no tener "ni los mismos sentimientos hacia lo que pasa ahora ni el mismo conocimiento". "Aquello lo viví, esto lo veo en los periódicos", sentencia. Además, pese a que reconoce que hay "antiintelectualismo", asume que "es algo que siempre ha estado aquí". Sus palabras respecto del Tea Party son duras, pero comedidas. "Están influenciando simplemente al partido republicano y llevándolo a la derecha. Son ignorantes, idiotas, probablemente racistas, estrechos de mente... Pero no son fascistas. Son unos bastardos que intentan anular los programas que fueron instituidos por los demócratas bajo Franklin Roosevelt, desde 1933: la seguridad social, ese suelo que se creó para que nadie pudiera caer por debajo de él, la sanidad pública para los mayores...

Estamos en 2011 y siguen peleando contra el New Deal". Al hablar de la asistencia médica, aparece de nuevo el tema de la edad. Y surge preguntarle a Roth qué le preocupa a sus 78 años. La respuesta es contundente. "La muerte".

"Intento no pensar en la muerte pero está más cerca de lo que ha estado nunca y se acerca más cada día que pasa. Es cierto que es así para todo el mundo, pero no te das cuenta cuando tienes 7 años... Es peculiar vivir todo esto... La muerte la descubres cuando eres niño, pero entonces no puedes comprenderla. Cuando entras en la adolescencia la entiendes. Solía asustarme mucho, sobre todo cuando me acostaba por la noche. Pero cuando llega la luz, el día... Con luz no puedes morir. Ahora, sin embargo, me llega que sí puedes. Y me llega por el hecho de que todos mis amigos han muerto. No hay nada que te convenza más de la muerte que la muerte de tus amigos. Cuando tus abuelos mueren eres un niño. Cuando mueren tus padres tienes 40 años, o 50, o 60, y sabías que iban a morir, pero... ¿tus amigos? ¿Cómo pueden estar muertos? Conforme vas a sus funerales te haces a la idea. Mi agenda es un cementerio. Todos los nombres están tachados. Igual queda uno... Entonces, le llamo, le pregunto si está bien, y le digo que beba algo de zumo de naranja".