05 abr 2020

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Ideas

El poder de la hormiga

JAUME SUBIRANA

Yo no sé si en el Parnaso de las ideas puras están los derechos de los individuos o de los colectivos, pero sé que aquí, en el suroeste de Europa, los que defienden que solo hay derechos individuales lo hacen montados en un carro con dos grandes ruedas de oro (el Estado y una lengua que hablan 400 millones de personas), arropados con altavoces mediáticos e instrumentos legales. También sé que quienes defienden los derechos colectivos y de las minorías lo suelen hacer desde el descampado al que llamamos sociedad civil, blandiendo como mucho la espada de cartón de la Administración a medias que es la Generalitat. Hace poco, por ejemplo, los tribunales han dictaminado que seis niños catalanes tienen unos derechos lingüísticos personales más dignos de ser cubiertos que 100.000 chicos valencianos que no pueden estudiar en su lengua.

Que la mayoría de fuertes no se dan cuenta de que viven entre débiles es cosa sabida. Que los fuertes no quieran saber que alrededor suyo hay debilidad molesta. Pero que algunos fuertes se entretengan chafando hormigas y, encima, digan que les socavan el rascacielos, eso ya indigna.

Está reunido en Barcelona, presidido por Josep M. Terricabras, el Comité Internacional de Traducción y Derechos Lingüísticos del PEN, y ayer el presidente del PEN Internacional, John Ralston Saul, presentó junto a Artur Mas el Manifesto de Girona sobre derechos lingüísticos. A una escala modesta, es una buena manera de insistir en que la diversidad cultural es un patrimonio, que el respeto por las lenguas y culturas es clave, que la libertad lingüística solo se puede ejercer desde la igualdad de condiciones. Y que para alcanzarla hacen falta ideales, leyes y gobierno. Además de una fraternidad (entre las personas y las lenguas) que en nuestro rincón de la vieja Europa la calle certifica desde hace años. Tantos como los que llevan esforzándose en contra algunos políticos, jueces y columnistas.