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CRÓNICA

Un castillo en el cielo

Beach House confirmó el poder emocional de su pop de sonidos etéreos

JUAN MANUEL FREIRE / Barcelona

Si el disco Teen dream (2010) mostró a unos Beach House de inesperados aplomo y fulgor melódico, el recién estrenado Bloom (2012) exhibe la misma fuerza pero aún mayor refinamiento. Es la nueva zancada hacia arriba, hacia el infinito, de un dúo estadounidense que ha llevado el dreampop (género de guitarras evanescentes, melodías de una emoción inasible) a un nuevo estadio expresivo.

Todavía fresco el recuerdo de su actuación, el pasado agosto, en el minifestival Fly Me To The Moon, donde ya tocaron una de las piezas de Bloom (Wild), Beach House fortalecieron ayer su romance con el público a base de melodía, intensidad y, sobre todo, magia. También la cabellera de Victoria Legrand juega a su favor, aunque hay que decir que el sábado -qué lástima- no la agitó demasiado.

Las canciones, todas ellas, compensaron con creces esa falta de dinamismo capilar de Legrand. Arrancaron con una reveladora Wild, saltaron a una exultante Norway, bordaron los giros melódicos de Lazuli, recordaron su deuda con Cocteau Twins en una sublime Wishes, sacaron brillos nuevos a Myth, elevaron todavía más la intensidad media para 10 mile stereo y reservaron para el final, simplemente apoteósico, esa catedral sónica de mimbres etéreos que es Irene, tras cuyo crescendo final se escucharon entre el público expresiones tirando a orgásmicas.

Más que una casa en la playa, este grupo es, definitivamente, un castillo en el cielo.

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