11 jul 2020

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Ideas

Catalán o cosmopolita

XAVIER BRU DE SALA

Ya lo repetía el ínclito Ferrater Mora: «Todo lo universal nace local». El compuesto glocal, de global y local, triunfa. Cuando nos preguntamos si tiene sentido contraponer catalán a cosmopolita, o nacional a universal, deberemíamos cuidar la respuesta y evitar los extremos. Tan pernicioso puede ser centrarse exclusivamente en lo propio y singular como rechazarlo en nombre del cosmopolitismo. ¿Acaso no escribió Carlos Fuentes sobre el ser de México? Tanto horror nace de la barretina pelada como del desarraigo.

Pero voy al grano. Tenemos los catalanes, por término general, un exceso de prevención contra las propias tradiciones. En Suecia, que no son pardillos, las mantienen vivas, como en el resto de Europa. Estiman las tradiciones para poder sentirse ellos en su propio mundo. El traje tradicional sueco es una joya preciada y carísima que atraviesa generaciones. Del mismo modo, en Amposta hacen una fiesta solo para ampostinos que consiste en pasear por la calle, al atardecer, ataviados a la antigua usanza y dar vueltas por una feria de productos artesanos y oficios que no se han perdido. ¿Dónde está el mal? ¿Qué perjuicio puede ocasionar?

El problema pequeño del cosmopolitismo excluyente de lo propio consiste en la propensión a negar, no la propia identidad, que cada cual se la sabe y el vecino no debe entrometerse, sino la posibilidad de construir una cultura nacional. ¿O no siguen siendo nacionales todas las culturas, ya entrado el siglo XXI, empezando por la americana?

He descrito el problema pequeño, porque el mayor es más profundo y se llama alergia al realismo, si no a la realidad.

Si las culturas vertebran las sociedades, si las miradas sobre la realidad constituyen en todas partes la base, el cosmopolitismo radical cae en la trampa del provincianismo que pretende evitar al negar la posibilidad de que el grueso de la cultura se ocupe de la propia sociedad.