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Las llaves de los Siete Reinos

ERNEST ALÓS

La Canción de hielo y fuego es una orgía de tramas entrelazadas llena de finales (giros argumentales, héroes caídos) que conducen a un desenlace final que ya se intuye en la quinta entrega, cuando algunos titiriteros de la historia se sacan la careta. Que el final será de traca lo promete Martin (el final ñoño de Lost le enfureció). Y su amigo Manel Loureiro apunta alguna clave en el cuento que ha escrito para el volumen de Errata Naturae. ¿Deducción o megaspoiler?

Martin, guionista televisivo, se volcó en la escritura en 1994 frustrado por la imposibilidad de que el medio audiovisual pudiese reflejar las ambiciones de su proyecto fantástico. Ha sido un viaje de ida y vuelta: sus diálogos y estructura narrativa son perfectamente televisivos. Y hoy, una cadena como la HBO puede llevar a las pantallas una obra ante la que cualquier productor cinematográfico se arrugaría. Cómo ha cambiado las reglas del juego la TV por cable.

Otra diferencia llamativa respecto al universo moral de Tolkien. En George R. R. Martin hay sexo. Mucho sexo, y arriesgado. Relaciones incestuosas. Escarceos lésbicos. Prostitución a manta. Engendramiento de bastardos reales a boleo. Violaciones como arma de guerra. Lo más llamativo es que en la adaptación de HBO las dosis de sexualidad son aún más explícitas que en los libros. Hasta los cachondos de Saturday Night Live (buscar en Youtube) le han dedicado una parodia al tema.

Tolkien era un católico que llenó de idealismo sus obras: más allá, bien contra mal, dioses providentes, ángeles caídos. Martin, no. En algunos de los ensayos recogidos en el volumen Juego de tronos, que la editorial Errata Naturae lanza la semana próxima, se analizan las bases filosóficas de su mundo. Hobbes. Maquiavelo. En Martin tanto los caballeros como los déspotas locos palman. El poder es para quien conoce sus mecanismos y los sabe mover. No para quien los trata a golpes. Ni para quien sencillamente lo merece.

El productor de la adaptación televisiva, David Benioff, dijo que sería como Los Soprano pero con espadas. Quizá debería haber dicho (épica, intriga, familia, poder) El Padrino con puñales. Porque en el fondo, si nos dejamos de idealizaciones románticas o nacionalistas, ¿qué diferencia hay entre las guerras de los mafiosos y las de señores feudales por el territorio, por perpetuar la familia/dinastía y por mantener la lealtad de quienes te han besado la mano?

En ese mundo los elementos fantásticos están dosificados. Y las referencias históricas se transparentan: como la caída de la República romana en La guerra de las galaxias, o la del imperio y los sitios de Constantinopla y Viena en El señor de los anillos, en Martin resuenan los ecos de la Guerra de las Dos Rosas, de un mundo medieval construido sobre el legado de un imperio caído, del muro que levantó Adriano en Escocia, de las órdenes militares, de las hordas hunas...

En el mundo de la Canción de Hielo y Fuego (nombre conjunto de la serie iniciada por el primer libro, Juego de tronos) las estaciones duran años y se acerca un largo invierno. En un continente, Poniente, los Siete Reinos que se unificaron hace tres siglos inician una sangrienta guerra civil. Al norte, tras un muro helado y la Guardia de la Noche, acechan bárbaros y criaturas fantásticas. En las tierras del Este, los herederos de la dinastía destronada preparan su regreso a lomos de dragones.