Los protagonistas de la 'diada'

La delicadeza de Mendoza

El escritor barcelonés se toma su tiempo a la hora de escribir las dedicatorias a sus seguidores

Los fans de Almudena Grandes se muestran más íntimos y confidenciales

Mendoza conversa con un lector, ayer en el estand de la Casa del Llibre.

Mendoza conversa con un lector, ayer en el estand de la Casa del Llibre. / FERRAN NADEU

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ELENA HEVIA
BARCELONA

El pulso librado entre Eduardo Mendoza y Almudena Grandes por convertirse en el más vendido de las letras en castellano en el Sant Jordi más difícil se saldó ayer con un alud de lectores en busca de la preciada firma. A primera vista, se diría que el perfil de los seguidores del barcelonés y de la madrileña son intercambiables, con edades que superan los 40 años y muchas ganas de hacer presencialmente los comentarios de sus lecturas frente al autor o la autora.

No importa que en la fila de los que esperan a Mendoza, ganador absoluto, se haya bifurcado cual peligrosa lengua de serpiente, y que los que se sitúan a derecha e izquierda se enseñen los dientes intentando intimidar al contrario. Mendoza, que se toma todo el tiempo del mundo para personalizar sus dedicatorias, se permite incluso la exquisitez de hacer comentarios a las opiniones de la gente. «Excelente lector». «Bien leído», escribía en las guardas de su recientemente novela, flamante novedad de Sant Jordi, estratégicamente aparecida apenas hace una semana, El enredo de la bolsa y la vida, para la que ha desem-

polvado a su grotesco antihéroe, el Loco, perdido en una caótica Barcelona sumida en la crisis. La novela ha sido felizmente disfrutada por los lectores, o quizá habría que decir, lectoras, pues eran ellas las que más se acercaban al escritor. «Se ríe una tan poco últimamente», aseguraba una señora con la sonrisa puesta al tiempo que alargaba su ejemplar.

Poco tiempo para el reposo tuvo Mendoza, que se ha pasado muchos años sin acudir a la cita de la firma, que ha retomado en las tres últimas ediciones. Tan solo se permitió compartir una evocación con Enrique Vila-Matas, su compañero de mesa, de las viejas y más humanas diadas de décadas pasadas cuando el contacto con el lector rebosaba tranquilidad. «En cambio, hoy acabaré hundido como si hubiera visto el Barça-Madrid del sábado», aseguraba Vila-Matas.

La literatura y la vida

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Más íntimos y confidenciales se revelaban los lectores de Almudena Grandes, que presentaba El lector de Julio Verne, la segunda entrega del ciclo Episodios de una guerra interminable, y que contabiliza con el de este año su décimocuarto o decimoquinto San Jordi. «En esta festividad me han pasado cosas increíbles -cuenta a la carrera entre dos casetas- como que una lectora me pidiera una dedicatoria para una amiga enferma de cáncer y que se presentara dos años más tarde para decirme que felizmente ya había superado la enfermedad y que mi libro le había ayudado mucho. Esas cosas te demuestran una y otra vez que la literatura siempre tiene que ver con la vida».

Los laureles de Sant Jordi le quedaron ayer un tanto alejados a Carlos Ruiz Zafón, quizá porque su novela El prisionero del cielo tiene, desde octubre, un recorrido excesivamente largo. Ayer, en una caseta única en la estratégica encrucijada de paseo de Gràcia y Gran Via firmó a lo largo de tres horas a mil personas, previa numeración. Para agilizar el trabajo en cadena, junto a la escueta y funcional dedicatoria, una auxiliar de Planeta colocaba un sello con un dragón gordezuelo que parecería inspirado en Elliot, un personaje que protagonizó uno de los fracasos más sonados de Disney.