A pie de calle

El autor que se tiró por la ventana

Fans de Vaquerizo esperan su firma, ayer, en la plaza de Catalunya.

Fans de Vaquerizo esperan su firma, ayer, en la plaza de Catalunya. / albert bertran

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JOAN BARRIL

A veces se podría llegar a pensar que si Gutenberg no hubiera inventado la imprenta tampoco habríamos perdido gran cosa. Es un pensamiento que el firmador de libros experimenta en cada Sant Jordi. No es la editorial, ni tampoco las resmas de papel, ni la cubierta, ni la encuadernación lo que convierte los argumentos en libro. Lo verdaderamente valioso es la firma autógrafa del autor. Y no una firma cualquiera, como la que escribe en un talón bancario. Se pide del autor que demuestre en medio minuto su capacidad de síntesis y escriba algunas virtudes sobre el desconocido.

¿Cuáles son los motivos que llevan a tanta gente a buscar la dedicatoria de un libro? La firma es la autentificación. A menudo, con la firma no basta y hay que sacar una fotografía del autor, a ser posible abrazado al presunto lector. En las mesas de las librerías los autores se sienten como pequeños animales pacíficos que son objeto de la curiosidad fotográfica del resto de la gente. Algunos buscan la evasión, otros simplemente la belleza. A menudo basta con un buen título que sirva de contraseña para conjurar el presente. El día que Rafael Nadal escribió Quan érem feliços dio en el blanco de las necesidades de la ciudadanía. Ahora que la felicidad se ha convertido en amargura, los recuerdos de la infancia de Nadal son un poco los nuestros. Éramos felices sin los temores propios de la crisis, cuando teníamos trabajo fijo y no conocíamos los recortes. Un buen título es aquel que es más lema que encabezado de una historia. Al fin y al cabo las historias de hoy siempre serán más trágicas que las de la imaginación de un escritor con la vida resuelta.

«¿Para quién es este libro?» Y la lectora responde: «¿Para quién va a ser? Pues para mi, que soy la única que lee en mi casa». El autor de firmas agacha la cabeza y se dispone a convertir un producto industrial en una pieza única. Harto ya de lectores geriátricos, el autor asiste alborozado a la llegada de un joven. «Me llamo Guillermo. Pero el libro es para mi abuela, que está enferma y no sale de casa». Los libros son entonces un lenitivo del dolor ajeno y una constatación que la palabra bien escrita cura. No le sucede lo mismo al hispanista británico Paul Preston. Le digo que es la segunda vez que el azar nos ha puesto en la misma hora y uno junto al otro. Pero Preston no está muy fino esta mañana y su editor barcelonés, Miguel Aguilar, es conminado a ir visitando farmacias en busca de un medicamento que su pupilo va reclamando.

Por su parte, Martí Gironell, va contando a sus fans las maravillas de los monasterios y de la Catalunya más tenebrosa. Es evidente que a la gente le encantan los secretos patrióticos. Y junto a esos autores serios se sientan también gente que nos recuerda la fórmula para no amargarnos la vida o el ilustre Vaquerizo, compañero de Alaska, que todavía no entiende que lo más agradable de su obra no es tanto lo que escribe como con quien vive.

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Lo que no es ficción es la crisis. No se trata de que la gente no salga a la calle, que al fin y al cabo los paseos son gratis. La crisis es simplemente que en años anteriores la gente compraba cuatro libros y ahora se resignan a comprar sólo uno. «Pero, ¿no lo ve usted? ¿Se ha fijado en lo vacías que están las librerías? Más vacías que las iglesias», dice un comprador exiguo. «Pues el año que viene las iglesias acabarán más llenas que las librerías. Porque autores y editores irán a la iglesia a pedir que Dios haga algo para acabar con la sequía de lectores».